Exclusivo: El primer capítulo de 'Origen', última novela de Dan Brown, este domingo en la edición impresa de La Prensa.

CRUZADA CIVILISTA.EL CIERRE DE MEDIOS MARCA LA TÓNICA DE LOS ABUSOS VENIDEROS.

TIEMPO DE TIRANOS El principio de una larga lucha

Esta es la traducción del capítulo XII del libro ‘Time of the Tyrants’ (‘Tiempo de tiranos’), cuyos autores, Guillermo Sánchez Borbón y R. M. Koster publicaron en 1990. Es parte de la historia de la dictadura que sufrió Panamá entre 1968 y 1989.

El capítulo describe incidentes ocurridos en junio y julio de 1987, cuando las Fuerzas de Defensa entraron en una guerra contra los panameños. ‘La Prensa’ lo publica, traducido del inglés por Max Crowe, para conmemorar los 20 años de esos hechos.

LAS PROTESTAS. Poco después del llamado ‘Viernes Negro’, las manifestaciones en contra de la dictadura comenzaron a surgir espontáneamente en las calles o en las aceras, como muestra esta fotografía. LAS PROTESTAS. Poco después del llamado ‘Viernes Negro’, las manifestaciones en contra de la dictadura comenzaron a surgir espontáneamente en las calles o en las aceras, como muestra esta fotografía.

LAS PROTESTAS. Poco después del llamado ‘Viernes Negro’, las manifestaciones en contra de la dictadura comenzaron a surgir espontáneamente en las calles o en las aceras, como muestra esta fotografía.

Muy poca tolerancia mostraron los militares con los medios de comunicación, especialmente contra aquellos que se resistieron a la alineación que provenía de la sede de los cuarteles o de los altos mandos castrenses. Muy poca tolerancia mostraron los militares con los medios de comunicación, especialmente contra aquellos que se resistieron a la alineación que provenía de la sede de los cuarteles o de los altos mandos castrenses.

Muy poca tolerancia mostraron los militares con los medios de comunicación, especialmente contra aquellos que se resistieron a la alineación que provenía de la sede de los cuarteles o de los altos mandos castrenses.

El general Manuel Antonio Noriega parecía tambalearse. La Cruzada anunció una huelga general para el 27 de julio [de 1987] y llegaron buenas nuevas desde Estados Unidos (EU). Abruptamente, como el cantinero con un borracho, el Comando Sur dejó de atender a las Fuerzas de Defensa (FFDD): abandonó el mantenimiento que le brindaba a sus equipos; le cortó el suministro de combustible a sus vehículos; suspendió todas las buenas relaciones entre los oficiales

de EU con sus valerosos aliados panameños. Y Washington anunció que no le vendería más gas lacrimógeno a Panamá y que no se renovaría la asistencia económica, a pesar de la disculpa ofrecida por el canciller títere, y el pago que se hizo por los daños causados a la embajada de EU, el último día del mes de junio.

El viernes 24 de julio, La Prensa y los tabloides Extra y El Siglo publicaron una carta abierta dirigida a Noriega del general (retirado) Rubén Darío Paredes, en la cual el ex comandante de las FFDD pedía a su predecesor que renunciara por el bien de la institución y de la patria.

Esa misma mañana salió Paredes en la radio para contestar las preguntas de los radioescuchas y a sugerir que si Noriega se negaba a renunciar, los oficiales de las FFDD deberían sacarlo, ya que representaba el único obstáculo para resolver la crisis, así como una amenaza para la buena salud de la institución.

Ese fin de semana, el júbilo que había llegado a Panamá hacía dos meses se duplicó. Durante todo el invierno hubo una sensación de euforia, potenciada, por supuesto, en su momento, con el más desnudo terror; como, por ejemplo, cuando salían a merodear los paramilitares.

Pero en esencia, se trataba de una sensación de esperanza y fortaleza, una sensación que se alojaba en el corazón de la gente decente, es decir, la abrumadora mayoría de los habitantes del istmo, de que eran más fuertes que los salvajes y, por ende, saldrían airosos. Extraño país, Panamá; pero aquel invierno, era aún más raro.

En aquel invierno se podía observar una intransigente batalla callejera, con manifestantes apaleados y escopeteados al frente de la Contraloría, en la Avenida Balboa, y a dos cuadras de distancia, un apacible juego de softball con 50 ó 100 espectadores. Se sentía la euforia en las calles o, por lo menos, así parecía ser en aquel invierno, ya que en cada esquina, o así parecía ser, había grupitos de gente agitando pañuelos blancos.

Entonces, en ese último fin de semana del mes de julio, el júbilo llegó a su apogeo. ¡Los gringos estaban chifeando a Noriega! ¡Las Fuerzas de Defensa estaban chifeando a Noriega! ¡Noriega estaba acabado! ¡Panamá sería libre!

Como si fuera la respuesta a tales añoranzas y (o así parecía) para confirmarlas, los Doberman [unidad antimotines] desaparecieron de la capital. En las dos semanas siguientes al 10 de julio, su presencia se había vuelto menos y menos permanente, pero ahora, con banderitas blancas ondeando en cada esquina, habían desaparecido. La gente que pensaba viajar cancelaba sus planes. Los que se encontraban en el extranjero, regresaban antes. Nadie quería perderse la caída de Noriega.

Lo que nadie sabía era que el Gobierno de EU respaldaba totalmente a Noriega y así seguiría, por lo menos hasta, el verano. Cuando el almirante Murphy lo visitó en noviembre, el mensaje del Gobierno de EU fue que resistiera. La CIA lo siguió respaldando, aun después de que dos cortes federales le emitieran llamamiento a juicio. Todavía en mayo de 1988, John Lawn, de la DEA, lo seguía felicitando por su labor. El vicepresidente George H. W. Bush, quien había sido cómplice de Noriega en la operación Irán-Contra, aún no se encontraba en posición para hacerlo brincar del poder, y albergaba la esperanza de mantener su silencio al respaldarlo.

Los colegas de Noriega ya se habían robado cualquier cantidad de plata, de modo que les preocupada más vivir para gozarla, que robar más. Sabían perfectamente que Noriega representaba un obstáculo, una amenaza, y lo que uno le quisiera poner. También conocían a Noriega mejor que los demás y lo más seguro era que ese conocimiento les ocasionara pesadillas.

Él era la clase de persona que uno no se arriesgaba a irritar con ligereza. Y supongamos que se arriesgaran y tuvieran éxito. ¿Dónde podrían encontrar otro líder tan despiadado para mantener a las FFDD en el poder y así salvarlos de pagar por sus crímenes? La salud de las FFDD estaba en peores condiciones de lo que Paredes se imaginaba. Las FFDD –y Panamá con ellas– habían perdido la capacidad de defecar.

Ya para el domingo en la mañana, la euforia se había ido disipando. No había señales de que estuviera ocurriendo algo dentro de las FFDD como respuesta a las acciones de Paredes, y esa misma mañana un estudiante de derecho, de 23 años, de nombre Eduardo Carrera, se convirtió en la primera víctima fatal confirmada de la crisis; confirmada porque habían desaparecidos, junto con los más de mil heridos, dos de ellos permanentemente cegados.

A Carrera lo habían detenido el 10 de julio y había quedado muy golpeado. Su madre, viuda, lo envió a El Valle de Antón para que se pudiera recuperar, principalmente, preocupada por su seguridad. A las 3:30 a.m., él y otros jóvenes se encontraban fuera de una cantina en el centro del pueblo, cuando llegaron dos cabos de las FFDD, armados, uniformados y borrachos. "¡Abajo el Carepiña!", gritó alguien. El cabo Eliecer Almengor sacó su pistola. "Con calma", le dijo Carrera.

Almengor agarró a Carrera por la camisa y le disparó en el estómago. Bajo presión del pueblo, los dos cabos llevaron a Carrera al centro de salud, pero como encontraron vacío el recinto, lo dejaron tirado en el suelo y se dieron a la fuga. Carrera llegó muerto al hospital de La Chorrera.

Esa tarde, en la capital, comenzaron los rumores más insólitos. Que si tres buses llenos de reos de la isla penal de Coiba se habían divisado con rumbo a Panamá por la carretera Interamericana; los traerían después del anochecer y los soltarían en la ciudad. Y así sucesivamente. Lo que se tramaba Noriega, sin embargo, era aun peor.

A veinte minutos para la medianoche, las tropas ocuparon las oficinas del diario La Prensa, el Extra y El Siglo, así como las de Radio Mundial y KW Continente, de propiedad del Dr. Carlos Iván Zúñiga y de la señora Mayín Correa. A los empleados los sacaron y pusieron candados a las puertas. A la mañana siguiente, según el régimen, a los medios se les acusaba de incitar a la sedición. Permanecerían cerrados hasta que concluyeran las investigaciones.

A las 4:00 de la madrugada, las tropas del "Batallón 2000" comenzaron a cerrar las calles alrededor de la casa de Roberto Díaz, en Altos del Golf. A las 4:40 a.m. abrieron fuego con armas automáticas contra las barreras que habían colocado los defensores de Díaz en las esquinas de su cuadra.

Los guardias devolvieron el fuego por algunos minutos y después se retiraron a la casa. Había 53 personas adentro, incluyendo a cinco menores, cuatro de ellos sus hijos, más un sobrino. Díaz los pasó a todos a su recámara. Él y algunos hombres más entraron a la recámara principal, cuya ventana daba a la calle. Hizo que sus guardias colocaran sus armas en el armario.

Según los que le acompañaban en el momento, él no podía creer que las FFDD, tropas que él mismo había comandado, serían capaces de asaltar su casa con mujer e hijos adentro. Pensaba que los atacantes eran de los paramilitares varilleros de Noriega, de modo que no quería que los provocaran.

A la primera luz, como a las 5:30 a.m., las tropas que se habían acomodado alrededor de la casa comenzaron a disparar granadas de gas lacrimógeno por las ventanas, mientras que los fusileros dirigían su fuego al interior de la casa. Poco después aparecieron dos helicópteros y comenzaron a turnarse con ráfagas de ametralladora M60.

Algunas balas extraviadas penetraron la recámara, pero la armadura del cielo raso aguantó. El problema principal era el gas lacrimógeno. La gente respiraba a través de pañuelos mojados en la bañera.

En algún momento, después de las 6:30 a.m., cesaron los disparos. Un hombre se identificó por megáfono como fiscal e hizo un llamado al señor Díaz para que se entregara "por el bien de su familia".

Díaz respondió que se retiraran las tropas. "Como quiera", replicó la voz. Reinició el gas y los disparos de rifle, seguidos de metrallazos y fuego explosivo (probablemente granadas lanzadas por rifle, quizá bazookas) contra las paredes de la casa. Justo después de las 7:00 a.m. se escucharon dos grandes explosiones.

Los comandos de la unidad antiterrorista habían volado las puertas delantera y trasera. En ese momento se intensificaron los disparos. En lo que se dieron cuenta los de adentro, los comandos habían penetrado hasta la recámara.

A Díaz y a los que lo acompañaban los trajeron al patio del frente, los hombres a culatazo. A su esposa, madre e hijos, los llevaron a la Embajada de Venezuela. Los otros, 46 en total, fueron detenidos.

Las FFDD anunciaron más adelante en la mañana que la "operación" había sido un éxito y que nadie había había muerto ni tampoco hubo heridos. Esa afirmación parece ser correcta. El cierre de los medios libres y la captura de Díaz lisiaron a la Cruzada y, en efecto, aquietaron cualquier defección de las FFDD. Acorralado, Noriega había actuado con vigor, revirtiendo la situación de dos fáciles zarpazos.

La tiranía de Panamá, en pocas palabras, no se había terminado. Aún no. Noriega retenía el apoyo de las Fuerzas de Defensa y era capaz de atemorizar de muerte a quienes lo traicionaran. Por tanto, mantenía su control sobre la maquinaria del gobierno y el aparato de civiles que se la administraba. Su régimen había perdido toda autoridad, pero mantenía los medios para dominar a Panamá por la fuerza.

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