EL NUEVO PONTÍFICE

‘Ite, missa est’

A raíz de la elección del papa Francisco, las expectativas al respecto se han disparado. Y la verdad no sé por qué. Como tampoco tengo muy claro qué es lo que se espera de él.

Soy de la generación que hasta bien entrada la adolescencia escuchaba la misa en latín. Es más, respondíamos en latín a los breves diálogos entre el sacerdote y los fieles e incluso rezábamos en latín el Padre Nuestro y el Oremus. Está de más decir que, aprendidas las frases de memoria y de oídas (y eso que el misal ayudaba porque contenía la letra impresa) y sin saber el significado, los disparates eran mayúsculos, aunque la cosa mejoraba entre los que empezamos a estudiar la lengua de Cicerón a la temprana edad de 10 u 11 años, es decir, cuando entrábamos al bachiller. Por lo menos entendíamos la estructura de las frases gracias al estudio de los verbos y la declinación de nombres y adjetivos. El incipiente estudio permitía, además, bromas a veces subidas de tono, pues los chicos cambiaban aquello de in secula seculorum por in secula eyaculorum, mientras que las chicas, siempre más románticas, nos conformábamos con un regina amatorum, ora pro nobis.

Anécdotas aparte, le debo al latín mi amor por la gramática y la firme creencia de que la secuencia lógica del lenguaje obedece a la secuencia lógica del pensamiento, pero eso es harina de otro costal.

Con el Concilio Vaticano II, el sacerdote dejó de dar la espalda a la feligresía cuando oficiaba la misa, las lenguas vernáculas sustituyeron al latín y las iglesias se llenaron de canciones alegres y comprensibles para cualquiera. Los sacerdotes cambiaron la sotana por el clériman, las monjas aligeraron los hábitos o prescindieron de ellos y algunos y algunas se mezclaron con las gentes de los barrios pobres y marginados no tanto para llevar la palabra de Dios sino para convencerlos de que ellos eran también hijos de Dios. Los enormes conventos y monasterios pasaron a ser hitos turísticos y se vaciaron de religiosos que se agruparon en apartamentos más manejables y fáciles de calentar en invierno. La Iglesia católica se abrió a las otras creencias e incluso pidió perdón por viejas persecuciones y masacres. Y hasta ahí llegamos, porque el Vaticano no cambió. 

A raíz de la elección del papa Francisco, las expectativas al respecto se han disparado. Y la verdad no sé por qué. Como tampoco tengo muy claro qué es lo que se espera de él. De momento solo  tenemos unos detalles que hablan más de su forma de ser que de unos planes futuros de reforma en el vetusto Estado. Que haya elegido un anillo de plata en vez de uno de oro, que prescinda de los zapatos rojos, que haya cambiado el sillón dorado por uno blanco y que se mueva por la Plaza de San Pedro en automóvil descubierto y no en el blindado no son señales de grandes reformas, que por otra parte tampoco ha anunciado Jorge Mario Bergoglio. Primero tendría que limpiar la casa de intrigas, trapisondas y secretos, y después aminorar la pompa y el lujo que han hecho perder la fe a más de uno.

Ante la que se le avecina, Francisco, que parece que tiene inteligencia y humor, debe decirse aquello de “con la Iglesia hemos topado” por paradójico que resulte. Porque el Vaticano no es él ni siquiera esa Iglesia de los pobres que nos gusta, sino una trama con más tentáculos que el pulpo gigante de Verne.

Las expectativas son tan grandes (quizá porque la humanidad está sedienta de esperanza) que hasta los periodistas han perdido el norte. En un debate televisivo, la otra noche, le preguntaron a un provincial de los jesuitas, invitado al programa, si este Papa se abriría de tal modo que trataría temas tan candentes como el sacerdocio de las mujeres, el divorcio o el matrimonio entre homosexuales. El jesuita, que no perdió la compostura ni la sonrisa en ningún momento, aunque arqueaba de vez en cuando las cejas –lo que yo traduje por un “no saben ustedes de lo que están hablando”–, terminó por confesar y explicó que la labor del nuevo Papa será profundizar en la evangelización. Llevar la palabra de Cristo a los hombres. Es decir, lo mismo que en las catacumbas romanas.

Si es así, poco cambiará. Ite, missa est. La función ha terminado. 

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