Para frenar la violencia invisible

Después de los hurtos y robos, los casos de violencia doméstica son los más frecuentes en el MP.

Un obrero ebrio golpeaba a su esposa e hijos, mientras el barrio presenciaba inerme el brutal espectáculo.

AYUDA. Fachada del Centro de Orientación y Atención Integral del Ministerio de Desarrollo Social. AYUDA. Fachada del Centro de Orientación y Atención Integral del Ministerio de Desarrollo Social.
AYUDA. Fachada del Centro de Orientación y Atención Integral del Ministerio de Desarrollo Social.

Era tarde en la noche y aunque en ese instante caía un tremendo "palo" de agua sobre los techos de zinc de la barriada, el ciudadano anónimo logró escuchar el grito desesperado de su vecina. "No le pegues más que lo vas a matar", oyó, atónito, desde la ventana de la sala de su nueva casa, en la 24 de Diciembre.

Todavía incrédulo, llamó a su esposa que estaba en la cama de la recámara principal y ambos se acercaron a la ventana para tratar de oír algo por encima del bullicio de la lluvia. Y en efecto, al poco rato, escucharon lo que parecía la "rabieta etílica" del vecino. "Tú tienes a esos muchachos mal criados", bramó aquel hombre.

Como eran nuevos en la zona y no sabían muy bien lo que pasaba, los esposos se encogieron de hombros y se retiraron a dormir. "Algo debe haber dañado ese chiquillo para que le dieran tanto palo", pensó el marido antes de entregarse al sueño.

Aunque dejó pasar el episodio, el ciudadano anónimo estuvo varios días pensando sobre el asunto y apenas tenía oportunidad echaba un vistazo a la casa de los vecinos. Incluso, y a riesgo de ser tildado de " vidajena", preguntó por la familia al apacible propietario de la abarrotería.

Así supo que las "golpizas" ocurrían solo cuando el esposo, un cuarentón medio calvo dedicado a la construcción, llegaba a la casa ebrio.

Transcurrieron un par de semanas sin que pasara nada más. Pero de pronto, un sábado en la noche, se volvió a escuchar el escándalo. Esa vez el constructor le reclamaba algo a la esposa que el ciudadano anónimo no llegaba a entender debido a los balbuceos etílicos de aquel hombre.

Al rato, sin embargo, la doña comenzó a gritar y en esa oportunidad el vecino se dio cuenta que los golpes los recibía ella.

Corría el mes de septiembre de 2005 y por aquellos días estaba en boga la publicidad oficial sobre la recién instalada línea 147 del Ministerio de Desarrollo Social.

La decisión

Sin mayor información como para determinar si los ataques eran parte de un cuadro recurrente, el ciudadano anónimo volvió a olvidar el asunto. Días después, se enteró por una vecina del beodo -con quien coincidió en el súper- que los dos chiquillos nunca salían a jugar, y siempre andaban cabizbajos. La mujer, por su parte, evitaba a las personas y se la veía "arrastrando" una pena permanente.

El ciudadano anónimo llevaba varios meses intentando que su mujer quedara embarazada y así traer al mundo a su primer hijo. Por eso, tenía a flor de piel la sensación de desasosiego que genera la ausencia de algo y el saber que otros que sí lo tienen lo desechan o maltratan.

"La próxima vez que ocurra una ‘golpiza’, voy a denunciar a ese maldito", pensó el hombre.

En efecto, así ocurrió. Días después oyó a los niños que le rogaban al padre que no lespegara y decidió tomar cartas en el asunto. Marcó el número 147 y lo primero que preguntó a la mujer que le atendió fue sobre su anonimato.

Al obtener una respuesta afirmativa, se volcó a contar la historia con lujo de detalles: barrida, dirección y número de casa. Tras pasar los datos colgó, tragó grueso y se animó pensando que lo que había realizado era para el bien de esa familia.

Al poco tiempo se enteró de que la Policía estuvo en la casa de su vecino y que, al parecer, éste había dejado la vivienda.

Final feliz

Ha pasado más de un año desde aquella denuncia y pese a que a la mujer se le ha visto triste y solitaria; las "golpizas" cesaron.

Tiempo después el ciudadano anónimo y su esposa tuvieron su hijo. Cada cierto tiempo, cuando salen a pasear los fines de semana, ven al vecino sobrio llegando a su antiguo hogar.

La mujer aún no habla con la gente. Pero a los chiquillos, según el vecino de la abarrotería, se les ve corriendo, con la frente en alto, llegando del colegio.

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