[FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO]

El califato del terror

Occidente debe defenderse de los enemigos de su libertad, pero recae en los países con mayoría musulmana construir sociedades que no estén esclavizas bajo estados religiosos.

En nombre de Dios, o de Alá, se han cometido muchos crímenes. Para quienes vivimos en Estados laicos y modernos, los tiempos de las cruzadas, emprendidas bajo el signo de las conquistas religiosas a sangre y fuego, son algo del pasado que leemos en los libros de historia con el alivio de que ya no moriremos como herejes consumidos por las llamas de la Santa Inquisición. Pero una cosa son los logros de las democracias occidentales forjadas a la luz de la Ilustración, y otra bien distinta son los sistemas que todavía hoy viven anclados en el pasado bajo el yugo de la ley religiosa, que es lo que pretende la milicia yihadista Estado Islámico (EI) en los bastiones que ya domina en Irak y Siria.

Los tenebrosos resultados del califato del EI, que interpreta a rajatabla el islam, están a la vista: en ciudades como Mosul, Faluya y Raqqa, los milicianos suníes han tomado las calles con sus kalashnikov y la sharia rige las vidas de sus habitantes, sobre todo las mujeres, obligadas a mostrarse en público cubiertas de los pies a la cabeza con un burka y condenadas a renunciar a una formación académica, siempre vigiladas por el padre, los hermanos varones o el esposo.

En las plazas públicas los milicianos torturan o crucifican a los “apóstatas”. Y en las calles ya no se escucha música ni se puede beber o fumar porque son motivos suficientes para ser ejecutado. Tristemente, los rehenes que el EI retiene a cambio de cuantiosas sumas de dinero que exigen a Gobiernos extranjeros y familias, pueden acabar decapitados en parajes tan siniestros como sus verdugos. Los videos de estos martirologios del siglo XXI se propagan en internet como un diabólico videojuego que enciende la imaginación de los extremistas facinerosos.

Este trasnochado revival de antiguos califatos con afanes expansionistas es una verdadera pesadilla para las naciones que buscan frenar esta particular cruzada, cuya delirante soldadesca sueña con extenderse por todo el mundo musulmán, e incluso llegar algún día a lo que fue durante varios siglos el califato Al Ándalus, que hoy comprende España y Portugal. Por mucho que el presidente Barack Obama ha intentado alejarse de la política de George W. Bush en esta región, al final se ha enredado en el avispero del extremismo yihadista que se inspira y se alimenta del envenenado legado que dejó Osama bin Laden.

Vivir, si es que se le puede llamar eso, bajo el califato del EI es particularmente terrible para las mujeres en una zona del mundo donde todavía es una asignatura pendiente su liberación y emancipación. Basta con ver el video que acaba de difundir una periodista francesa que se atrevió a grabar en las calles de Mosul con una cámara oculta bajo su tupido niqab. El entorno que capta es tan negro como su ropaje. Olvídense de las distopías futuristas que nos quitan el sueño en los libros y en el cine. El fundamentalismo religioso es la encarnación del infierno en la Tierra. Un horror cuyos tentáculos hay que evitar a toda costa si se quieren preservar los espacios de libertad que tanto han costado conquistar en las sociedades abiertas de las que hoy disfrutamos.

Precisamente somos las mujeres las que más tenemos que perder ante el avance de cualquier alud religioso, cualesquiera que sea su signo, que nos pudiera arrastrar al túnel del tiempo en el que se llegó a discutir si teníamos alma. Por lo pronto, en los sombríos reinos donde se pasean los fanáticos del EI (sorprendentemente en sus filas también militan mujeres armadas) a las adúlteras, las pecadoras, heréticas o librepensadoras las torturan, las lapidan, las aniquilan. Ése ha sido el terrible final de la conocida abogada iraquí de derechos humanos Samira Saleh al Nuami, ejecutada por un pelotón de enmascarados.

Occidente debe defenderse de los enemigos de su libertad, pero recae en los hombres y mujeres de los países con mayoría musulmana la responsabilidad última de construir sociedades que no estén esclavizadas bajo estados religiosos. Los combatientes del EI proclaman que les devolverán la “dignidad” a sus súbditos. Qué gran falacia. En su califato solo reina el terror.

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