Venezuela, dividida y ansiosa

Temas:

Poco antes del mediodía, en el centro de Caracas se palpaba un ambiente distinto al de las últimas jornadas. La fuerte presencia policial contrastaba con la gran cantidad de personas por la calle y con la música de unas enormes bocinas en la plaza Diego Ibarra, detrás del edificio del Consejo Nacional Electoral (CNE).

De repente, la gente empezó a correr y la tensión se apoderó del aire. “¡Fuera! ¡Fuera!”, se escuchaba gritar a muchos de los que corrían. “Las calles son del pueblo, ¡no de la oligarquía!”, decían otros, que avanzaban con agresividad hacia la avenida Universidad, donde parecía encontrarse la acción.

En medio de la confusión, un hombre observaba los acontecimientos desde una esquina. Su gesto era serio. “Dicen que las calles son del pueblo y no de la oligarquía, ¡pero en realidad son de todos!”, dijo, con la decepción inundándole el rostro. “No los dejaron pasar, qué tristeza”, añadió una mujer que se había parado a escuchar la conversación. “Se creen los dueños del país”.

El pueblo y los sifrinos

En la avenida Universidad tenía lugar el espectácu-lo más trágico que se puede ver en la Venezuela de hoy. En medio de los pitos de los carros, aquí y allá había peleas callejeras, generalmente de muchos contra pocos.

La gente corría en todas las direcciones, mientras a lo largo de la calle decenas de personas observaban, unos incrédulos y otros satisfechos. “Aquí están, esos son, los que joden la nación”, gritaba una multitud en las escaleras de la torre ministerial en la esquina El Chorro –sede de varios ministerios– mientras la turba de agresores y agredidos bajaba, a toda velocidad, hacia la estación de Metro La Hoyada.

En el Metro, el drama era sobrecogedor. Los perseguidores empujaban –y golpeaban y pateaban– a los perseguidos hacia la entrada de la estación. La situación estaba completamente fuera de control, y la fuerza pública brillaba por su ausencia. Una vendedora, en pánico, intentaba cerrar las puertas de la estación donde se había desatado una batalla campal. El nivel de caos era tal, que ponía la piel de gallina.

Cuando la policía llegó, el objetivo de la turba había sido alcanzado. “¡Victoria popular!”, se oía gritar a los agresores, borrachos de violencia. Los estudiantes, que habían venido a la sede del Palacio de Justicia a apoyar al líder opositor Leopoldo López –que, tras entregarse el martes, enfrenta varios cargos por la violencia del pasado 12 de febrero–, habían sido echados, barridos del centro de Caracas.

“Vámonos a comer, que ya corrimos a esa plaga”, decía un hombre, a lo que otro le respondía, entre risas, “aquí en el centro se cagan”. “¡Ahora sí usan el Metro!”, decía otro, haciendo referencia a la –supuesta– clase socioeconómica de los venezolanos a los que acababan de golpear.

De camino hacia el Palacio de Justicia se oía toda clase de comentarios. La mayoría, sin embargo, era de aprobación e incluso orgullo ante lo que acababa de suceder.

“Si nos dormimos se nos meten hasta en el balcón del pueblo”, decía un hombre en la puerta de una tienda, ante la mirada aprobadora de sus interlocutores. La rabia se podía sentir en el aire.

Tantos años de retórica agresiva, de fascistas y proyanquis, de cubanos y comunistas estaban ahí, carcomiendo el tejido de la sociedad venezolana. Con mucho menos trabajo propagandístico se terminaron desencadenando algunos de los episodios más tenebrosos de la historia reciente, como Yugoslavia o Ruanda.

Protegidos por la GNB

En la Diego Ibarra el ambiente era festivo. Algunos bailaban y otros simplemente escuchaban a los artistas que cantaban en la enorme tarima. Pero nada era lo que parecía: los artistas gritaban consignas revolucionarias desde una tarima que decía “paz” por todos lados, y la alegría de su audiencia era la del vencedor, solo posible a costa del vencido.

Muchos de los que allí se encontraban, acababan de regresar de la estación de La Hoyada. A nadie le parecía extraño, además, que todo esto estuviera ocurriendo en un día regular de trabajo. Así es la Venezuela de hoy.

El Palacio de Justicia se encuentra doblando una de las esquinas de la Diego Ibarra. Allí, en esa esquina, se encontraba una nutrida línea de miembros de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Era una de las tres que resguardaban todos los accesos hacia el palacio. A primera vista –y especialmente en plena guerra mediática–, cualquiera podría pensar que los policías estaban allí para impedir el acceso de simpatizantes opositores.

Y sin embargo, la realidad era todo lo contrario. Especialmente del lado del CNE, decenas de chavistas –algunos identificados como el movimiento 8-D– gritaban consignas e insultaban a todos los que se hallaban dentro del perímetro policial. Si la cosa seguía así, para la mayoría de ellos –tildados de “escuálidos”, “sifrinos”, “fascistas” y “nazis”, entre otras cosas–, iba a ser un problema salir de allí.

Dentro del perímetro habría unas 200 personas, entre periodistas y manifestantes. La entrada al palacio estaba protegida por otro cordón policial, y mucha gente se encontraba –al igual que en los últimos días– frente a frente con los miembros de la GNB.

La interacción entre estos grupos era característica de la situación actual: mientras que muchos gritaban consignas amigables para con los uniformados –“guardia, hermano, a ti también te matan”–, otros los insultaban y buscaban provocarlos de cualquier manera, quizá para lograr una foto más para la colección del Twitter.

Los policías, sin embargo, no movían una sola pestaña, mientras a lo lejos el cantar constante de los chavistas ahora advertía que “se lo decimos, al hijo de Chávez no lo sacan los sifrinos”.

Sobre la 1:00 de la tarde, la atención se estaba desviando del destino de Leopoldo López –nadie salía a dar actualizaciones– hacia la evidente realidad de una Venezuela dividida.

“Solo porque soy blanca dicen que soy de la oligarquía”, decía una activista del partido de López, Voluntad Popular (VP). “¿O sea que no puedo pisar esta zona de la ciudad? ¡Si yo también soy venezolana!”. La joven explicó que, si bien el país nunca había sido ajeno al resentimiento social –de pequeña, su maestra le decía que los extranjeros, como sus padres, habían venido a robarse el país–, pero esta nunca había llegado a estos niveles.

La situación era preocupante. En ese momento, la diferencia entre venezolanos era puramente de apariencia: el poseedor de ciertos atributos físicos o ciertas prendas de vestir no solo era el enemigo, sino que debía ser largado –a golpes o peor– del centro de la ciudad.

El futuro en el aire

Afortunadamente había señales de que la cosa no era tan grave. Los manifestantes del 8-D no llegaban a la centena. Y dentro del perímetro, algunas pancartas daban a entender que el extremismo es un fenómeno marginal en esta sociedad.

“Chávez, te lo juro, de aquí se va Maduro”, decía una, sostenida por otra muchacha. Otra, mucho más explícita, decía “apoyo ´la salida´ (la iniciativa política de López) porque Chávez me enseñó a luchar”.

Poco antes de las 2:00 de la tarde, Luis Florido, dirigente nacional de VP, salió a atender a los medios. Sudando profusamente y rodeado de un enjambre de cámaras y micrófonos, actualizó al público sobre la situación de López –seguía en el penitenciario Ramo Verde–, y reiteró sus críticas al gobierno (“antidemocrático, ineficiente y corrupto”).

“Aquí en cualquier momento un colectivo puede lanzar una bala y sale impune”, dijo, ante la aprobadora mirada de sus copartidarios, y agregó que el segundo al mando de VP, Carlos Vecchio, también tenía una orden de captura, aunque acotó que “aún no hemos decidido si se va a entregar”.

Tras exhortar a los presentes a abandonar el lugar ante la falta de noticias –y convocar a marchas en todas las plazas del país–, Florido ahondó en la situación legal de López. Los ocho cargos que enfrenta, dijo, podrían suponerle hasta un total de 50 años de prisión y aún no había noticias de cuándo o dónde se celebraría su audiencia inicial.

Mientras hablaba, las canciones revolucionarias provenientes de la Diego Ibarra solo eran interrumpidas por los insultos y la inflamada retórica de los chavistas al otro lado de la barrera policial. Al intentar salir, un guardia me paró y me desvió hacia la salida opuesta. “Te van a caer a coñazos”, me dijo con una media sonrisa.

Mientras abandonaba el perímetro policial, dos periodistas venezolanos leían en su celular el comunicado publicado ayer por Rubén Blades. “Ojalá todos los venezolanos lo leyeran”, decían encantados con el análisis del cantante panameño.

Cuando salíamos del Metro en la estación Chacaíto –en la plaza donde la policía detuvo la marcha del martes–, buscábamos señales de concentraciones opositoras. Pero ahí no había nada. La gente paseaba por la plaza como si nada estuviese sucediendo, e incluso unos muchachos practicaban break dance. Un poco más adelante, la estatua de José Martí –desde donde habló Leopoldo– lucía más solitaria que nunca.

Chacao estaba tranquilo hasta la plaza Altamira. Allí, decenas de manifestantes ya habían cerrado las calles –con basura, tinacos y motos– y se preveía que a medida que fuera cayendo el sol comenzarían los enfrentamientos.

En ese momento, Venezuela reaccionaba a la noticia de que la audiencia de Leopoldo sería en la cárcel de Ramo Verde, en lo que sus partidarios consideraban “una violación de todos sus derechos”. Mientras la plaza opositora por excelencia se preparaba para el enésimo asalto entre las dos Venezuelas, el resto de la gente intentaba seguir con su vida.

La gente entraba lo más rápido posible a la estación del Metro –cuyos vagones iban a rebosar en dirección oeste–, sabiendo que pronto sería cerrada, como todos los días desde que comenzó ´la salida´.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Bomberos sofocaron el incendio.
Especial para La Prensa/Flor Bocharel

REOS Ministerio Público investiga incendio en la cárcel de David

CONTROVERSIA Varela defiende decisión de dar día libre tras clasificación de Panamá

Varela restó importancia a la demanda, pero sentenció que ‘si lo tengo que hacer de nuevo, lo volvería a hacer de nuevo’.
Especial para La Prensa/Flor Bocharel

EL SERVICIO PÚBLICO DE ELECTRICIDAD Las secuelas de los apagones en Panamá

Las secuelas de los apagones
LA PRENSA/Gabriel Rodríguez

POSIBLES PERJUICIOS AL PATRIMONIO DE LA UNIVERSIDAD DE PANAMÁ Contraloría: van $18 millones en lesiones

Terrenos alquilados.
LA PRENSA/Daniel González

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

22 Oct 2017

Primer premio

1 8 5 8

BDAC

Serie: 14 Folio: 15

2o premio

1668

3er premio

1396

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código