CRÓNICA

Santiago: principio y final de Fidel Castro

El último adiós al revolucionario ocurrió ayer en el cementerio Santa Ifigenia, en Santiago, donde Castro conquistó la isla desde la Sierra Maestra.

Fidel fue hasta el ‘cosmo’

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Una guardia de honor desfila frente a la tumba de Fidel Castro en Santiago de Cuba. La ceremonia no fue transmitida a través de la televisión pública cubana y solo se conocieron algunas fotografías del evento. Una guardia de honor desfila frente a la tumba de Fidel Castro en Santiago de Cuba. La ceremonia no fue transmitida a través de la televisión pública cubana y solo se conocieron algunas fotografías del evento.

Una guardia de honor desfila frente a la tumba de Fidel Castro en Santiago de Cuba. La ceremonia no fue transmitida a través de la televisión pública cubana y solo se conocieron algunas fotografías del evento. Foto por: YYamil LageE

Un grupo de personas se apretuja en una fila, mientras aguarda para llevar ofrendas florales a la tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba. Eliana Aponte Un grupo de personas se apretuja en una fila, mientras aguarda para llevar ofrendas florales a la tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba. Eliana Aponte

Un grupo de personas se apretuja en una fila, mientras aguarda para llevar ofrendas florales a la tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba. Eliana Aponte Foto por: Bloomberg

Un transeúnte espera la caravana con los restos de Fidel Castro y se cubre del sol con una foto suya. Un transeúnte espera la caravana con los restos de Fidel Castro y se cubre del sol con una foto suya.

Un transeúnte espera la caravana con los restos de Fidel Castro y se cubre del sol con una foto suya. Foto por: Rodrigo Abo

Fidel Castro ya es recuerdo. Ayer fue la última despedida a sus cenizas después de una caravana de mil kilómetros que duró cuatro días y que hizo el mismo recorrido -pero a la inversa- del revolucionario cuando salió de Santiago hacia La Habana con el poder asegurado.

Apenas amanecía cuando las calles de Santiago estaban desbordadas de gente. Querían decirle adiós a la urna de cedro que contenía las cenizas de Castro en el último trayecto -de dos kilómetros- de la caravana hasta el cementerio de Santa Ifigenia. El recorrido fue transmitido, pero no así el último acto, el adiós definitivo.

CEMENTERIO CERRADO

El cementerio tenía cerrado ya varios días. Apenas si corría el rumor de que habían trasladado una piedra enorme desde la Sierra Maestra hasta el lugar de descanso.

Sobre las 8:00 a.m. ya Castro estaba bajo el peñón blancuzco con una placa negra que rezaba: “Fidel”.

Poco se sabe del acto, pues la televisión no transmitió nada. Unas cuantas fotos del medio de comunicación público Granma muestra a Raúl Castro, presidente de Cuba y hermano del fallecido, en un saludo marcial hacia la roca mientras dos soldados con camisas blancas de gala miran hacia el horizonte.

Fue el último acto oficial antes de terminar el luto y que La Habana vuelva a la normalidad. Una normalidad sin Fidel, al menos.

El homenaje en Santiago de Cuba, en la noche del sábado, empezó a tiempo, a las siete en punto. Plaza de la Revolución a reventar, invitados especiales sentados cerca de Raúl, banderas, pósteres gigantes de Fidel, del Che Guevara, de Camilo Cienfuegos.

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Santiago: principio y final de Fidel Castro

Líderes populares aclamaron la vida y obra del hombre que gobernó la isla durante casi 50 años. Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, lo recordó como un “genio político”; Jennifer Bello Martínez, presidenta de la Federación Estudiantil Universitaria, lo llamó“el Quijote de todos los tiempos”; Susely Morfa, de la Unión de Jóvenes Comunistas, lo tildó de “soldado ejemplar”.

PRESIDENTES Y AMIGOS

Les escuchan varios presidentes amigos de Cuba: Nicolás Maduro, de Venezuela; Evo Morales, de Bolivia; Daniel Ortega, de Nicaragua, entre otros.

Muy cerca de ellos estaban algunos exmandatarios con Luiz Lula da Silva y Dilma Rouseff, de Brasil, y Martín Torrijos de Panamá.

La despedida de Castro se vivió de distintas formas a lo largo de toda la isla: en sus costas, en la espesura de Camagüey, en las montañas de Santiago.

También en La Habana, donde los cubanos viven divididos entre el amor y la indiferencia por el revolucionario.

Aquí, dos relatos que intentan mostrar cómo fueron los momentos de la despedida en dos hogares de dos barrios distintos.

Fidel fue hasta el ‘cosmo’

En el televisor marca Atec sale la cara de Raúl Castro. Dice que su hermano pidió que no pusieran su nombre en monumentos ni plazas públicas, habla de la resistencia que tuvo su pueblo durante el periodo especial producto de la caída de la Unión Soviética, época en la que la alimentación de los cubanos estuvo en riesgo, se paralizó el transporte y sufrieron apagones de hasta 20 horas. Pero, se le oye decir: “a pesar de todo, se garantizó la salud pública y la educación de toda la población”.

El hombre que gobierna la isla desde 2006 hablaba en la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba la noche del pasado sábado. La caravana con las cenizas de su hermano Fidel había llegado ese día a su destino final y el pueblo le daba el último adiós.

José Peralta mira a Raúl con atención desde la sala de su casa, y luego cuenta que esa imagen la repetirán todo el día, “para que el pueblo no olvide”.

Es la mañana del domingo 4 de diciembre. Ya a esta hora las cenizas de Castro están en el cementerio Santa Ifigenia, en Santiago, a mil kilómetros de La Habana, pero en el corazón, en la mente y en el espíritu de José, Fidel está más vivo que nunca. “Fidel para mí es una figura enorme, inmensa”, dice este exmilitar cubano que se unió al ejército de Castro a los 19 años. Combatió en playa Girón, la mítica batalla donde los hombres de Fidel derrotaron a los exiliados cubanos enviados por Estados Unidos. Fue parte de la Operación Carlota, como se le denominó a la participación de Cuba en la guerra civil de Angola.

En ese país del sur de África estuvo desde 1985 a 1987. “Desde 1959 he tenido participación activa del proceso revolucionario”, menciona.

Cuando Fidel derrocó a Batista, él tenía 18 años, y por esa época trabajaba en una bar-cafetería de nombre Tony. “Seguí trabajando y a los cinco meses me uní a la revolución”, narra sentado en un mueble de flores oscuras en el barrio Lawton, en el municipio 10 de Octubre de La Habana.

Le da un largo sorbo a su cigarrillo, lo aspira, bota el humo. -¿Cuál cree que es el principal legado de Fidel?, se le consulta.

“El patriotismo”, responde rápidamente. Se le ve seguro, convencido, dispuesto a sustentar sus palabras.

“Nos inculcó mucho valor”, exclama y más adelante comenta que playa Girón la ganaron con “arrojo, valentía y el coraje que demostró Fidel”.

-¿Lo conoció personalmente?, se le pregunta.

“Lo vi personalmente muchas veces”, contesta. “Una vez me puso la mano por encima del hombro, y me preguntó: ¿cómo se siente?”.

Regresa al presente, pone su mirada otra vez en la televisión y como si hablara solo, como si tuviera la certeza de que nadie lo ve, eleva a su comandante hasta las estrellas: “La historia la hacen los hombres. No es un culto. Fidel fue hasta el cosmo”.

-¿Hasta el ‘cosmo’? ¿cómo es eso?

“Espere, espere… no vaya a creer que estoy loco. El cosmonauta cubano Arnaldo Tamayo fue al espacio con Yuri Gagarín [1980]. Tamayo en su corazón llevaba el pensamiento y la figura de Fidel, por eso digo que fue al cosmos. Y cuando regresó, Fidel lo recibió. Fidel trasciende”, explica.

Y ahora hace un recuento de los logros de la revolución: la salud, la ciencia, la genética. Y hace hincapié en lo político: “El concepto de revolución es muy amplio. Es todo el ámbito de la aptitud de la gente. Es solidaridad, patriotismo. Revolución es cambiar todo lo que sea posible cambiar. Hay cosas que se han hecho mal, pero pienso que vamos a mejorar. Seguiremos andando con los principios que nos dejó Fidel”.

Se escuchan unos pasos lentos y por una puerta que comunica a la sala de esta casa con el patio familiar aparece la figura de una mujer de mediana estatura. Es blanca, rubia y camina con la ayuda de un bastón. Le lleva varios minutos atravesar la sala para acomodarse en otro sillón de flores oscuras. “Estoy muy enferma y me cuesta caminar”, advierte.

Se llama Rosa. Es enfermera jubilada. Es la esposa de José. Hizo carrera en varias instituciones estatales, cree en la revolución: perteneció al secretariado de la Central de Trabajadores de Cuba.

Afirma que le debe la vida a Fidel. Lo explica de esta manera: “soy guajira, campesina, y antes de Fidel, en los tiempos de Batista, la esperanza de vida de nosotras las mujeres del campo, apenas era de 45 años, hoy día tengo 60 años y sigo viva”.

Gracias a Fidel, afirma, se hizo enfermera; gracias a Fidel, conoció varios países; repite que gracias a Fidel sus hijos pudieron ir a la universidad.

“Lo vi personalmente varias veces”, narra. Un día ella estaba en el ascensor del hospital naval de La Habana, cargando un bebé, él entró y le preguntó por el niño y ella le respondió que era de una mujer que se le dio por parir. Entonces Fidel le preguntó: ¿cómo así que se le dio por parir?

Lo volvió a ver otra vez en ese mismo hospital. Eran los días en que a Cuba llegaron los primeros heridos de los combates de la guerra en Angola. Rosa estaba atendiendo a uno de esos hombres, llega Fidel, la observa detenidamente y le pregunta: ¿Por qué usan ustedes ese delantal tan largo? Y ella le respondió: “es la norma comandante, y hay que respetarla”.

Meses después, narra, llegó una orden de que el uniforme de las enfermeras ya no sería el mismo. Fue remplazado por un sencillo vestido rosado hasta debajo de la rodilla. Rosa no tiene la certeza absoluta de si la breve conversación que tuvo con el barbudo influyó en este cambio, pero se inclina a creer que sí.

Lo veía cada 1 de mayo en la Plaza de la Revolución. Con orgullo muestra una fotografía del 1 de mayo de 1998 en una de esas concentraciones masivas, donde el revolucionario le hablaba a los trabajadores de la isla. En la imagen se ve a Fidel pronunciando un discurso, y Rosa, que para entonces militaba en la Central de Trabajadores de Cuba, está a pocos pasos de él, sonriente, contenta.

“Fidel tenía corazón, coraje y cojones”, afirma. Y luego asegura que eso de que en Cuba hay hambre es mentira. “Ha habido problemas, pero en Cuba nadie se acuesta con hambre. Aquí ningún niño pide limosnas como en otros países de Latinoamérica a los que yo he ido”.

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