TRAGEDIA EN COMARCA KUNA. El RÍO SIRVIÓ DE REFUGIO PARA LOS MIL 500 HABITANTES DE LA ALDEA.

Veinte minutos devastadores

300 niños duermen en carpas en total hacinamiento y más de mil adultos lo hacen a la intemperie.

El vocero de los sailas negó algún tipo de complicidad entre los nativos y los narcotraficantes.

El fuego fue tan intenso que en casi 20 minutos no solo quemó 150 ranchos, sino que derritió hasta implementos de metal puro, como pailas y ollas que utilizaban los indígenas para cocinar. El fuego fue tan intenso que en casi 20 minutos no solo quemó 150 ranchos, sino que derritió hasta implementos de metal puro, como pailas y ollas que utilizaban los indígenas para cocinar.
El fuego fue tan intenso que en casi 20 minutos no solo quemó 150 ranchos, sino que derritió hasta implementos de metal puro, como pailas y ollas que utilizaban los indígenas para cocinar.

Cuando se llega al poblado de Wála, en la comarca Wargandí, en plena selva limítrofe con Darién, a primera vista pareciera un campamento de jóvenes exploradores porque destacan, no los ranchos de techo de pencas y paredes de bambú como es la tradición de la etnia, sino un grupo de carpas blancas de lona, hechas en Japón, en cuyo interior duermen en total hacinamiento 300 niños afectados por la tragedia.

Este poblado, de mil 500 habitantes, prácticamente desapareció del mapa tras el incendio que destruyó el pasado 7 de enero la totalidad de las 150 casas de esa aldea.

A los moradores de este caserío les toma, a pie, unas seis horas entre la ida y la vuelta para ir a los poblados más cercanos de colonos como La Ocho, Agua Fría y Palmira, ubicados en la frontera con Darién.

En el invierno y a principio del verano los rudimentarios caminos o trochas desaparecen por la tupida vegetación selvática y para poder atravesar ese territorio indómito se necesita sortear la gran cantidad de obstáculos que presenta la topografía accidentada, donde predominan los barrancos y despeñaderos que a simple vista no se observan por la telaraña de bejucos y herbazales que los ocultan. También abundan riachuelos pedregosos y caudalosos, terrenos fangosos, en los que los caminantes se entierran hasta las rodillas, y gran cantidad de víboras e insectos.

UN PROCESO A PASO LENTO

Una semana después de este siniestro, cuyas causas siguen siendo un misterio, el Gobierno entregó a los afectados 15 toldas de campaña, tres motosierras, palas, coas, machetes, algunos alimentos y envió a un médico y a un enfermero.

Sin embargo, el proceso de reconstrucción de las viviendas afectadas marcha a paso lento. Los sailas informaron que están a la espera de maquinaria, prometida por el Gobierno, para remover los escombros (no les informaron cómo trasladarían este equipo pesado a ese lugar), para emparejar y limpiar el terreno y comenzar a levantar las viviendas.

Mientras tanto, los más de mil adultos de esta aldea duermen casi a la intemperie desde que ocurrió el fuego.

Apenas unos cuantos ranchos han sido reconstruidos con esfuerzos de las propias víctimas.

La ministra de Vivienda, Balbina Herrera, les recomendó que levantaran sus casas utilizando un sistema de zonificación para evitar nuevas desgracias, pero los indígenas tienen sus propias ideas sobre dónde reconstruir sus casas, afirmaron los voceros del pueblo.

SEGURIDAD NULA

También denunciaron los líderes de esta comunidad que siguen a la espera de que el Gobierno les cumpla la promesa de reforzar la vigilancia policial para este sector, porque hasta el momento, agregaron, los únicos policías que han visto fue un equipo de la PTJ que llegó por unas cuantas horas a investigar los hechos y se marchó de inmediato y casi sin hablarles.

"No es que tengamos miedo, pero no es malo que la Policía esté cerca para apoyarnos con alguna emergencia o necesidad", dijo Ronny Valdés.

Un día después de ocurrido el incendio en Wála, la ministra de Gobierno y Justicia, Olga Gólcher, informó que se reforzaría la vigilancia en pueblos afectados y aledaños con presencia policial y del Servicio Marítimo Nacional.

Lo más cercano a un agente policial en los tres poblados incendiados son los denominados "policías comarcales", que son residentes escogidos por los respectivos Congresos Kunas y que tienen como oficio fiscalizar el orden en la población y para ello se valen únicamente del respeto que se han ganado y de una pequeña vara de madera que hace las veces de "arma".

Los que sí han llegado rápidamente a Wála son algunos colonos que se dedican al comercio de madera. Mauricio Tebas, residente del poblado, dijo que supuestos empresarios de las comunidades de Santa Fe y Metetí, en Darién, les han pedido que con las motosierras que les entregó el Gobierno y con la asesoría de ellos, utilicen estos implementos para la tala de árboles y obtengan algún beneficio, pues están dispuestos a comprarles "a buen precio" los troncos de maderas. Esta propuesta está siendo analizada por los dirigentes de Wála y cuando reconstruyan la sede del Congreso puede ser uno de los principales temas a discutir, añadió.

TROCHAS

A pesar de que las investigaciones preliminares revelan que el fuego en esta comunidad ocurrió de manera intencional, las autoridades de Wála niegan esta versión, como también descartan que alguno de sus residentes pueda estar implicado con acciones del narcotráfico.

Sin embargo, otros pobladores aceptan que ese sector es utilizado constantemente por personas que se dedican a actividades ilegales como el tráfico de drogas, de armas y de indocumentados.

Mauricio Ayarza, predicador indígena de la Iglesia de Cristo, dijo que durante sus recorridos por esa región selvática del país se le ha informado que existen trochas que se comunican desde Ustupo y comunidades aledañas, en la parte costera de la comarca Kuna Yala, y que se extienden hasta el pueblo de Nurra, a una hora a pie de Wála.

"Utilizan los ríos y trochas y como no hay vigilancia policial todo se les hace fácil", indicó otro indígena kuna que prefirió no dar su nombre.

No obstante, Ronny Valdés, vocero de los sailas, niega que exista complicidad de los nativos con los narcotraficantes.

"Aquí no hay narcotraficantes y lo ocurrido en nuestro pueblo tiene otra explicación y nada tiene que ver con droga", afirmó.

Aseguró que, basado en sus tradiciones, si se descubre que alguno de los moradores está implicado con droga o con el incendio, sería castigado y expulsado de inmediato de la comunidad.

"Los narcotraficantes no pasan por nuestro pueblo, ellos hacen sus cosas a muchos kilómetros de aquí", aseguró.

Sobre las supuestas trochas clandestinas utilizadas por los que presuntamente generaron el incendio y que es parte del informe que rindieron los peritos del Cuerpo de Bomberos, no son más que caminos que utiliza la comunidad para ir al río, cazar o para sembrar, sostuvo Margarito Escobar, otro de los líderes de este pueblo.

RELATO DEL FUEGO

Dimas Figueroa, el policía comarcal en cuya casa se originó el incendio que arrasó con el pueblo, contó que éste comenzó en horas de la mañana del domingo 7 de enero cuando él se encontraba reunido con los sailas y los caciques de la comunidad. Su esposa estaba en el Centro de Salud en otra reunión.

"Cuando me fueron a avisar casi toda la casa se había quemado [...], por más esfuerzo que hicimos de ir a buscar agua en el río no pudimos controlar el incendio", se lamentó Figueroa.

Aseguró que, en cosa de minutos, las llamas se propagaron a otras casas y "mientras más agua le tirábamos, las llamas más crecían. Parecía que les estuviéramos regando gasolina en vez de agua", recuerda.

En la casa de Figueroa solo estaba su pequeño nieto, de tres años, el cual milagrosamente logró salir sano y salvo.

El fuego se originó, según el policía comarcal, en el techo de la cocina de su casa, pero aseguró que en su residencia en ese momento no había fósforos, keroseno, gasolina, alcohol ni ningún otro material inflamable. " Estoy seguro de ello porque sabía que tenía que comprar todos estos materiales", aseguró.

Otro relato fue el de Tomasa Mirela, de 25 años, quien contó que cuando empezaron las llamas ella se encontraba visitando a una vecina y su esposo estaba trabajando en el monte, pero sus tres hijos, todos menores de edad, estaban dentro de su casa durmiendo.

"Corrí a toda velocidad a mi casa y apenas logré sacar a mis hijos tirándolos afuera como si fueran un saco de café y luego cuando observé que por todas partes había fuego. Me dirigí con mis pequeños al río, nos metimos y permanecimos hasta que el pueblo se quemó", relató.

Todo ocurrió en menos de 20 minutos, contó otro de los afectados, las casas se fueron quemando rápidamente, sin darles tiempo a reaccionar. La mayoría del pueblo prefirió salvarse y se refugió en el río.

"El fuerte sol y la brisa que estaba corriendo esa mañana también influyó para que el fuego tomara fuerza", sostuvo Marcos Perea, de 15 años, quien llegaba de pescar cuando ocurría el siniestro y logró sacar a tiempo de su casa a su madre de 60 años.

MÁS INCENDIOS

Según los neles o adivinos de esta comunidad, el incendio que destruyó el poblado fue provocado por "los espíritus malignos" que conviven en algunas regiones indígenas kunas y que están castigando a sus habitantes.

Armando Díaz, en calidad de portavoz de los adivinos del poblado, explicó que los fuegos ocurridos en los pueblos kunas de Piria, Soledad Miria y Wála, son "un castigo de Dios" por el mal comportamiento de muchos de sus habitantes, incluyendo a los propios sailas, quienes, según la visión de los neles, están incurriendo en conductas inmorales y pecadoras.

"Según las predicciones de nuestros adivinos y curanderos, ocurrirán más de estos fuegos en otros poblados kunas, por estas mismas causas, pero las fechas no las sabemos", expresó el traductor kuna.

No será la primera vez que los moradores de Wála reconstruyan el pueblo. Hace 12 años, el poblado fue trasladado desde la cabecera del río Chucunaque hacia su localización actual. Un sitio más alto para evitar que los constantes desbordamiento del caudaloso río inundaran la aldea.

María Triña, una anciana de 65 años, dijo que sus ancestros siempre consideraron como aliados, para la siembra y la cosecha en la selva, la cercanía del agua y la fuerza del fuego, pero al final ambos elementos se volvieron sus enemigos.

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