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El ser o no ser de la oposición venezolana

La ciudad de Caracas se está convirtiendo en la ciudad más cara y más barata al mismo tiempo. Se empieza a perder la esperanza.

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Conviene comenzar este primer reporte desde Venezuela haciendo una aclaración. Antes de entrar a describir y analizar lo que está sucediendo –que es mucho–, se hace necesario dejar claro lo que no está pasando.

Y esto se puede resumir en una simple frase: Venezuela no está “en llamas” ni “prendida” ni nada por el estilo. Las protestas de los últimos días han sido amplificadas, especialmente en el imaginario internacional, por el poder de las redes sociales y la torpeza –léase blackout mediático y represión de fuerzas regulares e irregulares– del Gobierno venezolano. Debajo del manto mediático, la inestabilidad se ha concentrado en las ciudades de San Cristóbal –capital del estado de Táchira, 800 km al suroeste de la capital–, Mérida –capital del estado homónimo, a 650 km de Caracas en la misma dirección– y en sectores muy localizados del territorio caraqueño. Muy poco bagaje para un país de casi 30 millones de habitantes y una capital que en su máxima extensión ronda los 8 millones.

Pero tampoco es cuestión de irse al otro extremo. La debilidad de las protestas no es, ni mucho menos, indicación ni prueba de nada, sino apenas uno de los muchos vectores que componen la complejísima situación de este país. Porque aunque muchos no protesten, no quiere decir que estén conformes.

Insostenible e ¿irreversible?

Se siente en los comentarios desde que uno entra al país. ¿Panamá?, preguntan –con mayor o menor sutilidad– desde taxistas hasta empleados gubernamentales, “¿cómo está la cosa por allá? ¿Hay trabajo?”. En Venezuela, al día de hoy, se siente un ambiente distinto al de hace un año. Parafraseando a Shakespeare, algo huele a podrido por estos lares: la violencia y la criminalidad se cobran más vidas que muchas guerras y conflictos actuales, y el desabastecimiento y la escasez son realidades ya imposibles de maquillar. Todo, a su vez, alimentado por una irracionalidad económica que tiene al dólar superando los 80 bolívares en el mercado negro, lo que convierte a Caracas en la ciudad más cara y más barata del mundo al mismo tiempo.

Ninguna de estas cosas es nueva, pero sí su nivel de gravedad. Y la falta de esperanza. Hubo un tiempo –no muy lejano– en el que era posible defender el statu quo venezolano con toda clase de argumentos y excusas. Ahora no: lo insostenible de la situación es solo igualado por lo invisible que aparenta ser para aquellos que –paradójicamente– se han encaramado en una torre de marfil en nombre del pueblo.

Hay quien piensa, además, que los venezolanos no se pueden quedar de brazos cruzados, esperando a que la torre de jenga caiga en cualquier momento. Ayer estaban concentrados en el parque Cristal, en la zona este de la ciudad. Entre 5 mil y 10 mil personas, mayoritariamente vestidas de blanco, se reunieron bajo el sol a expresar su descontento. El setting era característico: de frente a la tarima –donde, además de los oradores, se aglutinaban los periodistas–, dos altos edificios acristalados tapaban parcialmente la vista de El Ávila, el emblemático cerro de los caraqueños.

Prometedoras, por ahora

La zona de la ciudad, el perfil socioeconómico de los asistentes y la vaguedad de sus discursos –el gobierno, corrupto, dictatorial, ineficiente y controlado desde La Habana, tiene que caer a como dé lugar– podrían conducir a una conclusión errada. Sí, la última erupción de descontento ciudadano tiene mucho en común con todas las de los últimos 15 años, pero a la vez tiene ciertas cosas que la hacen distinta y prometedora, aunque aún no (realmente) poderosa. Esto último, que es lo que importa al final, solo llegará cuando los dilemas más profundos de la oposición –que se debaten en tarimas como la del parque Cristal, en el vibrante ciberespacio venezolano y en las oficinas de las distintas fracciones opositoras– puedan ser resueltos.

Las protestas de los últimos días son prometedoras por una sencilla razón: en el centro de ellas están los estudiantes. Y los estudiantes, bien lo sabemos en Panamá, juegan un rol muy particular en el balance político de un país. Por un lado, como decía el expresidente Caldera, “son el gallo que canta en la madrugada de la libertad”. Por otro, un poco más aterrizado, son un sector demográfico que, además de representar lo mejor que tiene el país para ofrecer, arrastra consigo a familiares y muchos otros, inspirados por el idealismo y la valentía que se le atribuye.

Finalmente, el término estudiante no entiende de divisiones raciales, políticas o económicas. Cuando la juventud ilustrada –o en camino a ilustrarse– de un país protesta con tanta virulencia es porque algo muy adentro está fallando. O ha fallado por completo.

La rebelión estudiantil venezolana tiene, además, un componente muy significativo: los muchachos que muestran su insatisfacción deberían ser el orgullo de la “revolución bolivariana”. Ninguno vivió, como adulto, la denostada Cuarta República. Ninguno pudo analizar sesudamente los hechos de abril de 2002. Estos muchachos se desarrollaron en revolución, en la Venezuela socialista del siglo XXI, y ahora se rebelan contra ella. Pocas cosas podrían ser más simbólicas hoy en este país.

Los mil debates

Los símbolos, sin embargo, valen poco por sí solos. Y en esas se encuentra este feto rebelde, debatiéndose entre la historia y el olvido. Mucho dependerá, por supuesto, del resto de la sociedad, y concretamente del sector opositor. En este momento los debates son muchos, y empiezan por el corazón de las protestas actuales: ¿debemos denunciar cosas concretas –como la liberación de los estudiantes presos o el desarme de los colectivos armados– o exigir la caída del gobierno? Muchos intentan convencer a sus copartidarios de dejar sus sentimientos a un lado y concentrarse en pequeños cambios. Después de todo, alegan, tumbar a un gobierno no sienta un precedente muy democrático o constitucional. Pero el hartazgo y la rabia no entienden de razonamientos, y los eslóganes de las concentraciones siempre acaban en la retórica antigobierno que pocos resultados ha dado.

Luego está el timing, e incluso lo oportuno de las protestas en sí: ¿debemos salir a la calle ahora, cuando al gobierno le quedan cinco años en el poder y no hay ninguna elección cerca? ¿O debemos evitar la confrontación e ir, como dice Henrique Capriles, “ganándonos el corazón de todos los venezolanos”? Aquí, el debate es incluso más intenso, porque vive en la intersección de la sabiduría política y la sabiduría a secas. Al protestar –y terminar en confrontaciones que sirven principalmente para inflamar pasiones de otros opositores y de simpatizantes en otros países–, se desvía la atención de los verdaderos problemas del país. Además, se ayuda a justificar una represión hecha en nombre de la seguridad nacional. Lo mejor sería, piensa un sector, esperar y dejar que esto implosione solo.

Esta posición, sin embargo, no satisface a los que sufren la escasez y la violencia. Primero, alegan, a los carajitos (estudiantes) no se les puede abandonar: aunque sea por eso hay que estar en la calle. Los más radicales lo llevan aún más lejos: con una dictadura no se puede dialogar. Una dictadura que, encima, no está compuesta por hermanos –como decía alguien hoy en parque Cristal–, sino “por hermanos que obedecen a extranjeros (cubanos)”. Lo de esperar la implosión, finalmente, suena a inocencia en el peor de los casos –ahí está Cuba– y a cobardía en el peor.

Estos apasionados debates –incluso hay quien discute si se debe cantar o no en las marchas–, vistos en perspectiva, muestran dos caras bien distintas del momento político que vive la oposición de Venezuela. La cara bonita habla de pluralidad, de la vitalidad del debate centrado en un mismo propósito y en unos mismos ideales. La oposición venezolana está más viva que nunca, y su poliédrica naturaleza habla de un progresivo crecimiento transversal en la sociedad. ¿Qué puede haber más democrático que eso?

Leo y Henrique

La cara dura habla de un sector político que, tras 15 años, no consigue aglutinar el descontento en una figura, una idea, una propuesta de país. Al día de hoy la estrella del momento se llama Leopoldo López, líder del partido Voluntad Popular (AP) y cara visible de la postura táctica del “aquí y ahora”. La orden de arresto emitida recientemente contra él no ha hecho más que acrecentar su figura, y tras unos días “fugitivo” –pobre inteligencia venezolana–, apareció anoche en un video a lo Bin Laden para emoción de sus seguidores y esperanza de quienes pensaban que abandonaba la lucha. En él, López anunció una gran marcha para mañana, en la que “dará la cara” llevando una serie de peticiones al Ministerio de Justicia. Leopoldo parece haberse decidido a cruzar su Rubicón: al “dar la cara” no solo forzará su arresto –y el inicio de su posible martirio–, sino que llevará las protestas al centro de Caracas, territorio comanche para la oposición.

En la otra esquina, por supuesto, se halla Henrique Capriles. El otrora golden boy opositor, que aboga por la no confrontación y cuyos seguidores –aunque no lo admitan– no acuden a las marchas de VP, ha sufrido –a ojos de muchos– un duro golpe del que quizá no se recupere. Ayer, mientras “llamaba a protestas” en la salita de prensa de su centro en Bello Monte, miles escuchaban a María Corina Machado –la “mano derecha” de López– en parque Cristal. La alfombra que sostuvo a Capriles por mucho tiempo se desliza bajo sus pies, quizá inexorablemente.

Todo esto, naturalmente, también forma parte del debate. Hay quien cree que es bueno que haya varios líderes, varios focos, varios métodos. Aglutinarlo todo en una figura carismática es, al fin y al cabo, sembrar la semilla de otro Chávez.

Hay incluso quien excusa la situación diciendo que “los venezolanos somos así”. Pero la historia no parece sugerir que los desórdenes estratégicos y las multicefalias políticas sirvan para lograr objetivos. Y mucho menos unos tan ambiciosos como los que persigue la oposición venezolana.

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