HISTORIA. Los reporteros de los años 80.

Un periodismo de adrenalina

Dos reporteras panameñas recuerdan cómo se hacía periodismo en medio de la dictadura militar que encabezó Manuel Antonio Noriega.

Con el retorno del exdictador Manuel Antonio Noriega a la patria, muchos recuerdos vuelven a la memoria de aquellos que tenían como profesión informar a la comunidad, durante aquellos días aciagos en que la tiranía se sentía dueña de vidas y haciendas.

Fue en la década de 1980 cuando surgió La Prensa, bajo el imperativo de luchar por recobrar la democracia perdida, las libertades conculcadas y despertar conciencia en el pueblo.

Protagonistas de esa época agitada fueron los periodistas de La Prensa, quienes hicieron su elección de trabajar en un periódico naciente, libre, y con el norte de informar la verdad en la lucha contra la tiranía.

Flor y Lissette

Flor Quintero acababa de concluir su licenciatura en la Universidad de Panamá y Lissette Carrasco andaba en las mismas. Como dicen en el mundo de los toros, tomaron “la alternativa” de trabajar en un medio escrito opositor, de “rabiblancos” como decían despectivamente en el gobierno de entonces, pero que sabían que no le harían los mandados a la dictadura.

¿Por qué escogieron venir aquí y no se fueron a Editora Renovación o a La Estrella de Panamá? Carrasco recuerda muy bien que pocos eran los profesores que hablaban con franqueza de la represión que había. Uno de ellos era Milciades Ortiz, el sociólogo y periodista, que les abría los ojos a sus alumnos sobre el régimen militar y de la necesidad de formarse un visión crítica e informar la verdad al pueblo. Quintero, por su lado, recordó con desazón cómo uno de sus docentes universitarios, un intelectual de valía, se retractó por temor de las declaraciones que le había dado sobre malas actuaciones del gobierno cuando fueron publicadas.

Agresiones

La tarea de informar era difícil. No solo tenían en su contra el cierre de las fuentes institucionales, judiciales y militares, sino la discriminación de sus colegas de otros medios afines al gobierno.

Quintero recuerda bien el incidente con las activistas de la extinta Fenamude (Federación Nacional de Mujeres Democráticas), una tropa de choque que defendía la “revolución torrijista”. Una vez intentó acercarse al presidente Eric Delvalle para entrevistarle y un “muro” femenino se lo impidió al coro de “¡Abajo la seducción!” (por decir “¡Abajo la sedición!”).

Carrasco también recuerda aquella tarde en que los panameñistas convocaron a un cabildo abierto en la plaza de la Independencia, y estando en el balcón del desaparecido Instituto Istmeño, policías de civil subieron para bajarlos a ella y al fotógrafo Aurelio Jiménez, a golpes y patadas por estar cubriendo el acto.

Alto riesgo

Pero ambas vivían la adrenalina de la noticia. Su cobertura era riesgosa, pero sentían que era su misión y los gajes del oficio, lo cual les impulsaba, incluso, a arriesgarse y colarse en el cumpleaños de Noriega para sacar una primicia, a como diera lugar.

En su memoria, Quintero también recuerda los 11 días que vivió en la clandestinidad porque se giró orden de arresto por haber publicado que las finanzas del país estaban en rojo, lo que irritó al presidente Delvalle. Solo una fianza de excarcelación la salvó de ir a la cárcel.

Anécdotas imposibles de olvidar

Flor Quintero nunca ha olvidado aquel 28 de septiembre de 1985, cuando el coronel Roberto Díaz Herrera obligó al presidente Nicolás Ardito Barletta a renunciar. “Recuerdo muy bien que solo quedamos Lissette y yo trabajando en la redacción. Los varones no estaban, y mientras yo esperaba a que Ardito Barletta dijera lo que había pasado, Lissette aguardaba en la redacción para el cierre.

Ese día regresé a las 6:00 a.m. de la cobertura, cansada, pero el diario logró informar de la renuncia de Barletta. Fue una edición que hubo que repetirla tres veces por la trascendencia de la noticia”. Algo similar vivió Lissette, cuando al coronel Elías Castillo Figueroa se le escapó revelar que a Noriega lo estaban amenazando los capos colombianos de la droga por lo que había pasado con el laboratorio de Darién. No obstante, entre el miedo y la verdad prefirió decirlo, lo que pudo haberle costado la vida.

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