Cultura

Somos historia y esperanza II

Las Naciones Unidas y todos los países que forman parte del sistema internacional tienen un claro mandato de enfrentar las guerras y el hambre que flagelan al mundo.

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Sin duda, ha llegado el momento de pasar de las promesas a las obligaciones concretas. No olvidemos que somos historia, pero también esperanza. Deberíamos serlo para esos 155 millones de niños menores de cinco años que tienen retraso en el crecimiento, mientras que 52 millones están por debajo del peso recomendado para una buena salud.

De igual modo, hemos de extender nuestra ocupación y preocupación por enfermedades, como la anemia entre las mujeres y la obesidad adulta, lo que nos exige esfuerzos renovados y nuevas formas de trabajar colectivamente, sin tantos intereses, subrayando la importancia de hacerlo sosegadamente. Para desgracia nuestra, hemos pasado de ser personas con anhelos de entusiasmo por vivir mejor cada día, humanamente hermanados, a ser provocadores permanentes unos contra otros, inhumanamente repelentes. Tengamos presente que un amanecer acorde a todo espíritu pueda dar lugar a otro, y a otro, y al siguiente, hasta llegar al abandono y a la entrega de las armas.

El testimonio del pueblo colombiano, dispuesto a respirar en justo ritmo de correspondencia humanística, es una de las mejores noticias que se está produciendo en el mundo en estos últimos años, y esto hay que aplaudirlo y celebrarlo, porque no es fácil cerrar heridas, renunciando a la venganza para abrirse a la convivencia más profunda. Recordemos las palabras del papa Francisco en Colombia, justo en el gran encuentro de oración por la reconciliación nacional: “Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz”.

El mundo también necesita de una humanidad renovada, dispuesta a transformarse en vida, mediante el impulso y la grandeza del amor auténtico. Quizás sea el momento de escucharnos más el alma, de volvernos más compasivos, a la vez que más humanitarios. Llegado a este punto, siempre lo digo, a los enemigos hay que volverlos amigos; y pensar, en la creación de una verdadera civilización cohesionada, donde prime la cultura reconciliada, que es lo que da impulso a la belleza que nos trasciende.

Sea como fuere, en esta dimensión de la que somos historia y esperanza, hemos de saber que el futuro es nuestro, a poco que miremos hacia adelante. Y en este sentido, ahora es el momento de activar un mundo más unido, más de todos y de nadie en particular. A la par necesitamos protegernos mejor. Si el terrorismo no tiene fronteras, los ataques cibernéticos tampoco y nadie está inmune. No es de recibo que nos dejemos morir en la red, tampoco en el mar, y aun peor, por falta de una atmósfera limpia. En consecuencia, debates muchos, pero decisiones también.

Y si el mundo debe hermanarse a través de una unión de libertad, se han de reducir las desigualdades, pues cada ciudadano es por sí mismo un ser tan digno como otro cualquiera. Por otra parte, la fuerza de una ley internacional mundializada ha de reemplazar con urgencia la ley de los fuertes y poderosos, que únicamente les mueve el deseo de impulsar la carrera armamentística. O sea, el negocio. Sirva como argumento el Estado de derecho en países democráticos que no es facultativo, sino obligatorio. Esto puede ser un buen trampolín para que todo el orbe se sienta más compenetrado, más esperanzado, más vivo en principios y valores. Progresemos, pues, en esa conciencia de rescate, como acción y reacción, bajo el estimulante vital de la confianza.

Al fin y al cabo, la realidad puede ser bochornosa, pero tras de sí, todo escampa, retornando a la autosatisfacción del deber cumplido, que es lo que nos hace mantener la cabeza siempre en alto.

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