‘Vamos a batear con raqueta de tenis’

Panamá invierte en ciencia y tecnología un tercio de lo que se destina como media en el resto de Latinoamérica.

INNOVACiÓN. Escobar está seguro de que el desarrollo debe llegar a Panamá de la mano de la inversión en ciencia y tecnología. INNOVACiÓN. Escobar está seguro de que el desarrollo debe llegar a Panamá de la mano de la inversión en ciencia y tecnología.
INNOVACiÓN. Escobar está seguro de que el desarrollo debe llegar a Panamá de la mano de la inversión en ciencia y tecnología.

Ser científico en Panamá es como ser vendedor de raspados en Noruega. Una rareza. Si no lo cree, mire a su lado. Cuántos vecinos científicos tiene, cuántas noticias relacionadas con científicos nacionales lee, pregúntele a sus hijos qué quieren ser de mayores... es probable que ninguno le diga que sueña con ser investigador botánico.

Las cifras no mienten: en Panamá solo hay 0.73 científicos por cada mil habitantes, y la inversión en ciencia y tecnología es tan ridícula que, se reste o no lo que gasta en sus proyectos el estadounidense Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), no podemos competir ni con los vecinos del Caribe y el resto de Latinoamérica. Solo un 0.20% de nuestro producto interno bruto (PIB) recae en las inversiones de ciencia y tecnología, frente al también pingüe 0.64% del resto de la región.

Julio Escobar, responsable de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), revisa las tablas comparativas y gesticula algo perturbado. Para él, la línea de meta se aleja cada vez que no se apuesta al desarrollo científico. "Lo que está ocurriendo es como si nos invitaran a batear en una final y nosotros llegamos con una raqueta de tenis. En un siglo en el que los países van a estar apostando a invertir en ciencia y tecnología como forma de mejorar su bienestar, nosotros hemos entrado a la competencia dándole la espalda a esa necesidad y ese es un inmenso error estratégico".

La sensación es que el conocimiento científico en Panamá no es suficientemente valorado y que se piensa que todo lo bueno viene de fuera, pero tampoco se le saca provecho...

–Bueno, si se da cuenta el caso del Canal es un ejemplo de eso. Panamá vio la oportunidad a principios del siglo XX y la tomó. Obtuvo a los actores idóneos para hacerla suceder y se ha beneficiado de ello. Pero era un modelo casi de enclave colonial: otros lo hacen, nosotros nos beneficiamos indirectamente. En el caso de la riqueza natural de Panamá, los que mejores ventajas han tomado no hemos sido nosotros, aunque eso está cambiando. Nuestro país no ha fomentado a los científicos. El Canal es una maravilla de ingeniería, de tenacidad, de diseño... quizá debería haber influido en el nivel de nuestros profesionales más de lo que lo ha hecho... Pero tampoco es claro que nosotros hayamos tomado el interés por aprovecharlo.

Quizá ahora, tanto desde la ACP como del resto de la sociedad, entrando al siglo XXI solos, finalmente, afortunadamente, nos damos cuenta de que el destino está en nuestras manos y que debemos desarrollar algunas competencias a largo plazo.

Dice que ahora somos más conscientes, pero ¿no existe el riesgo de que si no despertamos rápido perdamos la oportunidad de ‘explotar’ de manera razonable el patrimonio biogenético...?

–Seguramente. Hay pocos países con la riqueza biológica que tiene Panamá, medida en distintos puntos de vista. El potencial de beneficioso sin afectar nuestros recursos naturales es inmenso, pero la forma de beneficiarse es conocer lo que uno tiene y saber utilizar este conocimiento para el beneficio del país. Nosotros no tenemos la capacidad científico-técnica para explotar esos beneficios solos y vamos a necesitar inversión de empresas e institutos extranjeros. De hecho, nosotros ya nos beneficiamos de la presencia del STRI, que viene generando conocimiento inigualable. Hay riesgos, pero evitables.

¿Y sabemos lo que tenemos para explotar?

–Nosotros tenemos una buena idea de lo que hay en flora y en fauna. No tenemos un inventario completo. No hemos invertido suficiente para hacer un buen mapa de lo que tiene Panamá. Pero yo creo que tenemos una buena idea del potencial que hay. No solo lo que tenemos en cuanto a especies, sino de los compuestos de algunas de nuestras plantas y organismos marinos en el combate contra enfermedades que prevalecen en el trópico.

El desarrollo científico y técnico es un asunto de inversión. ¿Es fácil justificar el aumento de partidas en un país con tanta pobreza?

–La realidad es que en los países donde se suele medir con más rigurosidad las fuentes de crecimiento, la mitad de la receta viene por lo menos de ciencia y tecnología. En dos estudios separados por décadas (finales de los cincuenta y mediados de los noventa) se muestra cómo la mitad del PIB es atribuible a inversión tecnológica y la mitad de todo eso es inversión en Tecnologías de la Información (TIC).

América Latina y el Caribe invierten más de la mitad del 1% de su PIB (0.64%) y va creciendo. Esto es inferior al mínimo que se recomienda y mucho menos de lo que invierten los países desarrollados (2%), pero Panamá, aun contando lo que invierte STRI, invierte la mitad de la tendencia de América Latina (con STRI, 0.34%).

Se podría decir que es porque no tenemos dinero, pero aquí está el caso de Singapur, que en los ochenta decidió pasar del modelo de supervivencia de las maquilas a uno de innovación y aumentó sus inversiones en ciencia y tecnología. Y se tradujo en desarrollo.

Habrá gente que se sorprenda, pero pregunte... ¿y para qué sirve tanta inversión?

–El Gobierno y la empresa privada toman decisiones todos los días, sobre el saneamiento de la bahía, el dengue, el virus hanta, sobre qué tipo de inversiones en tecnología de la información debemos hacer... nosotros necesitamos saber qué está pasando para tomar decisiones. La labor científica y tecnológica aporta información diariamente a decisiones que implican decenas de millones de balboas sin que nos demos cuenta.

Diariamente, nosotros vivimos la falta de ciencia y tecnología, demorando las decisiones acertadas hasta que llegan los entendidos extranjeros... A veces, incluso, tenemos gente muy capacitada aquí, pero como no hay un ambiente familiarizado con ciencia y tecnología... o nadie les pregunta o no les creen la respuesta.

A vece se me pregunta... "¿inversión en ciencia y tecnología en Panamá no es un lujo?". La percepción a finales del siglo XX era esa. Pero resulta que la inversión en ciencia y tecnología suele mejorar la base productiva de un país muy rápidamente.

Lo que ocurre es que deben ser inversiones adecuadas... la falta de nuestra capacidad tecnológica tiene que ver con nuestra incapacidad de apropiarnos de la ciencia y la tecnología... Muchas veces invertimos más de lo que necesitamos, se nos pasan oportunidades de inversión porque no tenemos gente al tanto de lo que está disponible... Sin el conocimiento adecuado, estamos apostando a perder, a un Panamá que no tiene las herramientas para competir en este siglo.

Según lo que explica... usted debería recibir llamadas todos los días de los ministros pidiendo ayuda... ¿Para cuántas de las tomas de decisiones importantes se tiene en cuenta al Senacyt?

–La realidad es que sí recibimos llamadas de diversos ministerios pidiendo información, asesoría y ayuda. Participamos en la política energética (fuentes alternas de energía), colaboramos con el Ministerio de Desarrollo Agropecuario con la disponibilidad de nuestros laboratorios, con la Autoridad del Canal de Panamá en una forma similar, trabajamos con el Ministerio de Salud... pero en el fondo la realidad es que aun en nuestro gobierno se está comenzando a entender la importancia de la ciencia y la tecnología. En ese aspecto, me han solicitado a mí, como secretario, que lidere la política y que haga pedagogía interna en nuestro gobierno.

De acuerdo: llegan inversiones, se fomentan las investigaciones, pero aquí hay un problema gravísimo con la calidad de la educación, en la superior, pero también en la primaria... ¿dónde se rompe esta dinámica perversa, este ciclo empobrecedor?

–A la vez que se trabaja en la capacidad de innovación del sector privado, tenemos que tener una comunidad científica competente, aunque sea pequeña. Para que invente, pero también para formar profesionales que sepan innovar.

Tenemos que trabajar desde muy temprano en nuestro sistema escolar para que el aprendizaje de ciencias sea superior al actual. Tenemos evidencias de que la formación que damos en ciencia, también en otras ramas, tiene graves problemas. Si compara exámenes de competencia en alumnos que querían ingresar en universidades latinoamericanas que hicieron la misma prueba, los que se presentaron a la Universidad Tecnológica de Panamá tienen los resultados más bajos.

Nuestra universidad no es competitiva en este momento. En general, Panamá, como muestran los datos, no tiene una masa crítica de personas formadas en ciencias y en muchas otras áreas.

El proceso de acreditación de la calidad en las universidades, bien llevado, va a revelar las diferencias, pero no es suficiente. Yo no necesito una auditoría de acreditación para decirle a la mayoría de nuestras universidades que no tienen suficientes profesores formados al nivel correcto. Solo necesito ver el resultado. Hay varias iniciativas para lograr el cambio en ese campo, pero es necesario que la sociedad se apropie de ellas, que exija mejoras, que se comprometa.

Pero esto suena muy general y complejo, porque la sociedad es un concepto vago. La sensación es que el Ministerio de Educación, entre otros, gestiona la pobreza.

–Yo pienso que es una culpa compartida. Muchas de nuestras instituciones cuentan con una cultura fomentada por décadas de que el sector público no tiene que ser eficaz, que no puede ser eficaz.

No es suficiente con cambiar a los líderes de las instituciones. Todos nuestros funcionarios tienen que cambiar su disposición de resolver problemas. Pero también es cierto que hay cambios osados positivos que se topan contra la apatía o incluso la reacción negativa de la sociedad –y de los docentes incluso– que a veces siente que el cambio afecta a su situación actual y que por tanto no merece apoyo. Es la defensa del statu quo.

Tenemos que compartir la culpa los que estamos en el gobierno, los que están empleados por el gobierno (como los docentes) y los que tienen hijos en el sistema educativo, que no necesariamente se comprometen con los cambios y, en muchos casos, ni siquiera se interesan por opinar y tomar partido en esos procesos.

UN HOMBRE DE CIENCIA

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