FUNERAL

Una mañana en Marianao

Como en el hogar de Maylín y Emilio, en Marianao, que recién encendieron el televisor cerca de las 7:30 a.m., cuando ya los canales cubanos tenían más de hora y media de transmisión continua del acontecimiento.

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Un grupo de personas se apretuja en una fila, mientras aguarda para llevar ofrendas florales a la tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba Un grupo de personas se apretuja en una fila, mientras aguarda para llevar ofrendas florales a la tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba
Un grupo de personas se apretuja en una fila, mientras aguarda para llevar ofrendas florales a la tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba Bloomberg

El tramo final de la caravana que transportaba las cenizas de Fidel Castro arrancó temprano, a las siete de la mañana. A esa hora La Habana parecía adormilada. Poca gente en la calle, muchas en la cama.

Como en el hogar de Maylín y Emilio, en Marianao, que recién encendieron el televisor cerca de las 7:30 a.m., cuando ya los canales cubanos tenían más de hora y media de transmisión continua del acontecimiento.

A la pareja no le interesaba mucho la programación. “Llevamos una vida viendo esto”, dice él, blanco, ojos verdes, camiseta oliva, bermudas de jeans y chancletas. Recién entonces Maylín sale del cuarto, un vestido de flores ceñido al cuerpo y minúsculo. Va directo a la cocina y lava algunos platos de plástico. En la televisión los presentadores continúan hablando del legado de Fidel.

Viven en el segundo piso de una casa modesta. Abajo viven los padres de ella; ambos octogenarios. Lo primero que uno ve al entrar es una cama doble y una cortina improvisada con una sábana crema. Al fondo se ve una especie de sala y a la izquierda, frente al baño, una escalera de madera con una tabla que hace las funciones de puerta.

Entre las habitaciones, el baño, la sala y la cocina no hay más de 40 metros cuadrados. El apartamento está pintado de blanco con detalles en negro, los sillones son de un opaco estampado de flores y el adorno más grande es un caparazón de tortuga en la pared.

Un perro que ladra desde la pequeña terraza enmudece a Raúl Castro, que habla desde la televisión, que da la impresión de estar sostenida por una planta en una de las esquinas del apartamento. Es la retransmisión del homenaje póstumo que tuvo lugar el sábado por la noche en Santiago. Maylín sigue lavando platos y Emilio enciende un cigarro bajo el umbral que da al patio.

Él se dedica a lo que salga, y ella trabaja como estilista. Ambos tienen alrededor de 40 años. Mientras su esposa se cambia de ropa, Emilio cambia los canales. Todos tienen la misma programación. “Pasan siempre lo mismo. No entiendo para qué dicen que dan noticieros, si siempre es lo mismo”. Sigue cambiando y sigue Raúl Castro hablando.

Entonces sale ella con otra ropa: un top gris y un pantalón a media pierna blanco y negro. Se sienta en un mueble de madera en mitad de la sala que utiliza para atender a sus clientas. Enciende un cigarro y dice: “siempre es lo mismo en la tele”.

Maylín cuenta que cuando tenía 15 años quiso ir a la Marcha de las Antorchas, una caminata anual en homenaje a José Martí. Su padre le dijo que esperara, que le quería contar algo. Resulta que había sido revolucionario, pero que no creía en el socialismo. Tuvo diferencias con el resto de sus compañeros y terminó preso. Lo sentenciaron a 10 años. Hizo cuatro.

Alguien toca la puerta que da al patio. Se trata de una vecina. Es rubia, tiene unos 30 años y lleva un traje gris que más bien luce como una pijama, y que le queda cortísimo. Se sienta y le da la espalda a la televisión, en la que ahora pasan imágenes del sábado por la tarde, cuando la caravana llegó a Santiago. Si acaso se voltea dos o tres veces, cuando escucha una voz que no le resulta familiar.

Emilio abre la madera que está sobre las escaleras y baja. Ellas hablan de su perspectiva cubana, de leyendas urbanas, sobre riquezas escondidas y dan sus “verdades” de la revolución.

Regresa Emilio con un cartucho en las manos. A lo lejos se escucha un grito indescifrable para extraños. Él deja el paquete en la cocina, sale al patio y grita: “¡Aguántate ahí!”.

Le da cinco pesos a Maylín y le dice que vaya por el pan.

Ella vuelve enseguida. Lleva los panes y unos papeles. Se sienta y explica: “mi papá escribe décimas. Déjame buscar la más reciente". Trata sobre la muerte de Castro y su futuro en el más allá.

Ni bien termina de recitar las rimas, aparece de la nada la cabeza del señor sobre el vacío que producen las escaleras. Sin terminar de subir, sonríe, se sostiene de la baranda y mira a la rubia que está de visita. En contundentes rimas la llama preciosa, hermosa y le dice que tiene una belleza por la que cualquier hombre lucharía. Ella se sonroja y le aplaude. Él baja dos escalones, se detiene y comienza a recitar otra décima.

Cuando va por la segunda línea se detiene. Entrecierra los ojos y mira hacia abajo. “Se me olvidó cómo va. Regreso cuando me acuerde”, y termina de bajar.

Desde la cocina Emilio mueve platos y vasos. Se escucha algo que chisporrotea en la sartén y que emana un olor glorioso. Maylín cuenta que tiene dos hijos: uno de 5 y otro de 16. Que hace unos meses el mayor le pidió tres pesos para comprar marihuana y probarla. Ella se escandalizó. No conoce a nadie que fume eso, dice.

La rubia que los visita pregunta por la supuesta muerte de Alicia Alonso. Maylín no sabe si es verdad. Emilio aparece, enciende un cigarro y cuenta que no es cierto, que el otro día estuvo con un amigo del chofer de la bailarina que negó la noticia. Todas las conversaciones sobre lo que sucede en la isla comienzan con un: “Me dijo un amigo de tal”, me dijeron por ahí que”, “por allí me enteré que”. El poder del rumor.

Vuelve a sonar la puerta que da hacia el patio. “Llegó una cliente”, dice Maylín, que se levanta y abre la puerta. Las dos caminan por el patio y a los cinco minutos la visitante entra a la casa con el pelo mojado. Aparece Emilio y pregunta si quieren unos panes, que en realidad son hamburguesas con queso. Nadie se las niega. Ni siquiera la rubia, que supuestamente estaba a dieta. Las reparte acompañadas por un vaso de gaseosa de color negro, de una lata gris y de marca desconocida.

Todos comen menos él y su esposa.

Son las 8:45 a.m. y la cliente le explica a Maylín cómo quiere el pelo, Emilio se fuma un cigarro, y la rubia desayuna. En el televisor ahora entrevistan a alguien que recuerda el legado de la revolución con un fondo de fotos de los revolucionarios en la Sierra Maestra. Es el día de la última despedida a Fidel Castro, pero en aquel apartamento de Marianao es un domingo como cualquier otro.

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