[CARTA A UN CIUDADANO AMERICANO]

Ahora, es importante no sucumbir al miedo

¿Por qué es importante no sucumbir al miedo? Porque la respuesta al miedo es la locura, la represión, el fin de las libertades individuales, el advenimiento de los caudillos.
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En 2002 la revista británica Granta publicó una edición titulada “Lo que pensamos de América”. La idea era recopilar textos postseptiembre 11 sobre la diferencia entre la manera cómo los estadounidenses se ven a sí mismos y cómo los vemos los demás. Esa brecha, mejor entendida, no explicaría el origen de los ataques a las torres gemelas o el odio expresado en las calles de Oriente Medio esa noche, pero quizá serviría para construir puentes entre Estados Unidos y el resto del mundo, en particular el mundo musulmán, hacia el futuro.

Aquí estamos, 12 años después de ese ataque y Boston se estremece con uno nuevo, más pequeño, igual de cruel, pero difícil de explicar.

De inmediato ingresar a Estados Unidos vuelve a ser un infierno: largas colas en inmigración, y esperas de dos o tres horas. Las caras de los funcionarios de Homeland Security expresan desconfianza y a veces desagrado. La primera potencia mundial tiene miedo: es momento de preocuparse.

Uno de los más grandes retos del mundo moderno es cómo no sucumbir al miedo. Los hechos de violencia, amplificados por la velocidad de los medios de comunicación y las redes sociales, se han convertido en gigantescas puestas en escena, ideales para los terroristas. Ellos buscan generar terror. La primicia y su desarrollo multiplican el terror.

¿Por qué es importante no sucumbir al miedo? Porque la respuesta al miedo es la locura, la represión, el fin de las libertades individuales, el advenimiento de los caudillos. En el miedo nos esperan los mesiánicos con sus ideas radicales.

Varios ejemplos ilustran el punto. Septiembre 11 llevó a que Estados Unidos (EU) iniciara dos guerras, una en Afganistán, la otra en Irak. La primera, se puede argumentar, tenía relación con Al Qaeda. La segunda, ninguna. Un país devastado, trillones de dólares malgastados, miles de vidas perdidas. Hoy son el país más odiado en Irak.

En Colombia se logró reducir a la guerrilla de las FARC a su mínima expresión. Se hizo con apoyo de EU, empezando en el gobierno de Andrés Pastrana con el Plan Colombia, siguiendo con el gobierno de Álvaro Uribe que duró ocho años y continuando con el presente de Juan Manuel Santos, que lleva casi tres. Sin embargo, las fuerzas políticas de extrema derecha acuden, con frecuencia, a amplificar la capacidad estratégica y táctica de las FARC, para generar miedo. Y con ello, poder tomar el poder. Vaya paradoja: la derecha haciéndole propaganda a la guerrilla para generar miedo y pescar en ese río revuelto.

En Venezuela, un teniente coronel golpista gobernó durante casi 14 años sembrando miedo y odio entre la población. Miedo de golpes militares y civiles. Miedo al regreso a un pasado oligárquico, mientras sus segundos se enriquecían con el petróleo venezolano. Su sucesor, elegido de manera probablemente fraudulenta, con ventajismo estatal y una autoridad electoral dominada 4 a 1 por el chavismo, amenaza ahora a la oposición que sacó en las cifras oficiales el 49% de los votos y los llama “asesinos” y “golpistas”. Su discurso genera miedo. La población, aterrada, apoya sus medidas de fuerza.

Hitler usó el mismo expediente. Al llegar al cargo de canciller del Reichstag, en 1933, no contaba con mayoría alguna. En un año logró prohibir la actividad de sus adversarios políticos y en una purga interna, la Operación Colibrí, luego llamada la “Noche de los cuchillos largos”, aplastó un supuesto golpe mediante asesinatos políticos, juicios sumarios y ejecuciones arbitrarias. Centenares de personas murieron (la cifra oficial fue 85) y miles detenidos. En Venezuela no se sabe cuántos muertos van, pero ya hay centenares de detenidos, incluyendo oficiales del ejército. Los dirigentes de oposición se enfrentarán a ataques similares. Y como en el 33, ante el silencio de los países civilizados.

En Estados Unidos el miedo es con frecuencia el mayor determinante de la política. Los republicanos, ha dicho varias veces Thomas Friedman, representan los temores de Estados Unidos. Por eso su respuesta suele ser la guerra, la fuerza militar, el cierre de fronteras, el aislacionismo. Los demócratas, dice el mismo autor, representan las esperanzas de Estados Unidos. En esa medida su lenguaje es el de los derechos humanos, la cooperación internacional, el apoyo a los vecinos y su participación en el mundo.

Uno de los mejores discursos que ha pronunciado el presidente Obama fue el de El Cairo en junio de 2009. Allí dijo: “Así como Estados Unidos nunca tolerará la violencia de los extremistas, no debemos alterar nuestros principios. 9/11 fue un enorme trauma para nuestro país. Es comprensible que este hecho haya provocado miedo y rabia, pero en algunos casos nos llevó a actuar en contra de nuestros ideales. Estamos tomando acciones concretas para cambiar el curso”. Ha regresado el miedo. ¿Qué curso seguirá Obama?

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