[SALUD]

Dolores de cabeza

Hace cosa de 30 años, mientras volvía de la facultad de Letras de mi universidad camino hacia casa, allá en Mallorca, mi mundo se desplomó. Me desapareció el contenido de la parte izquierda del campo visual, que quedó borroso, casi a oscuras, y bordeado por una especie de cenefa de estrellas.

El susto que me di fue de tal calibre que, en vez de aparcar el coche como habría hecho cualquier persona sensata me fui a toda velocidad hasta el hospital y allí dije que me iba a quedar hasta que me viese un oculista. Mientras esperaba, iba haciéndome a lo peor: accidente vascular; ceguera inminente; final, en el mejor de los casos, de mi carrera académica.

Mis alumnos no tuvieron tanta suerte. Cuando le conté al médico mis penas, se echó a reír. Al ver la cara que puse ante tanta frivolidad en momentos penosos, me tranquilizó: se trataba de los síntomas clásicos de la primera fase de la jaqueca que vienen en los libros de texto. Del aura. La constricción de los vasos sanguíneos lleva a “ver las estrellas”, que es la expresión coloquial asociada al aura de las migrañas, un anticipo de lo que llega luego, en la vasodilatación, aplicable a cualquier otro dolor intenso.

Los calmantes consiguen aliviar las penas de las migrañas, con auras o sin ellas, pero no en todo los casos ni en idéntica medida. Algunas personas sufren un acoso tan feroz de esa clase de dolor de cabeza que, durante los ataques, son incapaces de hacer cualquier cosa que no sea huir de los estímulos sensoriales; la oscuridad y el silencio son sus únicos refugios. Le sucedía a Alberto Saoner, el mejor profesor que jamás hubo en mi facultad, y también le pasa a Cristina, mi mujer. Se trata de un golpe imprevisible –aunque el estrés y la falta de sueño sirven de invocación al diablo– cuyo transcurso tampoco puede anticiparse.

Habida cuenta de lo común que es el mal, y de lo grave de sus consecuencias, cabría pensar que la ciencia médica lo sabe todo de las migrañas. Pero no.

La revista Nature Genetics ha publicado un trabajo de Tobias Freilinger, neurólogo de la universidad de Munich (Alemania) al frente de un extenso equipo de colaboradores entre los que se encuentran dos investigadoras del hospital Vall d´Hebron de Barcelona, en el que por primera vez se indica el locus preciso de una variante genética común entre quienes padecen de jaquecas; aunque, ¡ay!, en la versión sin aura. Me llamó la atención, al leerlo, el escaso conocimiento que se tiene de las raíces hereditarias de una enfermedad que llevó por el camino de la amargura a Julio César y Napoleón pero también de Cervantes y Van Gogh, por no hablar del 12% de la población actual amenazado por las migrañas.

Tengo la suerte de no estar entre ese porcentaje de reos del dolor de cabeza intenso; lo mío debió ser un aviso de la providencia al que, por supuesto, no hice caso. A lo único que me llevó es a interesarme por los trabajos experimentales acerca de las jaquecas crónicas. Apenas los entiendo pero ya he averiguado una cosa: tengo muchísima suerte, ya digo, por haber visto las estrellas solo una vez.

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