CHIRIQUÍ. POBREZA y MARGINALIDAD

La decisión de María Molina

Cuando la transnacional frutera Chiquita Brand´s se fue de Barú, miles de familias ngäbes enfrentaron la pobreza y el hambre.
Por encima de las vicisitudes, nunca abandonó su cultura y sus valores. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Teófilo González. Por encima de las vicisitudes, nunca abandonó su cultura y sus valores. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Teófilo González.
Por encima de las vicisitudes, nunca abandonó su cultura y sus valores. ESPECIAL PARA LA PRENSA/Teófilo González.

Hace 25 años, María Molina y Santiago Carrera, una pareja de indígenas ngäbes, decidió emigrar desde Valle del Risco, en las montañas de Changuinola, Bocas del Toro, hacia Finca Blanco, en Puerto Armuelles, Chiriquí, entonces parte del emporio frutero de la transnacional Chiquita Brand´s.

Era una pareja común, acostumbrada a sufrir y trabajar para sobrevivir en la pobreza extrema, la desnutrición y la discriminación por ser indígenas.

Al igual que otros obreros procedentes de diversas regiones del país, María y Santiago compartieron la bonanza generada por la producción de banano de exportación, pero desde fines del siglo pasado, cuando Chiquita Brand´s abandonó el área porteña, en el distrito de Barú, se volvieron parte de la multitud de familias presa de la desesperación y el hambre, tras quedar sin empleo y en una comunidad alejada de su entorno comarcal.

CHIQUITA SE FUE

Enfrentados a la vida y con una familia que alimentar, para ambos la decisión sería crucial: volver a la comarca, con sus tradiciones y sus costumbres, pero con miseria y con hambre, o seguir en Puerto Armuelles y luchar, abrirse paso y buscar qué hacer para sobrevivir.

Otra opción era emigrar a las fincas cafetaleras de Boquete, Río Sereno o a Coto Brus, en el lado costarricense. Era un viaje largo y tedioso, que suelen hacer familias enteras y donde muchos de los niños pierden el año escolar, porque la cultura ngäbe obliga a toda la familia a mudarse durante la temporada de cosecha.

Tenían presente que en ese ir y venir muchos regresaban enfermos, con malestares gástricos o respiratorios, mientras que otros, libertinos y descuidados, contraían enfermedades de transmisión sexual por frecuentar lupanares ticos.

María y Santiago optaron por quedarse a luchar. Santiago “chambeaba”, que para los porteños significaba montar su bicicleta e ir a “camaronear” o hacer trabajitos eventuales, lo que dejaba para la “comidita” del día. Ella, mientras tanto, atendía el hogar.

LA DECISIÓN

Un día, María se puso a pensar que así como ellos habían decidido quedarse para intentar arrancarle a la vida el sustento, así lo habían hecho otros hermanos de raza.

Se dio cuenta de que sus hermanas ngäbes necesitaban renovar sus vestidos y comprar la colorida nagua, pero sus recursos no les permitían adquirirlas en los comercios locales. Fue cuando se le encendió el bombillo de la lógica. La confección de prendas y vestidos ngäbes y buglés se convertiría en su principal ingreso familiar.

Si ella requería renovar su ropa, también sus paisanas lo necesitarían, y María, que sabía los rudimentos de la costura, se las podría proveer.

“Al inicio solo cosía para mis hijas y para mí, pero la presencia de decenas de familias ngäbes y buglés, la escasez de empleo y lo caro del transporte crearon un mercado que se disparó más allá de lo que podíamos atender para elaborar vestidos propios de nuestros pueblos”, confiesa María.

De la unión de María y Santiago resultó una prole de 12 hijos, que aprendieron la confección de artesanías y vestidos de su etnia, pero solo las cuatro mujeres se dedicaron con denuedo a la confección de la nagua. Los varones prefirieron asumir otras actividades, aunque aprendieron de su padre la confección de chácaras, chaquiras y sombreros a la usanza indígena.

“Además de representar nuestro sustento, lo que hacemos nos gusta y enorgullece, porque contribuimos a conservar los rasgos de nuestra identidad cultural”, asegura María, cuyo rostro ya no refleja la preocupación inmediata por la falta de pan en la mesa.

“Una mujer de nuestra etnia nunca debe dejar de usar sus naguas y prendas”, subraya.

LEAL A SU CULTURA

Ahora, María cose y cose. Ya sus hijos son adultos; unos han emigrado del hogar y otros permanecen cerca de ella en una microempresa ideada por una mujer que, sin mucha educación, solo pensó en sobrevivir y salvar a su familia.

Ella sigue con su marido Santiago, y solo tienen que luchar contra la competencia desleal, la escasez de la materia prima, el alto costo del transporte y las copias extranjeras ilegales que imitan y afectan el vestido original ngäbe buglé.

>>> Una cultura de supervivencia

Un fenómeno social que se observa dentro de las etnias ngäbe y buglé es la gradual autonomía de las mujeres, derivada de la independencia económica, mayor participación en la educación latina y otras influencias foráneas, que permitieron que actualmente existan mujeres ngäbes líderes en política, empresas y otras actividades.

Desde la colonización española a mediados del pasado milenio, las etnias ngäbe y buglé han luchado por preservar sus valores y costumbres, confrontando fenómenos socioeconómicos tan dramáticos como el latifundismo, la globalización y, más recientemente, la explotación minera y construcción de hidroeléctricas en áreas de las que fueron desplazadas.

Aunque este grupo étnico suma 158 mil habitantes, es el sector demográfico más afectado por la desnutrición y la pobreza extrema, debido a la dispersión de sus comunidades, generalmente carentes de servicios sanitarios básicos.

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