CULTURA. ABANDONO DE LA MEMORIA HISTÓRICA.

Urbanismo sepulta fechas

El Incidente de la Tajada de la Sandía, en 1856, causó la primera de las intervenciones gringas en el istmo. La más reciente fue en diciembre de 1989.
Dibujo de un artista estadounidense que muestra parte de los enfrentamientos entre panameños y norteamericanos en La Ciénaga. Al fondo, el Cerro Ancón, ícono de la panameñidad. LA PRENSA. Dibujo de un artista estadounidense que muestra parte de los enfrentamientos entre panameños y norteamericanos en La Ciénaga. Al fondo, el Cerro Ancón, ícono de la panameñidad. LA PRENSA.
Dibujo de un artista estadounidense que muestra parte de los enfrentamientos entre panameños y norteamericanos en La Ciénaga. Al fondo, el Cerro Ancón, ícono de la panameñidad. LA PRENSA.

El Mercado del Marisco ya es otro. La tercera fase de la cinta costera, a un costo de $782 millones, modificó el entorno del bazar. Hay más estacionamientos, una vialidad más cómoda y uno que otro árbol.

Las nuevas capas de cemento, sin embargo, no guardan sus memorias ni resaltan su trascendencia histórica. Por ejemplo, hace 158 años, el 15 de abril de 1856, donde hoy venden cebiche y pescado frito, una tajada de sandía originó la primera intervención de Estados Unidos en Panamá.

Ese martes, el pariteño José Manuel Luna montó su puesto de frutas en La Ciénaga (Mercado del Marisco), un pantanal cercano al patio del ferrocarril.

Sobre el final de la tarde, el estadounidense Jack Olivier, en tragos y acompañado de algunos amigos, se acercó a la mesa de Luna y le pidió una tajada de sandía.

Después de morderla, la tiró al piso y se negó a pagarle el real (cinco centavos de dólar) que valía el pedazo de fruta.

En esos tiempos, el istmo estaba repleto de civiles y militares norteamericanos que construyeron el ferrocarril –inaugurado un año antes– para reducir el tiempo de viaje a la California bondadosa de pepitas de oro.

Insultos fueron y vinieron entre los gringos y Luna, respaldado por los demás panameños en el sitio. Ante el asedio, Olivier le disparó a uno y corrió a refugiarse en la estación del tren en la plaza 5 de Mayo.

Entonces vino el fuego. Los panameños trataron de incendiar el escondite de Olivier y de algunos soldados estadounidenses recién llegados de Colón.

La situación fue controlada después de tres días de enfrentamientos en la ciudad y Colón, por una pequeña tropa norteamericana acantonada en la capital panameña.

Hubo 16 muertos y 15 heridos estadounidenses, y 2 víctimas y 13 heridos panameños.

Con fidelidad a la relaciones históricas entre América Latina y Estados Unidos, el remedio fue peor que la enfermedad.

El coloso del norte consideró que el istmo era un lugar inestable que debía someter con su fuerza militar.

Primero negoció con Bogotá, capital de la Nueva Granada (proyecto al que pertenecía Panamá), una indemnización de $400 mil en oro. Después, en septiembre, aplicó un artículo del tratado Mallarino-Bidlack (1846) que permitía la intervención estadounidense para garantizar la neutralidad en el istmo.

Esta fue apenas la primera de las muchas intromisiones en Panamá. La última fue la invasión de 1989, de la que se desconoce la cantidad oficial de muertos.

El historiador nacional Ricardo Ríos Torres asegura que hay una tendencia en borrar la memoria.

“El Incidente de la Tajada de la Sandía es significativo para el país. Es uno de los antecedentes del 9 de enero”, dijo.

Añadió que son las luchas del pueblo, hoy en el olvido, las que nos “hacen comer soberanía”.

Siglo y medio después del episodio, el lugar de la tragedia sigue concurrido, amalgama de extranjeros y nacionales que compran y venden frutos del mar.

Lo que queda del ferrocarril

A pesar de los años y del maltrato, la otrora estación del ferrocarril de la plaza 5 de Mayo sigue majestuosa. El edificio color blanco percudido de inmensas columnas, cuyo reloj marca eternamente las 12:28, es todavía paso diario y obligado de miles de panameños que utilizan la parada de buses allí instalada.

Adentro, entre la oscuridad, el moho y el óxido, sus habitaciones funcionan como depósito del Instituto Nacional de Cultura. Otros espacios sirven para enseñar teatro, otros para aprender las exquisiteces del ballet. En sus pasillos habitan muñecos de Carnaval y muebles de oficina.

Antes de convertirse en solo un punto de embarque del transporte colectivo, el coloso edificio era aún baluarte de la cultura nacional: albergaba el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz, que hoy reposa en Curundú, cerca de unas canchas de tenis.

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