[INVESTIGACIONES]

Evolución del cerebro humano

La edición electrónica de revistas ha alcanzado ya semejante madurez que una de esas publicaciones, PLoS Biology, recibe manuscritos antes reservados a Nature, Science o los Proceedings for the National Academy of Sciences.

Buena prueba de ello es que el equipo del Max Planck Institute of Anthropology de Leipzig (Alemania), dirigido por Svante Pääbo, ha elegido PLoS Biology para comunicar el hallazgo de lo que puede ser uno de los mecanismos más importantes en la evolución del cerebro humano. Como hace décadas que se sospecha, serían los cambios en los genes reguladores los que impusieron el cerebro tan particular que poseemos los seres de nuestra especie.

Pues bien, el equipo encabezado por Mehmet Somel, perteneciente al Max Planck y al Key Laboratory of Computational Biology de Shanghai (China), ha realizado experimentos de análisis de la expresión de RNA en el cerebro de humanos, chimpancés y macacos a lo largo de la vida de los sujetos. Mientras que los cambios simples, atribuibles a mutaciones en los elementos reguladores-cis, son equivalentes en las tres especies, la nuestra cuenta con pautas distintas tanto en tiempo como en forma por lo que se refiere a los genes de desarrollo. La diferencia es en particular importante en el cortex prefrontal (dos veces más grande que en el cerebelo), con miR-92a,miR-454, y miR-320b como posibles reguladores micro-RNA del desarrollo neuronal específico en el caso humano.

Un puñado de elementos genéticos puede haber sido, pues, el responsable de los cambios tan rápidos como dramáticos que han conducido hacia un cerebro que no solo es el más grande entre todos los primates sino que ha acumulado cambios notorios en el córtex prefrontal y parietal.

Esa historia evolutiva puede tener solo 200 mil años, un suspiro si se habla en términos paleontológicos. Cuando las técnicas de recuperación de material genético fósil lo permitan, será factible comprobar hasta qué punto las características de los humanos actuales estaban ya presentes en los primeros Homo sapiens que, en lugares como Sudáfrica, dejaron huella de sus prácticas.

Entretanto que contamos con esas evidencias, cabe suponer que las mentes capaces de utilizar conchas perforadas y pigmentos de ocre con fines decorativos en las cuevas cercanas al cabo de Buena Esperanza eran ya equivalentes a las nuestras de ahora. Pero los avances arqueológicos han puesto de manifiesto que esas tareas simbólicas también estaban al alcance de los neandertales.

Siendo así, la frontera que Somel y colaboradores han situado frente a los chimpancés no sabemos si incluye o no a nuestros hermanos más próximos dentro del linaje humano. De momento, los genes reguladores de los neandertales no forman parte de lo que somos capaces de recuperar. Quién sabe si algún día será posible. Pero hace una década nadie apostaba por que se pudiese encontrar actividad cerebral relacionada con la estética y eso ya se ha logrado.

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