La montaña mágica

Entre 1920 y 1949, el geólogo estadounidense Robert Terry hizo un detallado estudio de la geomorfología de la república de Panamá.

Describió cada accidente geográfico, la composición de los suelos, su antigüedad, sus procesos de mineralización.

Estos hallazgos se hallan consignados en el documento titulado A Geological Reconnaissance of Panama, publicado por la Academia de Ciencias de California, en marzo de 1956, en la ciudad de San Francisco, Estados Unidos.

En 1932, cuando trabajaba para la Sinclair Oil Company, Terry se desplazó hacia las montañas del oriente chiricano. Allí logró identificar venas mineralizadas de cobre en una misteriosa elevación denominada por los habitantes de la etnia ngäbe como Ngutio Tain, la “montaña roja” o cerro Colorado.

Este cerro de mil 600 metros de altura sobre el nivel del mar se encuentra ubicado en lo que es hoy la comarca Ngäbe Buglé, distrito Nole Diuma, corregimiento de Jädeberi.

Es una montaña que tiene una escasa vegetación, debido principalmente a la alta acidez de los suelos. Estos se componen de un mineral llamado pirita, asociado a la calcopirita, que casi siempre aparece donde hay cobre.

En los años subsiguientes, continuaron los estudios sobre la riqueza mineral que escondía la montaña, especialmente en la década de 1950, cuando se precisó su potencial mineral.

En 1957 se estableció la existencia de una zona con mineralización de sulfuros de cobre de mil 200 metros de largo, 90 metros de ancho y 370 metros de profundidad, con un contenido aproximado de 100 millones de toneladas de mineral.

Solo fue hasta la década de 1970, en pleno régimen militar, cuando se planteó seriamente la explotación del yacimiento cuprífero.

El general Omar Torrijos otorgó una concesión de 750 kilómetros cuadrados a la compañía canadiense Javelin. Los trabajos de investigación fueron realizados por Pavonia S.A., una subsidiaria de Javelin.

Esta empresa analizó registros de suelo y sedimentación en los ríos y efectuó perforaciones de sondaje a poca profundidad.

Se decía entonces que el yacimiento de cerro Colorado era el segundo más grande del mundo sin explotar.

Para 1975 el gobierno de Torrijos crea la Corporación de Desarrollo Minero (Codemin) básicamente concentrada en la idea de explotar cerro Colorado.

Los indígenas ngäbe, los habitantes de esa tierra, no fueron tomados en cuenta.

OPOSICIÓN

Reseña el abogado Carlos Guevara Mann que, según el gobierno militar, el proyecto de cerro Colorado debía reportar 140 millones de dólares en beneficios a corto plazo y un aluvión de empleos para esa empobrecida región.

El gobierno había pedido créditos por 406 millones de dólares para echar a andar el proyecto, una cantidad de dinero que generó estupor de inmediato.

Si bien las primeras críticas al proyecto provenían del sector empresarial, que veía en ello una aventura irresponsable, oportunista y onerosa para el país, las propias comunidades indígenas ya se organizaban para luchar por su tierra.

Corría 1978 y el descontento con dicho proyecto crecía, pasado el paréntesis de la firma de los tratados Torrijos-Carter y ya en pleno “veranillo democrático”.

El 22 de abril de 1979, unos 2 mil manifestantes cerraron la vía Panamericana, a la altura de San Félix, para protestar contra los planes mineros del régimen.

Por entonces también surgió el Comité Cívico de Defensa Integral de la provincia de Chiriquí, el cual protestó por las violaciones constitucionales y las repercusiones ambientales que acarrearía la extracción de cobre.

Aparte de Javelin, estaban involucradas en el proyecto las compañías Canada Development Corporation, y la poderosa Río Tino-Zinc, que reemplazó, en mayo de 1980, a Texasgulf como socio transnacional de cerro Colorado, recuerda el profesor Pastor Durán.

En agosto de 1981, Edwin Fábrega, quien para la época dirigía el Instituto de Recursos Hidráulicos y Electrificación (IRHE), se opuso al proyecto por la cantidad de electricidad que utilizaría, “equivalente a la totalidad del consumo nacional” de entonces, escribe Guevara.

Pero fue la muerte del general Torrijos, y el desplome de los precios del mineral en el mercado internacional los que terminaron por enterrar el proyecto de extracción de cobre en cerro Colorado.

RESURRECCIÓN

Para la década de 1990, la comarca Ngäbe Buglé ya era una realidad, y los indígenas lograron un control parcial de su territorio, en especial, la decisión sobre la explotación de sus recursos naturales.

Pero desde 2010, el gobierno de Ricardo Martinelli promovió una reforma al código minero con el fin de relanzar esta industria bajo unas reglas de juego, supuestamente, más sostenibles y beneficiosas para el país.

Uno de los objetivos de este relanzamiento parecía ser justamente la explotación de cerro Colorado, que incluso se promovió entre inversionistas internacionales. Ante las críticas, la oferta debió ser retirada.

En 2011, cerro Colorado volvió a estar en el ojo del huracán durante las protestas en San Félix contra la minería y las hidroeléctricas.

Y en febrero de 2012, antes de la violenta represión a la protesta indígena (justamente por el sentimiento indígena de que se desconocieron los acuerdos del año anterior), aún quedaba abierta la puerta para una explotación minera en ese cerro codiciado y venerado.

Pese al compromiso de que no habrá concesiones mineras en la comarca Ngäbe Buglé, hasta que no concluya el nuevo diálogo entre Gobierno e indígenas el futuro definitivo de la montaña aún parece incierto.

Las montañas y el agua son sagradas

En el ámbito de las creencias de los ngäbe buglé, tanto el agua como las montañas adquieren un cariz sagrado, por lo tanto, dañarlas de alguna manera acarrea repercusiones que trascienden el plano del mundo visible. “Era una práctica común para las culturas del pueblo Ngäbe Buglé marcar la piedra y poner hitos naturales como ríos, cerros, piedras.

Leyendas o mitologías eran asociadas a estos hitos para transformarlos en lugares de celebración, de peregrinaje o de culto. Así eran las 10 montañas del pueblo Ngäbe en la región Ño Kribo, el refugio del pueblo en Llano Tugri y otros”, reseña un estudio de la Unesco sobre la cultura del agua en los pueblos indígenas americanos. “El pueblo Ngäbe Buglé utiliza el agua en todas sus ceremonias y al llegar el momento, imita su sonido con ´cantos al agua´.

Sus canciones comienzan como los arroyos más pequeños, se transforman en caudalosos ríos, y desembocan en océanos majestuosos y en nubes de trueno que caen como lluvia sobre la tierra para comenzar de nuevo. Cuando se amenaza el agua, se amenaza a todos los seres vivientes”, añade el estudio. En esto fundamentan su recelo a proyectos que alteren o modifiquen el curso de los ríos.

De los falderos de cerro Colorado específicamente nacen los ríos San Félix y el Cricamola. Además, sus inmediaciones se encuentran habitadas por más de 10 comunidades, como Mogla, Escopeta, Cuerna Vaca, Rincón, Ratón, Tolotde, Hacha, Caña Brava, Pita, Cerro Flores, Chamí, y Arriera.

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