[ESTADO DE MALESTAR]

Una generación capicúa

Los españoles han sido testigos de leyes que recortan los salarios, extienden los horarios, despiden a trabajadores y destruyen los derechos laborales.

Decía en una entrevista reciente el cineasta español José Luis Garci que su generación, que también es la mía, es una generación capicúa, como las cifras que se leen de izquierda a derecha o de derecha a izquierda y el resultado es el mismo. Es una generación, dicho sea de paso, que buscábamos con esperanza esos números en los boletos del cine o en los billetes del tren porque se decía que traían suerte. Necesitábamos ambas, la esperanza y la suerte, porque nacidos después de la guerra civil, sufrimos en nuestra niñez la escasez de la época y la severidad en la educación, aunque no sé si sufrimos es el término adecuado, porque para sufrir hay que ser consciente de que se sufre y nosotros mirábamos imperturbables lo que sucedía en nuestras casas o nuestro entorno porque no conocíamos otra cosa. La rebeldía vino luego, cuando más informados, supimos que aquellas personas que llamaban a las puertas pidiendo limosna eran un mínimo reflejo de la miseria en la que se vivía; que el padre de tu amigo no estaba de viaje sino que era un preso político, y que si se nos alentaba a ser discretos no era por virtud sino como una forma de evitar la represión.

Después vimos a cientos de españoles partir como emigrantes a Europa y, unos más y otros menos, luchamos por los derechos humanos, por la democracia, por la justicia, por salarios dignos y por la igualdad, y condenamos la xenofobia, la discriminación y las posturas radicales.

Creíamos, ya adultos, que lo habíamos logrado, que la democracia había llegado para quedarse, que solo necesitaba ajustes de aquí y de allá, que el socialista podía ser empresario sin traicionarse, que el liberal entraba en las reglas del juego moderno y que la justicia tarda siempre pero llega. Las fronteras de Europa se borraron y los prejuicios cayeron uno tras otro, con lo que los límites que entorpecían la convivencia se hicieron menos precisos. Porque esta generación, ahora ya jubilados, tuvo en su madurez una vida próspera, trabajó para obtener comodidad y propiedades, dio a sus hijos todo aquello de lo que careció en su infancia, especialmente confort, libertad y estudios, y disfrutaba de bienestar y de derechos. Nada hacía suponer que llegaría un momento en que empezaría la cuenta atrás: iba a vivir, en los años en los que creía que todo estaba resuelto, lo mismo que vivió en un comienzo. Y si no lo sufría en carne propia, lo vería vivir a su entorno. Una generación capicúa.

La fe en el sistema político se ha derrumbado, como nunca fue creíble la dictadura que rigió nuestra niñez y nuestra juventud. Si abominábamos de la caridad que encubría graves problemas sociales de desigualdad y pobreza y que el Estado no resolvía, cooperamos ahora con instituciones que tratan de paliar el hambre de miles de niños y adultos cuando no nos vemos obligados a acudir a ellas. A nuestra puerta vuelven a llamar pobres en busca de alimentos o ropa y hemos sido testigos de leyes que recortan salarios, extienden horarios, despiden a trabajadores y destruyen los derechos laborales que tanto costó conseguir. La justicia ya no necesita venda en los ojos; se quedó ciega por maltrato, y la xenofobia vuelve a sobrevolar Europa, no de forma encubierta o disimulada sino con escaños en los parlamentos. Y así como vimos emigrar a miles de trabajadores, pero acogimos a otros miles en épocas de bonanza, ahora vemos partir a nuestros hijos, con sus relucientes diplomas en la mochila, o volver a la casa paterna con cónyuge e hijos para vivir de la pensión de los padres porque ellos están en las listas del paro.

Si el sistema en el que creíamos nos ha defraudado y ha hecho añicos los sueños, no somos culpables, aunque si en algo lo somos fue de ingenuidad. No nos extrañemos, por tanto, de que la única ideología de las generaciones nuevas sea el escepticismo.

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