PARLAMENTANDO

CONTRICIÓN. Teniendo en cuenta la historia de este país, imagino que los diputados, en su mayoría, son católicos practicantes. Por eso, no les vendría nada mal este tiempo de Cuaresma para reflexionar sobre su actuación durante el mes y 10 días que duró el proceso que prometía darle al país un nuevo sistema de justicia penal. Y es que al tiempo que un número importante de humildes estudiantes panameños tiene que aprender las primeras letras en "escuelas rancho" y sin los libros necesarios para arrancarle a la vida la oportunidad de salir de la pobreza, los "honorables" despilfarran dinero público en unas sesiones extraordinarias que, tras dos prórrogas y varias reuniones en hoteles, terminan sin gloria y con mucha pena.

Lo menos que pueden hacer los diputados es someterse como cualquier hijo de vecino a las reglas de mercado laboral: si un trabajo no está bien hecho, no se cobra. Aún recuerdo aquel 19 de enero cuando terminó el período de consultas previo a las sesiones extraordinarias. Ese día, y tras escuchar el ruego de dos miembros de la comisión técnica surgida del Pacto de Estado por la Justicia, de que se retiraran de la Asamblea los proyectos de códigos penal y procesal penal por no responder a la urgente necesidad de modernizar la justicia panameña, uno de los diputados presentes (que no mencionaré para que vean que tengo mi corazoncito) me dijo –con la prepotencia del que sabe que tiene el poder de las mayorías– que esa petición no tenía fundamento... que los técnicos tenían "agenda" y que los proyectos habían sido "validados en varios niveles".

Salí del Salón Azul con el corazón apretado de tristeza, pensando que Panamá perdería otra oportunidad de avanzar en materia de justicia, por la tozudez de algunos que, por lo visto, no entendían la grandeza de la misión que el voto popular les había encomendado. Si hubieran reflexionado tras oír la avalancha de críticas que recibieron los proyectos desde el día uno, hoy no estarían metidos en el berenjenal en que están. Repito: contrición.

Lina Vega Abadlvega@prensa.com

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