HISTORIAS DE una escapada

El amargo costo de la libertad

Entre violencia y sufrimiento seis cubanos recuerdan su travesía por el mar Caribe, en la que por accidente quedaron en Bahamas, y ahora en Panamá.

Apenas se habían alejado 41 millas de Cuba y su régimen, cuando les cayó una tormenta violenta. Los nueve cubanos que dejaron atrás vida y familias en busca de otro futuro en Estados Unidos, ahora estaban a merced de las olas de altamar.

El mar Caribe, anhelo en vacaciones de europeos y asiáticos adinerados, se convirtió en el principal enemigo de los isleños, y la embarcación pesquera de 22 pies de largo y 2 metros y medio de ancho retrocedió 21 millas, hasta Cayo Sal, una pequeña isla bahamense en la que fueron recogidos por la guardia costera estadounidense, que los puso a disposición de las autoridades de Bahamas.

La ilusión de Florida se convertía ahora en un Centro de Detención en Nassau, donde el maltrato sería su rutina diaria.

La embarcación la consiguieron con documentos y argumentos falsos en Cuba, según cuentan Jorge Luis Aguilera, Yudian Chala, Duniel Reinaldo y Eulices Benítez, únicos tripulantes que recibieron asilo político en Panamá.

Cumpliendo la ruta trazada, a las 4:00 p.m. salieron el 14 de febrero pasado desde Corralillo, Cuba. Todo iba bien; unos dormían en el camarote, otros estaban fuera viendo el horizonte. “La cosa se está complicando, mira lo que viene allí. ¡Una nube prieta!”, gritó Chala, asustado, detrás del conductor de la nave.

Después de maniobras, gritos, confusión y discusiones, apareció el barco gringo que los llevaría hasta la capital bahamense. “Ellos nos subieron obligados al barco, pero les decíamos que nosotros queríamos seguir nuestro viaje hacia Estados Unidos, que nos proporcionaran un poco de petróleo, pero fue inútil”, recuerda con amargura Benítez desde la sala del hostal Casa Cuba, en Pueblo Nuevo.

Además de ellos cuatro, otros cinco cubanos fueron asilados en Panamá luego de varias semanas de trámites diplomáticos con Bahamas.

En todo momento el Gobierno de Bahamas negó las acusaciones, pese a que la propia prensa de ese país difundió informes de inteligencia en los que se confirmaban las denuncias.

LA PESADILLA EN NASSAU

En Miami, Florida, viven alrededor de 1.2 millón de cubanos. Algunos nacieron allí, pero la mayoría llegó escapada de Cuba en balsas o cualquier otro medio de transporte. Le huían al régimen de Fidel Castro, que llegó al poder el 1 de enero de 1959.

A pesar de que ya el Gobierno cubano ha flexibilizado la migración hacia y desde Estados Unidos, la situación económica de los isleños les impide tramitar una visita o una residencia, por lo que los peligros de tormentas, naufragios y tiburones siguen siendo la opción más utilizada por los disidentes.

Además, hay requisitos que permiten un alto nivel de discrecionalidad de parte de las autoridades para permitir la salida (por ejemplo: interés público, seguridad o simplemente por manejar información que se considere sensible).

El año pasado, mil 155 balseros cubanos fueron interceptados en altamar por autoridades estadounidenses. Al igual que estos cuatro sobrevivientes de la travesía, partieron de Cuba solo con los rumores del maltrato que sufren sus compatriotas en Bahamas.

Pero a veces la realidad supera la ficción.

“Tirado en el piso, me caminaron por encima, por varias horas, nos tiraron bomba lacrimógenas”, cuenta Aguilera, un tipo de 41 años con un tono de voz pícaro que logró escapar de Cuba en su décimo octavo intento. “Hubo personas que tuvieron grandes trastornos por el hambre, los golpes, la falta de atención médica y las grandes ratas caminando por el piso”, añade.

Los maltratos eran al azar y sin motivos. El día que hubo una fuga, se intensificaron. “En mayo, el día de la fuga, nos tiraron en el piso y caminaron encima de nosotros desde las 9:00 p.m. hasta la 3:00 a.m.”, relata Reinaldo.

La situación provocó que varios detenidos se cosieran la boca como protesta, entre ellos Aguilera. “Me cosí la boca al ver tanto atropello”, evoca.

En Panamá, los cubanos ya no piensan en lo sufrido, sino en las opciones para reunirse con sus familias y empezar una vida nueva.

Chala quería ir a Estados Unidos a arreglar una operación para su hijo, que sufre de problemas respiratorios severos. “Yo salí para Estados Unidos por la misión de que debo operar a mi hijo y porque mi esposa tiene toda su familia allí. Pero si tengo la oportunidad de quedarme en Panamá, y ser libre, y tener una vida normal donde pueda tener a mi esposa y mi hijo, me sentiría bien”.

HERMANOS EN ALTA MAR

Germán Delgado, de 45 años, y Maykel González, de 32, nacieron y vivieron en Villa Clara, Cuba. Sin embargo, hasta hace apenas unos meses, ambos eran completos desconocidos.

Se conocieron en junio pasado, cuando coincidieron en la tripulación de 12 cubanos a bordo de un pequeño bote de madera con un motor diésel Lombardina de segunda como única fuerza de locomoción. Entre todos pusieron $750 para poder construir esa navecita con la que querían cruzar más de 100 millas para llegar a la costa de Florida en busca de su libertad.

Maltrecho y viejo, el motor les falló antes de que salieran de las aguas cubanas. A merced de la olas, una tormenta los empujó hacia Cayo Sal. Entonces apareció la guardia costera de Estados Unidos, que decidió llevarlos al centro de detención de Nassau, donde presenciarían las mayores atrocidades de su vida.

A su salida de Cuba, los 12 disidentes sabían que corrían el riesgo de caer en Bahamas, un lugar en el que se rumoraba los cubanos no eran bien recibidos. Delgado ya no le temía a este riesgo; este era su décimo séptimo intento de escape del Gobierno cubano. Fue en el que más lejos llegó, pero también en el que más sufrió.

Por sus escapes anteriores, él y su hermano adeudaban 24 mil pesos ($900) al Estado cubano. Sin embargo, antes de abandonar por última vez su vida en la isla, dejó escondida varias barras de madera y otro motor Lombardina por si lo obligaban a regresar, y por consecuencia, a escapar.

“El cubano es mal mirado en Bahamas, porque, según ellos, es muy problemático. La cuestión es que el cubano no se deja humillar. Cuando llegué allá, me topé con que los maltratos que me contaban no eran ni una pizca de la realidad”, dice Delgado, un tipo flaco y amable.

González, de contextura más atlética, confirma los abusos a los que fueron sometidos los 12 tripulantes de aquella embarcación y el resto de los cubanos que conocieron en el centro de detención bahamense.

“Los sacaron, les dieron corriente y palo. A nosotros nos tiraron al piso y nos pasaban por arriba. A un amigo mío lo dejaron con una costilla partida. Eso es para estar en un hospital o en una cama, pero lo trajeron al centro de detención sin condiciones. Nosotros oímos los gritos de terror y de pánico”, recuerda González.

“Nos tratan como perros”, añade Delgado, quien advierte que los maltratos, más que excepciones, eran costumbre.

“Son las atrocidades más grandes que se le pueden hacer a un ser humano. A un cubano le inventaron una fuga y le dieron palo, patadas; le perforaron un oído a uno, un pulmón a otro, les echaban agua y corriente, y gas pimienta en todo el cuerpo. Las mujeres tenían relaciones sexuales con los guardias por un poco más de comodidades. Una muchacha regresó a Cuba embarazada de un guardia”, dice Delgado.

Una tarde, entre angustia y aburrimiento, las autoridades bahamenses mostraron una lista en la que supuestamente iban a regresar a Cuba a los 12 tripulantes de esa embarcación.

Fueron días de confusión, hasta que llegó un representante de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y les dijo a Delgado y a González que recogieran sus cosas, pues se los iban a llevar. No les revelaron a dónde.

“Yo no quería dejar a mi hermano, pero él me dijo que me fuera, que había más posibilidad de sacarlo desde otro país”, cuenta Delgado.

Se los llevaron a un centro de convenciones, donde los esperaban los otros siete cubanos que los acompañarían a Panamá como asilados políticos.

Delgado ya no tuvo necesidad de utilizar las maderas y el motor que aún lo esperan en Cuba. “Lo iba a seguir intentando hasta llegar a Estados Unidos o hasta ahogarme en medio del mar”.

10 mil balseros en Panamá

En 1994, unos 10 mil cubanos fueron refugiados en Panamá al huir del régimen cubano establecido por Fidel Castro. El éxodo se dio luego de que Panamá y Estados Unidos firmaron un acuerdo que permitía la llegada de “los balseros” al istmo por un período de seis meses. El acuerdo lo firmó Ernesto Pérez Balladares, presidente panameño, y Bill Clinton, su homólogo de Estados Unidos.

El Comando Sur, bajo la operación Refugio Seguro´, habilitó cuatro campamentos en la base de Howard en los que ubicaron a los cubanos procedentes de Guantánamo. En Nuevo Emperador, distrito de Arraiján, se instaló el primer campamento que albergó a 2 mil 500 cubanos.

Con el tiempo, los isleños fueron trasladados a Estados Unidos, España y Surinam, definidos como los países amigos del Gobierno estadounidense. Artistas cubanos como Willy Chirino y Gloria Estefan visitaron los campamentos y ofrecieron conciertos para los balseros refugiados en Panamá.

Eduardo Mendoza

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