[SURAMÉRICA]

Emboscadas de la integración

El verdadero objetivo de Unasur es una integración ´política´ que condicione las decisiones soberanas de sus miembros a la presión de la mayoría dominante.

El simpático Luiz Inácio Lula da Silva, ícono de las camaleónicas izquierdas del siglo XXI, llegó en el avión privado de Odebrecht, reina de las constructoras brasileñas. Compartió una cena íntima con la pareja gobernante en Palacio, donde sus consejos deben haber sido el mejor postre para sus inexpertos anfitriones. Después acompañó al Presidente a inaugurar un importante encuentro empresarial peruano-brasileño.

Los dos discursos fueron significativos y evidenciaron que “la integración” en las Américas se ha convertido en un revoltijo: Unasur, Celac, Mercosur, Alba y Petrocaribe son acrónimos que coexisten con los de OEA, ALCA, SELA, Aladi, Olade, Comunidad Andina, SICA, Caricom, entre otras siglas sobrevivientes de la vieja ola latinoamericana.

Lula se vanaglorió del homicidio del proyecto de integración económica más ambicioso: el ALCA, un acuerdo continental de libre comercio que incluía a Estados Unidos (EU) y Canadá. Señaló a sus cómplices –Hugo Chávez y Néstor Kirchner– y el escenario del crimen: la Cumbre de las Américas en Mar del Plata (2005). Pero no confesó que su objetivo real era desviar el comercio mediante acuerdos para asegurar el predominio político y económico, con el noble pretexto de salvarnos del neocolonialismo yanqui.

Afirmó que Suramérica es la prioridad de Brasil porque no habrá integración latinoamericana mientras México tenga una relación económica tan intensa con EU. Unasur es, pues, la primera línea del ejército popular de liberación contra lo que el Alba llama “el imperio”. La operación revolucionaria consiste en manipular el intercambio para ponerlo al servicio de la política (no de los intereses de consumidores y productores, como debe ser). Ollanta Humala respondió bien al destacar la Alianza del Pacífico, que hasta en Brasil se presenta como la nueva estrella de la integración, comparándola a sistemas proteccionistas colapsados como Mercosur, o minimizados, como la Comunidad Andina.

Antes de la visita de Lula, Evo Morales, Nicolás Maduro y Daniel Ortega rugieron como fieras porque Colombia quiere cooperar con la OTAN. Evo exigió convocar una reunión urgente de Unasur para frenar a Juan Manuel Santos. Aunque las aclaraciones colombianas desinflaron el griterío, Bolivia ha insistido formalmente en la convocatoria.

Este incidente evidencia que el verdadero objetivo de Unasur es una integración “política” que condicione las decisiones soberanas de sus miembros a la presión de la mayoría dominante. Perú, Colombia y Chile se encuentran en una situación claramente minoritaria frente a la visión chavistoide que se pretende imponer en casi todos los campos del quehacer nacional.

Es una situación que seguramente no anticiparon quienes negociaron el Tratado Constitutivo de ese engendro sudamericano que ha crecido al ritmo cardiaco del bolivarianismo, empeñado ahora en llevar a Lula a la Secretaría General de Unasur (Correa acaba de lanzar su candidatura en Quito); una posición clave para consolidar a la Celac, “comunidad” latinoamericana que se ha entregado al cuidado de Raúl Castro, el monárquico dictador de Cuba.

No soslayemos la realidad. Cada día es más urgente resistir y acotar los avances de estas estructuras opresivas, ejerciendo el derecho a decir “no”, a desmarcarse y a evitar consensos que no convengan al interés nacional. Al mismo tiempo, es vital mantener el criterio de afinidad en un sistema de integración económica exitoso como la Alianza del Pacífico, bloqueando la penetración de caballos de Troya, grandes o pequeños. La integración será más fuerte entre aquellos que buscan objetivos convergentes y coinciden en la idoneidad de los medios para conseguirlos, especialmente si están convencidos de que la democracia es una suma recíprocamente enriquecedora de la libertad política y la libertad económica, garantizadas por el imperio del estado de derecho.

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