[EL COMANDANTE DEMOCRÁTICO]

Huber Matos

Desde hace décadas, Huber vive en el exilio de Miami en una casa limpia y sin lujos en un barrio de clase trabajadora. Allí se instaló desde principios de los años 80 junto a su mujer.

Huber Matos acaba de cumplir 94 años. Sigue intelectualmente lúcido, y física y políticamente ágil y activo. Se trata del único comandante democrático vivo de la Sierra Maestra, de cuantos pelearon junto a Fidel Castro contra la dictadura de Batista. En 1959, en los primeros meses del triunfo revolucionario, su nombre estaba entre los jefes más queridos y respetados por el pueblo cubano. Fidel, antes de la fuga de Batista, le asignó la responsabilidad militar más importante de la lucha: tomar Santiago de Cuba, la segunda ciudad del país. Tras la victoria, lo dejó al frente de una de las seis provincias que entonces tenía Cuba. Huber era serio, responsable y buen organizador.

Además de Fidel y Raúl, solo quedan vivos, aunque también octogenarios, otros tres comandantes históricos: Ramiro Valdés, Guillermo García y Efigenio Ameijeiras, pero todos traicionaron los ideales democráticos que decían defender cuando convocaron a los cubanos a la lucha armada. Todos se plegaron a Moscú y forjaron o se sometieron a una dictadura totalitaria. Todos prometieron democracia y elecciones libres, pero crearon una larga tiranía comunista, cruel y empobrecedora.

La historia de Huber Matos está muy bien narrada por él mismo en un excelente libro de memorias, Cómo llegó la noche, publicado por la Editorial Tusquet en España. Ahí relata su procedencia humilde y sus estudios de magisterio hasta obtener un doctorado en Pedagogía y una cátedra como maestro de ciencias sociales.

En la obra, Huber da cuenta de su hondo compromiso con el rescate de las libertades y el restablecimiento de la democracia tras el golpe de Batista, y su incorporación a la guerrilla de Fidel para lograr ese objetivo. Relata la traición de Fidel, Raúl y el Che –principales artífices de la sovietización de la isla– y la condena a 20 años de cárcel que sufrió y cumplió íntegramente por el inexistente delito de renunciar a su grado de comandante y a la jefatura a la que lo habían destinado, mediante una carta privada a Fidel. Sencillamente, no estaba de acuerdo con que en Cuba se instaurara un sistema colectivista de partido único calcado del modelo soviético.

Desde hace décadas, Huber vive en el exilio de Miami en una casa limpia y sin lujos en un barrio de clase trabajadora. Allí se instaló desde principios de los años 80 junto a su mujer, la abnegada María Luisa, responsable de criar y educar a los hijos del matrimonio durante la larga prisión del esposo, tarea que llevó a cabo trabajando sin pausa como costurera. A ninguno de los dos les interesan los bienes materiales.

Sospecho que Huber mantiene su asombrosa vitalidad y su buen estado físico por una combinación entre los genes, los ejercicios y la dieta espartana. Dirige una organización política dentro de la isla que lucha pacíficamente por cambiar la realidad cubana. Numerosos de sus militantes son acosados, maltratados y, a veces, encarcelados. La organización se llama Cuba Independiente y Democrática, pero se conoce por su acrónimo, CID, palabra que evoca ciertas virtudes –valentía, lealtad, caballerosidad– que, justamente, se le atribuyen a Huber. El CID está bastante extendido por el país.

La biografía de Huber encapsula la trágica historia de Cuba. Como consecuencia del injustificado golpe militar de Batista, dado en marzo de 1952, se desarticula nuevamente la vida institucional del país (había ocurrido algo parecido 25 años antes), y el atentado, la guerrilla y el terrorismo vuelven a ser las vías preferidas para tratar de recuperar la democracia. Cuba vivía en clave de heroísmo.

En esa atmósfera enrarecida sobresale Fidel Castro, un abogado sin experiencia laboral, con antecedentes de matón juvenil y atributos de líder. Es quien convoca y arrastra al sacrificio a una buena parte de la juventud idealista. Estaba especialmente dotado para la violencia revolucionaria. Combinaba temerariamente una gran dosis de audacia y falta de escrúpulos, con unas elementales certezas ideológicas radicales, entreveradas con la urgencia psicológica de clavarse en la historia.

Creo que la lección que Huber y todos los cubanos hemos aprendido de esta terrible experiencia es muy clara. El patriotismo, bien entendido, no tiene su mejor expresión en las luchas heroicas por rescatar la democracia cuando se ha perdido –esas peligrosas y devastadoras revoluciones, incubadoras de desórdenes y fábricas de psicópatas–, sino en someterse al imperio de la ley, en respetar la institucionalidad, y en el callado cumplimiento de las responsabilidades cívicas y familiares, de manera que la libertad no se pierda nunca.

A sus 94 años –de los que lleva 60 ininterrumpidamente sacrificándose por su país– Huber Matos no ha renunciado a ver a su patria libre. Ojalá vea el final de esta trágica historia.

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