[EN LA CORTA DISTANCIA]

Guadalajara en un llano

Un poeta dijo que la patria eran los amigos, porque a la familia uno no la escoge, le viene dada por la vida, pero a los amigos los hacemos nuestros.

El lobby central del Hilton, frente por frente del recinto de la FIL (Feria Internacional del Libro), en Guadalajara, es un hervidero de escritores y personalidades de todo género. Los abrazos se repiten cada segundo entre escritores de élite de la lengua española que se ven de cuando en vez. Aquí tomamos tequila y sangría, caminamos entre libros, criticamos a otros escritores y nos divertimos de lo lindo: como si no fuéramos escritores.

A una distancia razonable del jolgorio, una noche de estas que he pasado aquí entre placeres sobrenaturales asistí como uno de los grandes invitados a una cata de tequila.

Un espectáculo sensacional. Fue en La Tequila, había anochecido y las horas amarillas se habían marchado del día con un sabor benéfico de felicidad. En ese estado eufórico, el maestro tequilero Marlon Zamudio nos presentó variados tequilas, el licor divino extraído del agave. El maestro Zamudio nos explicó, con todo género de detalles, las características de los tequilas, blanco, añejo, añejadísimo, cosechas, sabores, olores, sensibilidades, lugares mágicos de los sentidos humanos y prueba evidente de la inteligencia del hombre y la mujer mexicanos para llegar a descubrir este licor de dioses.

La noche iba avanzando entre el placer de la palabra y la lenta, pero sabrosa degustación de los tequilas. Uno, dos, tres sorbos de tequilas maravillosos. Un par de frases exclamativas ponderando al agua sagrada. Un inciso para hablar un ratito del peyote, la droga (es decir, la medicina) de los Tarahumara, norte de México, que Artaud describió, con todo tipo de ritual en el libro del mismo nombre que espero que todos ustedes hayan leído ya. Si no, ¿a qué esperan?

Más tequilas, un poco de sangría. Carcajadas y comentarios de amistad y placer por la vida. ¡Pónganse en mi lugar, por favor, y envídienme! Un viejo poeta, no recuerdo el nombre (o no quiero ahora), dijo una vez que la patria eran los amigos, porque a la familia uno no la escoge, le viene dada por la vida, pero a los amigos los escogemos a lo largo de la vida, los hacemos nuestros y ya no podemos prescindir jamás de su memoria y su presencia. Dije eso en medio de sabores tequileños: que mis amigos son mi patria, y más nada.

Después le agradecí a Marlon Zamudio el ritual y la espectacular explicación que nos dio de la ciencia del tequila. Un gran momento. Dije que había asistido en La Habana, un par de veces a catas de ron y de tabacos y que ahora estaba recordando en estos jaliscieneses en Guadalajara aquellos momentos cubanos tan inolvidables que regresan a mi memoria cada día. Había, sentadas a mi lado, dos jovencitas bellísimas que podían ser mis biznietas y cuyos ojos papaítos me miraban con desgana: como si, en efecto, su bisabuelo tomara la palabra para contar una batalla de tiempos desaparecidos. Yo les dije una vez más que no se preocuparan por mí, que yo sabía desde hace tiempo que para las mujeres de ojos tan hermosos y de miradas tan exquisitamente profundas yo soy el hombre invisible. Puedo lanzarme en pelota desde la torre Latinoamericana del Distrito Federal que ninguna mujer menor de 100 años se va a sentir sobrecogida. Tuve, eso sí, otros tiempos mejores, en los que parece que fui más resultón que en estos últimos años en los que mi existencia se ha vuelto veloz.

Regresé al lobby del Hilton y me tropecé nada más y nada menos que con Lucho Gatica, a quien le impusieron la Orden de Neruda en plena FIL. Le dije que yo era canario, africano, blanco, español, mitad venezolano, mitad cubano, o sea panameño. “¡Qué prodigio!”, me espetó el genio del bolero con su deje chileno. Nos sentamos a hablar y me habló de su gran amigo Carlos Eleta Almarán, el creador, según me dijo, de Historia de un amor. Fíjense que gran privilegio: cantamos a dúo, ¡Lucho Gatica y yo!, la Historia de un amor ante el asombro general del lobby del Hilton. Guadalajara entera se estremeció de emoción y melancolía.

¿Qué más quieren, la gloria? Eso es mucho. Entre abrazos con Hernán Lara Zabala, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez, entre tequilas, libros, conversaciones con Carlos Granés y Fernando Ampuero, carcajadas con Carlos Franz, críticas y más críticas con mis amigos de Guadalajara, divertidas conversaciones y actos líricos de verdadera trascendencia se nos pasó la felicidad de esta última semana, la misma que ahora en síntesis les traslado aquí a mis lectores, mis compinches, mis amigos. Porque, como dijo Faulkner en repetidas ocasiones, los verdaderos amigos de los escritores son sus lectores. Y esa, amigos míos, es la verdadera patria. Lo demás es industria, cuando no hay también alguna inmobiliaria de por medio...

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