Una ciudad frente al mar

Quizás el lugar donde es más evidente, más tangible la relación de la ciudad con el mar es en el Mercado del Marisco. Allí atracan a diario los barcos que faenan en la bahía y desde muy temprano derraman su cargamento pletórico de crustáceos, moluscos y peces de todos los tipos y tamaños.

Camarones enormes, langostinos y langostas parecen querer huir de las bandejas cubiertas con hielo. “Jurel, mero, ¿cuál desea?”, ofrecen los vendedores. El pulpo escurre de una gran bandeja metálica. Un lenguado muerto me mira pasar con sus ojos absurdamente juntos.

El mercado ya se ha quedado chico y, sin embargo, sigue funcionando a toda máquina. Se ha convertido, además, en un polo de atracción de turistas y de los propios citadinos que van a probar, directamente, las delicias del mar en los puestos que están en una plaza entre el mercado y el muelle.

“Ceviche de pulpo, de corvina”, anuncia un muchacho de gorra azul, casi sin necesidad porque un tumulto se agolpa allí mismo, pide, mira. Huele. El olor de mar aquí domina.

Afuera, por el muelle, no hay dudas. Ya los pescadores que aún rondan por allí se muestran cansados. Muchos han trabajado toda la noche. Acondicionan los botes, limpian. Bajan a la playa y caminan por entre el barro negro hasta las embarcaciones encalladas en el limo de la bajamar.

Hacia la cinta costera el olor ya no es el fuerte y salobre que trae el mar. El olor es fétido. Unos hombres desmontan los poderosos motores de 40,60, 120 caballos de las embarcaciones, las desarman para repararlas, para darles mantenimiento. En el mar, el motor de la nave lo es todo.

Una valla enorme veda al transeúnte la vista de las aguas. En este tramo de la cinta se construye un restaurante-mirador, y los que saben dicen que ese brazo que le creció a la costa es el preludio de la controvertida tercera fase de la cinta costera, que como un tentáculo de hormigón podría rodear la vista del mar en San Felipe. De momento, aquí el mar no se ve.

Día de fin de semana. Es una hora temprana de la tarde y no hay nadie. La cinta está desierta. Pasan tres turistas estadounidenses. No entienden lo que les pregunto. Sonríen, saludan. “Bonito”, dice uno de ellos señalando a la bahía donde unos pelícanos se posan sobre un bote rezagado. La imagen es para foto.

Desde la cinta costera se aprecia la inmensidad del mar, el vaivén de las olas, las islas a la entrada del Canal, Amador, Taboga, y Taboguilla más al fondo.

Busco a alguien que me venda un raspao. Una chicha. Soda. Nadie. Hace poco más de un mes habría encontrado decenas de vendedores.

Frente a la entrada del Club de Yates y Pesca hay un solitario carrito de sodas, empanadas y hot dogs.

–¿Por qué no hay gente hoy?– pregunto al vendedor, un hombre bajo y grueso que tiene cara de aburrimiento.

–El calor– me responde y no entiendo. Calor hace siempre. Ahora hay unas nubes que no había hace un mes. Me aclara que es la hora. Más tarde, la gente llegará. Seguro.

Pero a lo largo de la línea costera se asoman los edificios. Uno tiene graciosos balconcitos de colores. “Tenga una vista al mar”, dice el letrero que ostenta otra torre blanca, y enorme sobre la avenida Balboa.

Abundan los proyectos con apellidos “Ocean” “Sea” y cuantas alusiones marinas en inglés y español pueda imaginarse.

“Uno de los encantos de la ciudad de Panamá es el litoral marítimo”, señala el arquitecto Rodrigo Mejía-Andrión.

Ironías. Durante años, la ciudad vivió de espaldas al mar. Solo tras el auge inmobiliario, por la inquietud de los extranjeros que se allegaron a la ciudad, esto empezó a cambiar.

Así lo señala Mejía-Andrión: “Ahora es que nos damos cuenta del valor del mar”.

Mejía-Andrión recuerda cuando en el área entre el parque Urracá y Paitilla había playas. Todo ello cambió con la construcción entonces de la avenida Balboa.

La voracidad inmobiliaria sobre esta zona de la capital vendría a consolidarse de la mano de un proyecto faraónico que nunca se construyó: El Palacio de la Bahía. Entonces era el boom. Los precios por metro cuadrado se dispararon. De 350 a 500 dólares que costaron alguna vez, de pronto subieron a cerca de 5 mil dólares, explica Andrión. Y todo por el mar

En la ciudad hay tres lugares desde donde el turista o el ciudadano de a pie aún pueden tener cierto contacto con el mar: La cinta costera, el más amplio; el Casco Antiguo y Panamá Viejo. Tal vez Amador sería un cuarto lugar.

Alguna vez, hace casi 20 años, hubo un parquecito frente a Atlapa. Hoy pasa por allí el Corredor Sur. De resto, el mar no se siente. Ya no se ve. “Bonito”, dice el gringo. Y sonríe.

El incentivo de una bahía sana

Entre las muchas obras que en la actualidad incomodan a los conductores y transeúntes de la ciudad están las relacionadas con el proyecto de saneamiento de la ciudad y la bahía de Panamá. El proyecto, concebido, planeado e impulsado por distintos gobiernos desde hace más de una década, avanza en medio de esta incomodidad.

Y cuando concluya debe garantizar no solo una ciudad con una mejor disposición de sus aguas residuales, sino un litoral más sano que poco a poco pueda ser redescubierto y disfrutado por los habitantes de la urbe y sus visitantes.

La planta de tratamiento de aguas residuales, uno de los ejes principales del proyecto, tiene un avance del 87% y estará lista en octubre de este año. La obra total tiene un costo de 245.6 millones de dólares y entrará en funcionamiento en el año 2013 cuando finalice la última etapa de saneamiento.

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