[CARO DESINTERÉS]

La pesadilla de Romney

Después de su infortunada presentación ante el liderazgo hispano en la Florida, a la comunidad latina le queda claro que Mitt Romney continúa sin formular una política migratoria coherente y viable.

Mitt Romney, el candidato del Partido Republicano a la Presidencia de Estados Unidos, tuvo una oportunidad de oro para explicarle a la comunidad latina cómo resolvería el futuro de los jóvenes llamados dreamers si llegara a ganar la Presidencia, y la desperdició lastimosamente.

En vez de enfrentar con decisión, valor e inteligencia el reto que unos días antes le lanzara el presidente Obama al ordenar al Departamento de Inmigración suspender la deportación y posibilitarles un permiso temporal de trabajo a los dreamers, Romney habló en la Asamblea de Naleo, una organización que agrupa a políticos latinos electos y nombrados a puestos oficiales, pero no fue capaz de articular una política coherente sobre los jóvenes o sobre el tema migratorio en general.

Habló vaguedades y repitió el repertorio de lugares comunes sobre el tema, pero no dijo nada sustantivo. Dijo, por ejemplo, que él enfrentaría el problema de los dreamers, “de una manera civil y firme”. ¿Qué quiso decir con esto? ¿Qué dispondrá deportaciones muy ordenaditas?

En otra parte de su discurso, sugirió que a él le gustaría que quienes han hecho su servicio militar o su posgrado en Estados Unidos permanecieran en el país, pero no explicó qué haría él, en concreto, para que estos dos tipos de migrantes se quedaran acá. Tampoco dijo qué haría con los que tienen familia acá, los que se graduaron de la universidad o de la secundaria, los que llevan años trabajando en este país y nunca han tenido problemas con la autoridad. A la fecha, Romney sigue sugiriendo una o dos ideas sobre el tema, pero su actitud denota una alarmante falta de interés en resolver el complicado tema de forma humana y viable. Es cierto que en esta ocasión el candidato republicano evitó el discurso agresivo que le ha caracterizado durante toda su carrera política. En 2008, por ejemplo, le dio duro al senador por Arizona, John McCain, nombrándole “el campeón de la amnistía a los indocumentados”. Aparentemente, Romney nunca le perdonó a McCain que trabajara en mancuerna con el senador demócrata Ted Kennedy, y que estos dos personajes antitéticos estuvieran a unos cuantos votos (republicanos por cierto) de lograr una reforma migratoria integral.

Durante la primaria de 2012, Romney también habló duro y fuerte contra el gobernador de Texas, Rick Perry, por haber permitido en unos cuantos casos, que algunos muchachos indocumentados pagaran las cuotas de su colegiatura en una universidad estatal con la tarifa para residentes del estado y no con la que pagan los que vienen del extranjero o residen en otro estado.

En esta ocasión, por lo menos, Romney no repitió los elogios a la Ley de Arizona, que por su dureza obligaría a los migrantes a buscar la “autodeportación” ni la postuló como su modelo de ley migratoria. Quizá no lo hizo porque con Naleo, Romney no habló de sus políticas dijo boberías. Por ejemplo, le contó a la audiencia peripecias del regreso de México de su padre, cuando tenía apenas cinco años de edad, pero no especificó que el abuelo salió huyendo para evadir el castigo por infringir las leyes norteamericanas en contra de la poligamia y encontró refugio temporal en aquel país. Tampoco aclaró por qué sacaba a relucir el tema. ¿Será que alguno de sus publicistas le aconsejó que cuando se presente con gente de origen mexicano exhiba por un instante sus “casi raíces mexicanas”? Hasta ahora, lo tradicional era que los políticos que quieren el voto hispano llegaran a los barrios con mariachi y repartiendo tacos.

Lo evidente, en todo caso, es que Romney no acaba de entender que cuando un político demoniza a la comunidad indocumentada se hostiga a gran parte de la comunidad latina.

Obama no ha sido ni por mucho el Presidente ideal para los latinos. Su celo deportando a gente que vino a trabajar y nunca cometió un delito es inexcusable. Pero la realidad es que no hay más de dónde escoger y la alternativa que Romney ofrece pinta mucho peor, por ello no queda otra que seguir con el que a último momento se acuerda de nuestros hijos, y no arriesgarnos a elegir a alguien que seguramente sería peor.

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