[MOTIVACIONES]

Pecados capitales

Casi todos los seres humanos, aun los corrientes y normales, tenemos alguna pasión que es el motor que mueve nuestros días y nos salva de la rutina y la cotidianidad.

A raíz de la muerte del catalán Juanjo Garra en el Everest hace un par de semanas y la agonía de sus últimas horas, no puede uno por menos preguntarse cuáles son las motivaciones que llevan a algunas personas a realizar actos que entrañan riesgo de muerte.

Digo motivaciones y no objetivos, porque una cosa es arriesgar la vida con el fin de salvar la de otro o defender ideales (aunque de esto ya va quedando poco), y otra, satisfacer una pasión que no traspasa los límites de lo personal.

Pasión era lo que sentía Garra, un alpinista experimentado, por la montaña. Y la montaña, cuando Juanjo había logrado su noveno ocho mil –la meta anhelada– le pidió la vida como una amante exigente y posesiva. Tanto, que ante la imposibilidad de rescatar tan siquiera su cadáver, le servirá de tumba a cielo abierto. Con un tobillo roto cuando ya descendían, ni losesfuerzos de los compañeros y servicios de ayuda, y sobre todo del fiel sherpa que lo acompañaba, pudieron salvarlo. Algún día, supongo, se hará el reconocimiento que merecen estos guías (que toman el nombre del pueblo sherpa, oriundo de las montañas de Nepal), sin cuya pericia y sentido de la orientación, ningún montañero habría logrado hollar, como se dice en el argot de los alpinistas, cima alguna.

Pero volvamos a las pasiones. Casi todos los seres humanos, aun los corrientes y normales, que somos la mayoría, tenemos alguna: el motor que mueve nuestros días y nos salva de la rutina y la cotidianidad. Que sean constructivas o destructivas es otro asunto. Ocurre, sin embargo, que si bien nos permiten establecer determinadas aficiones e incluso prioridades, no pasan de ser eso, aficiones, y solo unos cuantos elegidos hacen de ellas su modo de vida e, incluso, si llega el caso, por ellas mueren.

Sin grandes apasionados el mundo no sería lo que es. No tendríamos escultores, ni pintores, ni músicos relevantes, ni actores de cine o de teatro, ni escritores, ni filántropos entregados ni líderes conductores de masas. Tampoco nadie batiría récords en deporte ni entregaría su cuerpo al Everest. Lo que me pregunto es de qué están hechos esos espíritus o mejor dicho esos organismos -dado que todo indica que la composición bioquímica de cada quien es la que determina nuestro temperamento e incluso nuestras emociones.

La respuesta no la tengo, evidentemente, porque pertenece al ámbito de la ciencia. El hecho es que los elegidos suelen alcanzar la gloria cuando conducen sus motivaciones al triunfo, y entonces hablamos de constancia, de trabajo y de mérito, que sin duda son necesarios para que el talento no se desperdicie, pero podíamos hablar también de fátum o destino y un punto de divina locura. ¿Pudo Leonardo ser menos que Leonardo, Picasso menos que Picasso o Gabo menos que Gabo? No, sin duda: su pasión era más fuerte que ellos mismos.

Mientras, los demás permanecemos en un gris y cómodo anonimato. Es sabido que de donde no hay no se puede sacar.

Esta composición bioquímica del ser humano, cuyo potencial está demostrado gracias a la evolución de la especie, puede aplicarse también a nuestro lado oscuro, es decir, a nuestros vicios, a los que la Santa Madre puso el nombre de pecados capitales. La pena es que genios hay pocos y los viciosos al parecer somos más.

Educada en la religión católica a cincel y martillo, fue un alivio para mí conocer la teoría de que esos pecados pueden tener también una base orgánica, y fue un elemento más de mi desapego por el afán católico de hacernos culpables incluso de las hormonas o el tamaño del cerebro. Por fortuna la lujuria ya no es lujuria sino compulsión sexual y tiene tratamiento, y quizá la gula no sea pecado sino ansiedad o provenga de algún desorden endocrino, yo qué sé. Y si nos tratan de perezosos, mejor nos hacemos una prueba de tiroides y otra de hemoglobina, no vaya a ser que lejos de ser pecadores, estemos enfermos.

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