[NACIONALISMO]

Amenazas y chantajes

Cataluña tiene razones para reivindicar mejoras en sus relaciones con el Estado. Es la comunidad más productiva, pero de los impuestos que paga a Madrid solo revierte la mitad.

El mundo es lo suficientemente ancho para que el hombre haya tenido la necesidad de parcelarlo. La división viene condicionada por el sentido de pertenencia al lugar donde se nace y se vive y con cuyos coterráneos se comparte lengua, costumbre, historia e incluso modo de ser. Pertenecer a un pueblo es, en primera instancia, una fase emocional. Amamos el territorio propio porque nos cobija, porque es el mundo que conocemos, porque nos gusta, porque no nos gusta y nos duele, porque es el marco donde transcurrió nuestra infancia –etapa a la que varios poetas atribuyen la esencia de la patria– o por el contrario, podemos sentir un desapego rayano, la mayoría de las veces, en el esnobismo.

El sentido de pertenencia, por tanto, no tiene su origen en la organización jerárquica o política, posterior a la fase emocional e inevitable para implantar un cierto orden, sujeto, por cierto, al azar y escrito al fragor de la historia.

La nostalgia que se produce cuando abandonamos el terruño no añora la jerarquía que sustenta ese orden. Ni los políticos, ni el alcalde del pueblo ni el cura que nos enseñó el catecismo, si se dio el caso, son elementos que se recuerden. Lo que se echa en falta son los olores y sabores, el color de la tierra y del vino, la luz del cielo, el clima, los rincones vividos y los afectos, recubierto todo ello de una espesa capa de subjetivismo y una buena dosis de idealismo. Si Ricardo Miró desdeñaba el sonido de las campanas catalanas no era porque sonaran peor que las panameñas, digo yo, sino que estas eran las suyas, y contra ese argumento no hay razón posible que sirva de contrapeso.

Siendo el nacionalismo un sentimiento primario y genuino en el hombre no puede, por tanto, ser perjudicial, sino que se convierte, en el mejor de los casos, en motor de trabajo en pro del bienestar común. El problema está cuando los políticos se erigen en sus dueños, lo retuercen, lo manipulan y empujan a los pueblos a situaciones descabelladas. Sobran los ejemplos a lo largo de la historia, y mi generación en concreto quedó curada de espanto con el nacionalismo franquista. Cuando salimos al mundo y comprobamos que ni éramos los mejores ni teníamos un destino en lo universal, sino que éramos pobres y atrasados, el descubrimiento fue devastador. Y es que el nacionalismo político, lejos de incluir, excluye, y nada bueno sale de la exclusión.

Viene esto a propósito de la supuesta independencia que reclama Artur Mas para Cataluña, una región contra la que no siento animadversión alguna sino respeto por su vocación mediterránea, su idioma y la forma de ser de los catalanes, tan válida como cualquier otra y no exenta de valores. Además, me gusta. Lo único que tengo que objetar es eso, precisamente, que el nacionalismo político de Mas excluye a Cataluña de España y a España de Cataluña y ahonda los resquemores con argumentos que no son otra cosa que la tergiversación del genuino nacionalismo emocional de un pueblo y su consecuente manipulación.

Cataluña tiene sus razones para reivindicar mejoras en lo que concierne a sus relaciones con el Estado central. No olvidemos que aparte de cabos sueltos que quedan por concretar del estatuto, es la comunidad autonómica más productiva, y que de los impuestos que paga a Madrid, solo revierten la mitad. En nombre de la solidaridad entre comunidades, dicen, pero es que el País Vasco y Navarra, por ejemplo, manejan sus propios tributos. Conquistas y pactos logrados, vale, pero desigualdad a troche y moche entre las distintas autonomías.

El objetivo de Artur Mas no es en realidad la independencia, aunque amenace con ella y sume apoyos de los que la creen viable: un chantaje a todas luces. El objetivo es negociar más soberanía y mejores condiciones financieras ejerciendo una presión insoportable. Rajoy le baila el agua pero terminará por ceder. Y pasará a la historia como el hombre que evitó la separación de Cataluña. Y todos los españoles, incluidos los catalanes, contentos. Chantajeados por uno y engañados por el otro, pero contentos.

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