[SALIDA PACÍFICA]

En la búsqueda de ´rebeldes buenos´

Obama debe preguntarse si, al contribuir indirectamente a la caída de Al Assad, está preparando el terreno para la fundación de un intolerante Estado donde reine la sharia o ley islámica.

Si el régimen sirio renunciara realmente a sus armas químicas, sería un acuerdo perfecto y un alivio para la mayoría de los actores de este conflicto: la cúpula rusa podría jactarse de haber evitado una intervención militar en Siria, mientras el presidente estadounidense, Barack Obama, renunciaría a un ataque que rechaza la mayoría de su opinión pública. Y también para el régimen de Bashar al Assad, la destrucción o entrega de sus armas químicas sería una salida, ya que seguiría utilizando en su lucha contra los rebeldes la artillería y misiles balísticos, como hizo hasta ahora.

Los únicos perdedores serían entonces los opositores y el Ejército Libre de Siria, que tenían la esperanza de que sus brigadas pudieran vencer a unas tropas del Gobierno debilitadas por el ataque de Washington. Y es que la propuesta rusa de que el Gobierno sirio entregue las armas químicas a cambio de evitar un ataque estadounidense, no aporta nada a la oposición siria, que sigue pensando que los crímenes de guerra deben castigarse.

“No basta con que los criminales simplemente entreguen sus armas”, criticó la Coalición Nacional siria. La oposición sabe perfectamente que la creciente orientación islamista y antidemocrática de muchas brigadas rebeldes es uno de los motivos principales de las dudas del Gobierno estadounidense. Pues Obama debe preguntarse si, al contribuir indirectamente a la caída de Al Assad, está preparando el terreno para la fundación de un intolerante Estado donde reine la sharia o ley islámica y donde no haya lugar para minorías étnicas y religiosas. La mayoría de miembros de la Coalición Nacional Siria, con sede en Estambul, intenta mitigar esa opinión. Afirman que la mayoría de los rebeldes son revolucionarios íntegros, que algunos de ellos se han revestido de una fachada islamista para satisfacer la tendencia ideológica de los donantes de los Estados del golfo, pero que de corazón siguen siendo demócratas, al igual que los combatientes del Ejército Libre de Siria, fundado por desertores y apoyado por la Coalición. Sin embargo, tampoco pueden garantizar que el adoctrinamiento por parte de grupos islamistas no tenga consecuencias a largo plazo.

“Cuando un comandante ni siquiera puede abastecer a sus combatientes que cada día son testigos de la muerte, cuando no puede conseguir las armas y munición que les permitiría desempeñar un papel importante en el campo de batalla y cuando se ve obligado a ver con frustración lo bien equipadas que están las brigadas islamistas, entonces abandonan a su líder y se unen a las unidades mejor equipadas, que hasta ahora, sin excepciones, fueron agrupaciones radicales”, dice un estudio actual de la Iniciativa Reforma Árabe basada en París. Y mientras, apenas hay una gran batalla contra las tropas del Gobierno en la que no participe el Frente Al Nusra, calificado por la ONU como grupo terrorista. En las zonas rurales de Alepo, Deir as Saur e Idlib, los islamistas asesinaron en los últimos meses a religiosos cristianos, a varios médicos, activistas e incluso a un conocido “poeta revolucionario”, lo que dañó la popularidad de grupos como el Frente Al Nusra. “El Frente Al Nusra se considera a sí mismo representante del pueblo suní de Siria, pero eso es un peligroso error de cálculo”, concluye la fundación Quilliam, fundada por desertores de la escena islamista.

Cuando el miércoles pasado los rebeldes entraron en la ciudad cristiana aramea de Maalula, un suicida islamista se hizo volar por los aires a la entrada de la ciudad y después lucharon, según la oposición, combatientes de diversas brigadas, entre ellas del Frente Al Nusra, contra las tropas del Gobierno. Los habitantes cristianos de la ciudad, que se habían mantenido al margen de la guerra civil hasta el momento, se quedaron horrorizados. Esta situación no solo preocupa al Gobierno estadounidense y a los cristianos, sino a muchos drusos, alauitas, chiíes y opositores seculares. Muchos de los activistas revolucionarios de primera hora están muy alarmados, pero la mayoría no quiere hablar públicamente, por miedo, y ello podría retrasar aun más la añorada caída del régimen de tortura del presidente Al Assad.

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