VIVIR EN LA CALLE

Soñar con sábanas limpias

Vivir libres y miserables en las calles, o encerrados y obligados en un centro de rehabilitación. Es el dilema de los cerca de 500 indigentes en la ciudad.

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Víctor Rodríguez vivió en Calidonia durante años. Su marca era una frase: ‘La carta que tengo en la presidencia de Estados Unidos’. Ahora está en Remar. Dejó una casa hecha de basura para dormir en una cama con sábanas limpias. Víctor Rodríguez vivió en Calidonia durante años. Su marca era una frase: ‘La carta que tengo en la presidencia de Estados Unidos’. Ahora está en Remar. Dejó una casa hecha de basura para dormir en una cama con sábanas limpias.

Víctor Rodríguez vivió en Calidonia durante años. Su marca era una frase: ‘La carta que tengo en la presidencia de Estados Unidos’. Ahora está en Remar. Dejó una casa hecha de basura para dormir en una cama con sábanas limpias. Foto por: Luis García

La indigencia se ha convertido en parte del paisaje urbano. Los hombres y mujeres se han hecho invisibles. La indigencia se ha convertido en parte del paisaje urbano. Los hombres y mujeres se han hecho invisibles.

La indigencia se ha convertido en parte del paisaje urbano. Los hombres y mujeres se han hecho invisibles. Foto por: Archivo

Dientes, como le dicen por su boca despoblada, aisla cualquier padecimiento. No siente el frío de la madrugada ni la dureza de la acera, mucho menos el ruido de fiesta de una madrugada en la Plaza Herrera, en el Casco Antiguo. Dientes duerme sereno.

Hasta que lo despiertan. Hay operativo de la Alcaldía de Panamá y los policías municipales recogen al que vean acostado en la calle. Dientes se entrega a los brazos de sus captores. Los policías se ríen y él se ríe con ellos. Lo suben a la camioneta con suavidad y él alardea de su sonrisa deshabitada.

La caravana del Municipio, la Policía Nacional y la Dirección de Aseo continúa hacia la antigua hielería, en Calidonia. Hay que apurar el paso. Ya son casi las 2:00 a.m. y Chilibre está lejos. El centro de Rehabilitación de Marginados, o Remar, es el último punto del recorrido.

Allá estarán los 16 indigentes recogidos en el operativo por las próximas semanas, o meses, hasta que regresen a la calle, o a sus casas, o donde sea. El futuro depende de cada uno. Es la esquina indeseable en la que se fractura la responsabilidad del Estado.

EL ESCAPE

El operativo municipal comenzó aproximadamente a las 11:00 p.m. aquella noche. El primer punto fue San Miguel, bajo el puente que viene desde la cinta costera y desemboca en la avenida Omar Torrijos. Un lugar lleno de movimiento durante el día, cuando la piquera de autobuses está a todo dar.

Abajo del puente hombres y mujeres se sientan en la tierra y conversan. Y fuman piedra. En ocasiones, acompañados por uno que otro hombre con ropa limpia, que después de unas cuantas pitadas vuelve hacia el bus en el que trabaja como asistente.

Por la noche hay más calma. Igual hay movimiento en la piquera, y a lo lejos se siente el trajín de la plaza 5 de Mayo. Pero muchos duermen. También los indigentes, que utilizan las vigas del puente como base para montar obras arquitectónicas que soporten sus cuerpos y pertenencias.

La acción policial debía ser sencilla: una camioneta por la Omar Torrijos y la otra por la calle M. La última se retrasó apenas unos segundos, pero los suficientes para que los indigentes se escabulleran entre los callejones de San Miguel al sentir el movimiento inusual.

No hubo posibilidad de capturarlos (¿rescatarlos?), y tuvieron que limitarse a limpiar el lugar. Todo bajo la mirada de un hombre de unos 60 años sentado en una silla playera en el techo de un edificio de los apartamentos multifamiliares de San Miguel. Vestía un sombrero blanco.

Después de unos minutos de desarmar la estructura, lograron bajar la tabla que servía de cama; y con ella cayó todo lo demás: zapatillas, cerraduras, revistas pornográficas, radios, prestobarba, discos compactos, bicicletas, mochilas, maletas, ropa, tela, destornilladores, hierros, alambres. Bolsas por todos lados. Cientos de pertenencias que un rato después terminaron en cerro Patacón.

La calle es un lugar hostil: duermen en la banca, tirados cerca de una fonda, recogen latas. Se drogan, se enferman, mueren.

Pero se sienten libres. Por eso huyen de los operativos. Todo menos estar encerrados, dice Manuel Ortega, de 60 años y que alguna vez fue salonero en el Club Unión. Ha estado en Remar algunas veces, pero ese lugar para él es una cárcel.

“Ellos quieren estar en la calle: toman, se drogan, tienen sexo, nadie los molesta para que se bañen ni nada”, explica el sociólogo Gilberto Toro. Los atributos de ser invisibles.

SER MUJER

La caravana siguió bajo la luna llena de febrero y recogió a un hombre cerca del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, en una colina frente a la Asamblea Nacional. Allí encontraron a una mujer que se tambaleaba mientras un agente policial la llevaba del brazo hacia la camioneta.

Subió voluntariamente y sin resistencia. Entonces una de las trabajadoras sociales del Municipio explicó que el operativo de esa noche era solo para hombres. Que la semana siguiente le tocaba a las mujeres, pues a ellas había que llevarlas a otro centro en un horario diferente al de la crudeza de la madrugada.

La mujer se bajó a tropiezos de la camioneta y desapareció entre tambaleos entre las calles de San Miguel mientras volteaba la mirada y sonreía.

“No es lo mismo ser hombre de la calle que mujer de la calle. Las mujeres sufren más. Son maltratadas sexual y físicamente, son manipuladas. El nivel de degradación al que llegan por una piedra o por un trago de alcohol es el más bajo al que se puede llegar”, dice Toro.

La higiene es otra diferencia importante. Los hombres de la calle pueden darse una ducha en cualquier esquina, o incluso en el Mercado de Abastos, donde deben pagar 25 centavos para utilizar los baños y sanitarios. Las mujeres, en cambio, tienen una situación adicional una vez al mes.

RESISTENCIA

El siguiente punto fue la avenida Central. Primer episodio de resistencia. El hombre tenía unos 60 años y estaba sentado en una acera junto a una mujer en sus 30. Dijo que esa era una amiga que estaba enferma y que no pensaba dejarla sola. “Me van a tener que matar antes de llevarme y dejarla”, repetía. Entre gritos, advertía que la mujer, Maruquel le decía, no tenía adónde ir y que ni siquiera podía caminar. Ella miraba impávida bajo una sábana llena de manchas de mugre.

Con cada minuto, el hombre alzaba más la voz y forcejeaba con las autoridades. Así que utilizaron un táser (pistola eléctrica) para tranquilizarlo. Lo levantaron y lo esposaron. Al ver la escena, Maruquel se levantó y se perdió en el primer callejón que encontró.

No fue una resistencia memorable, según varios de los que participaban en el operativo. En muchas ocasiones se encuentran con personas que al verlos se untan de excremento para que nadie los toque y así poder escapar; o se cortan y advierten que son VIH positivo.

En el parque de Santa Ana se encontraron con varios otros hombres, muchos de ellos reincidentes. “¿Por qué estás acá de nuevo?”, decían las trabajadoras sociales. Ellos no respondían con palabras, apenas si con miradas de resignación mientras se quitaban los abrigos y las varias gorras que utilizaban para dormir sin frío.

Isaac Atencio, director del Departamento de Gestión Social del Municipio, asegura que el operativo para rescatarlos (¿capturarlos?) se ha implementado de forma permanente, pues existe la intención de reformarlos. “Remar nos colabora y atiende a unas 200 personas que nosotros les llevamos”, dice. Allá los desintoxican y les dan cursos técnicos. Ese servicio tiene un costo de $200 mil al año. Este año, añade Atencio, tendrán otro convenio con Hogares Crea para que atiendan a otras 100 personas al mes a un costo de $100 mil anuales.

Al salir de allí vuelven a los mismos lugares, sostiene Toro. “No hay un plan de reinserción social. Los indigentes son personas conocidas en el barrio en el que se mueven porque son años y años en lo mismo”.

Atencio explica que el Municipio intenta impulsar un programa integral, que involucre a más instituciones para que los indigentes puedan aspirar a una vida fuera de la calle al salir de los centros de ayuda.

ENFRENTAR LA REALIDAD

El simpático Dientes fue el único al que recogieron en el Casco Antiguo. La expedición luego tomó hacia la antigua hielería, cerca del mercadito de Calidonia. Allí se toparon con un hombre con un cuchillo que apeló siempre al diálogo y que no opuso resistencia a su arresto. Hasta cuando subió a la camioneta y gritó durante varios minutos. Primero intentaron callarlo con palabras, pero no resultó. Así es que le hicieron una descarga eléctrica con el táser. Y fin del asunto.

El operativo terminó aproximadamente a las 2:30 a.m., cuando las camionetas con las 16 personas que recogieron tomaron rumbo a Chilibre.

Toro sostiene que la indigencia panameña no es un tema estructural, por lo que una política robusta por parte del Estado tendría cambios inmediatos. “Las personas que viven en la calle son por problemas de drogas, de alcoholismo o salud mental. No porque se quedaron sin casa o lo perdieron todo. Por ejemplo, en Panamá no hay niños de la calle. Alguien siempre tiene a alguien: una tía, una abuela, un primo. Nuestro mayor escudo social es que siempre aparece alguien”, dice.

Eso podría cambiar, añade, ya que el Estado ha dejado esa carga a la sociedad. “La gente les da dinero, comida, ropa, y otras cosas. El Estado se hace de la vista gorda”.

Atencio, por su parte, reconoce que la labor del Municipio está limitada, pero está satisfecho con lo que realizan. Y pone como ejemplo a Víctor Rodríguez, un hombre que vivió muchos años en las calles de Calidonia y Curundú. Su marca principal era un texto: “La carta que tengo en la presidencia de Estados Unidos”. Lo escribió una y otra vez en incontables paredes. También pintaba. Entre los callejones de Calidonia, cerca del Ministerio Público, dejó un sol lleno de colores que ya borraron.

Rodríguez ahora está en Remar. Dice Atencio que lo vio la semana pasada y que no lo reconoció. Camina erguido, está limpio y engordó unas libras. Dice que pintaba. Ni soles ni frases enigmáticas. Pintaba una pared. Del arte al oficio. El precio de abandonar los demonios callejeros.

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