DANILO ESPINO QUINTERO

El doctor de las manos milagrosas

Hace 10 años fundó la clínica de heridas del centro de salud de Nuevo Veranillo, en la que atiende entre 30 y 35 pacientes al día.

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El médico Danilo Espino lleva dos años que no toma vacaciones, porque si lo hace muchos pacientes se quedarían sin la atención. El médico Danilo Espino lleva dos años que no toma vacaciones, porque si lo hace muchos pacientes se quedarían sin la atención.

El médico Danilo Espino lleva dos años que no toma vacaciones, porque si lo hace muchos pacientes se quedarían sin la atención.

En cada consulta ofrece una guía de los alimentos que estimulan la producción de colágeno. En cada consulta ofrece una guía de los alimentos que estimulan la producción de colágeno.

En cada consulta ofrece una guía de los alimentos que estimulan la producción de colágeno.

Muchos de sus pacientes le profesan una admiración que raya en la veneración, al punto de que le apodan el doctor de las “manos milagrosas” o de las “manos de Dios”, sin embargo, Danilo Espino Quintero se describe como un campesino oriundo de Los Higos de Pedasí, en Los Santos, cuya mayor fortuna fue haber nacido en el seno de una familia forjada por su padre, Arturo, y su madre, Berenice –ambos maestros rurales–, quienes lo encaminaron y alentaron a estudiar para lograr la superación personal.

Su inquietud de ser médico surgió porque vivían en una comunidad netamente rural y su padre, además de maestro, era la persona que suturaba las heridas, curaba las quemaduras, ponía inyecciones, atendía los partos y otras urgencias. Conocimientos que don Arturo aprendió en el libro titulado Medicina de la comunidad y de las enseñanzas del señor Enrique Moscoso, considerado el médico del poblado.

Después, con la meta de que él y sus dos hermanos tuviesen una buena preparación académica, sus padres los enviaron a cursar estudios secundarios en la ciudad de Panamá. Así se graduó en el Instituto Nacional, colegio del que guarda gratos recuerdos por la calidad de educación que recibió en aquella época.

Estudios universitarios

Al terminar sexto año en el Instituto Nacional, Espino se matriculó en los cursos de premedicina, que entonces eran obligatorios en la Universidad de Panamá. Su grupo inicial de 175 estudiantes se redujo a 50 al cabo de dos años y medio. Aunque a todos les iba muy bien, se decía que para cuando terminaran solo habría cupo para que ocho de ellos ingresaran a la carrera médica.

Era consciente de que él no sería uno de los seleccionados, pues no tenía mayor influencia a diferencia de sus compañeros (uno era hijo del director del Santo Tomás; otro, del jefe de cardiología; del jefe de medicina interna, del director de la Caja de Seguro Social, etcétera). Por eso, con la ayuda de una tía buscó y solicitó información en las facultades de medicina de las universidades de Brasil, Argentina y México. Los encargados de las tres facultades le contestaron que lo aceptaban, pero el siguiente año, porque ya era el mes de mayo y las clases habían comenzado. “No obstante, en su carta, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) me puso una postdata que decía: ‘Tenemos una universidad recién incorporada al plan de nosotros en Guadalajara, Jalisco, y comienza el 1 de septiembre. Le pongo la dirección para que usted escriba si le interesa’. Le escribí y me mandaron toda la papelería y todo lo que tenía que hacer. Así fui a dar un 16 de agosto de 1968 a Guadalajara y allá terminé la carrera”.

Labor profesional

Desde hace 34 años Espino trabaja en el centro de salud de Nuevo Veranillo. Primero se desempeñó como médico general y desde hace 10 años –el 15 de diciembre de 2005– fundó la clínica de heridas, en la que atiende un promedio diario de entre 30 y 35 pacientes con pie diabético y úlceras venosas, entre otras afectaciones.

En esa labor lo encontramos el día de esta entrevista, luego de que una enfermera nos llevara hasta su despacho de “puertas abiertas”. Ahí, sin mayores protocolos, y ante la mirada curiosa de los pacientes que abarrotaban el recinto, el médico contestaba nuestras preguntas, mientras los atendía con diligencia; felicitaba a unos por seguir sus consejos y observar notable mejoría en las heridas, mientras que a otros les recomendaba tomar más agua para minimizar los dolores y la hinchazón en la extremidades.

Espino relata que la idea de fundar la clínica fue como una visión que experimentó de Dios, tras haberse preparado para atender las dolencias relacionadas con la diabetes. Por esa razón solicitó que lo enviaran a hacer rotación en la clínica de heridas de la Caja de Seguro Social en el corregimiento de San Francisco, que él considera como “la madre de las clínicas de este tipo en Panamá”. “Allí pasé un mes preparándome de la mano de la doctora Cecilia Guerra y cuando regresé al centro de salud de Nuevo Veranillo, enseguida puse en práctica lo que aprendí”, dijo.

No descansó hasta convencer al director médico de aquellos años de que le cediera un espacio para abrir una a clínica de ese tipo en el centro de salud de Nuevo Veranillo. Así, gracias a su insistencia, logró que le concedieran un pequeño consultorio en el que inicialmente atendía entre 8 y 10 pacientes por día, luego la cifra aumentó a 14 pacientes diarios hasta llegar al promedio actual de 30 y 35. “Tengo pacientes que vienen de Darién, Chiriquí, Colón, Coclé, de Azuero, en fin, de todas las regiones del país”, dice.

La docencia es parte importante de cada consulta que ofrece este médico, pues explica que la mayoría de los problemas asociados a la lenta cicatrización de heridas en pacientes con úlceras venosas o con heridas complicadas de pie diabético se origina en la mala nutrición. Por eso, les brinda una guía práctica de los alimentos que deben consumir para estimular la producción de colágeno y de los aminoácidos esenciales.

La fama del doctor Espino creció de forma proporcional a la gratitud de sus pacientes. Son ellos los que se han encargado de recomendarlo, pues gracias a la dedicación y al empeño que dispensa a cada uno, ha logrado salvar dedos, pies y hasta piernas de personas a las que otros médicos recomendaban amputaciones.

Falta de insumos

Mantener la clínica en funciones no ha sido nada fácil, debido a que los pacientes carecen de recursos económicos y se les cobra una cifra simbólica por la atención. Como la mayoría no tiene la posibilidad de comprar las sustancias que se requieren para desinfectar y ayudar a cicatrizar las heridas, ni las medicinas que deben ingerir, al principio el propio Espino destinaba 100 dólares de su bolsillo para adquirir los insumos básicos. Luego pedía donaciones entre sus colegas e inclusive los propios pacientes tenían una alcancía en la que depositaban lo que podían y así, poco a poco, iban comprando lo indispensable.

Aunque la atención del doctor es insuperable, él es consciente de que por las carencias que afrontan, las curaciones son más lentas. “Una cicatrización que nos toma aquí entre seis meses y un año, a lo mejor, con mejores insumos y equipos, la podríamos haber hecho en cuatro meses”, afirma.

Sin embargo, al parecer, se vislumbran mejores días para este médico y sus pacientes que, es justo decirlo, se comportan como una gran familia y se ayudan mutuamente.

Espino señala que tras una protesta reciente de un grupo de usuarios de ese centro. las autoridades el Ministerio de Salud, por fin, les pusieron atención. Le agradece esa gestión al actual director del centro de salud, Juan Biebarach. “Se dieron cuenta de que existimos y nos enviaron a un licenciado, que nos apoya en las curaciones, y nos mandarán a proveedores para que nos doten de los insumos requeridos”, dice.

Otra de sus aspiraciones es que más médicos se interesen por trabajar en la clínica. Desde hace dos años Espino se abstiene de tomar vacaciones, porque si lo hace no hay quién quede a cargo de la clínica. “Eso no puede ser”, señala contrariado, al tiempo que se muestra de acuerdo con la urgencia de “humanizar”, pero de verdad, a todo el personal médico que labora en las entidades de salud, porque, al fin y al cabo, su labor y razón de ser es brindar atención de calidad a todos a los pacientes.

Preparación académica

Trayectoria.

Se graduó como médico general en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sede de Guadalajara. Hizo su primer año de internado en el Hospita McCall, en Texas. Fue seleccionado junto a otros 40 graduados de medicina para trabajar como asistente en las clínicas de la UNAM. Ahí ingresó a la docencia en salud pública, medicina preventiva y técnica quirúrgica. Se propuso sacar la maestría en docencia superior y tomó 18 cursos de 20 en Guadalajara. Los últimos cursos debía hacerlos en una universidad de Houston (por arreglos previos de la UNAM), pero no los completó porque carecía de la respectiva visa de estudiante.

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