ENFRENTAMIENTOS CON NORTEAMERICANOS. VILMA REID JAMÁS HA PODIDO OLVIDAR ESE MOMENTO.

Una sobreviviente del 9 de enero

La Vía Bolívar, de Colón, parecía una zona de guerra, recuerda la entonces estudiante del Abel Bravo.

VISITA. Vilma Reid está casada con el guitarrista de la banda de Bob Marley and the Wailers. VISITA. Vilma Reid está casada con el guitarrista de la banda de Bob Marley and the Wailers.
VISITA. Vilma Reid está casada con el guitarrista de la banda de Bob Marley and the Wailers.

Era el 9 de enero de 1964. Un grupo de estudiantes se dirigía en una marcha hacia Rainbow City (hoy ciudad Arco Iris), un lugar que en aquel entonces estaba bajo la jurisdicción de Estados Unidos. Los estudiantes llevaban banderas panameñas, porque su intención era plantarlas en aquel lugar que también era y es tierra panameña.

En el grupo de estudiantes iba Vilma Reid, una adolescente de 14 años que apenas cursaba el segundo año de secundaria. Ella, que confiesa que era terrible y que aún hoy lo es, llevaba una enorme bandera. Su mamá le había dicho que no fuera a la marcha, pero Vilma hizo caso omiso y se fue para la manifestación. De pronto se percata de que una tía suya estaba parada en el balcón de la casa donde vivía, en la Calle 12 y Avenida Bolívar. Rápidamente le dijo a una compañera que sostuviera la bandera "un momentito". Se apartó de la marcha y se escondió para que su tía no la viera. Mientras eso sucedía, su compañera a quien le había entregado la enseña patria recibió un disparo.

Vilma jamás ha podido olvidar ese momento. Dice que ojalá que, al igual que ella, los panameños en general tampoco lo olviden, porque se trató de un momento histórico, único para el país.

Durante los días 9, 10 y 11 de enero, los ataques de los miembros del Ejército de Estados Unidos a la población civil colonense desarmada y en jurisdicción panameña ocasionaron numerosas víctimas y daños materiales.

A pesar de que era muy joven, Vilma dice que estaba consciente y atenta de todo lo que ocurría en relación con ese tema. Es por eso, agrega, que siempre admiró la valentía del entonces presidente Roberto F. Chiari, quien rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos por lo sucedido aquel triste 9 de enero cuando 21 panameños perdieron la vida.

Recuerda que ese día los estudiantes quemaron las oficinas de los correos y vio arder carros de la policía canalera. También vio cuando a un estudiante le dispararon en una mano. El día 9 el centro de Colón era como una zona de guerra, dice.

Confiesa que le gustaba andar con jóvenes más grandes que ella; recuerda que una vez los compañeros del Abel Bravo de años superiores la llevaron a una cantina a preparar las estrategias de lucha, y su hermano, que era mayor que ella, la vio. "Después, cada día que tenía un problema con mi hermano, me amenazaba con que le iba a decir a mi mamá que me había visto en esa cantina", recuerda.

La familia de Vilma estaba nerviosa, temía que le sucediera algo malo debido a sus "andanzas" con esos muchachos revoltosos. Fue entonces cuando su padrino y su madre hablaron con el padre de ella que se encontraba en Nueva York. "Me dijeron ‘te vas’ y tuve que irme", porque de lo contrario hubiera tenido que estudiar en la capital, donde vivía una tía. Recuerda que la querían matricular en el Instituto Panamericano (IPA), así es que prefirió irse al lado de su padre.

Nunca hubiera querido irse hacia ningún lado, porque, según dijo, ama a su país, Panamá. Siempre cuando en Estados Unidos le preguntan de dónde es, ella contesta: "De Colón, Panamá". La pared que sostiene la escalera interna de su residencia, ubicada en Atlanta, Georgia, está adornada con una enorme pintura del Canal de Panamá. "Ahí está, dibujado mi Canal... amo a mi país", afirma.

Ya establecida en Nueva York continuó sus estudios secundarios y a los 15 años empezó a trabajar en Merrill Lynch como asistente de corredor de bolsa. Era la única "negrita y de Colón que laboraba en las oficinas", expresa, al tiempo que sonríe. Señala que todo el mundo era amable con ella. Después trabajó en el City Bank. Cuando terminó sus estudios secundarios, a los 18 años, se casó con un músico, el guitarrista de la banda Bob Marley and the Wailers, el grupo de reggae más famoso del mundo. La pareja tiene tres hijos: un varón y dos mujeres.

Aunque estuvo muy relacionada con los números, Vilma decide estudiar lo que siempre le había gustado: enfermería.

Una vez graduada se dedicó a ejercer su profesión. Pero hace pocos años tuvo que abandonarla, porque se deprimía, pues veía a mucha gente morir, sobre todo en un largo tiempo de su carrera que se dedicó a tratar a enfermos de sida. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando recuerda a Nieves, un joven de 22 años que tenía sida y que nadie quería atender. "Yo me encargo de él", dijo entonces Vilma. "Era un muchacho tan bueno y tan inteligente que hubiera querido dar mi vida para salvarlo", expresa.

Estuvo tan involucrada con enfermos de sida que podía saber el tiempo que duraría viva una persona que padecía el mal.

Por varios años estuvo dedicada a entrenar a la población hispana en el tema del sida. Llegó un momento en que los propios médicos le dijeron que tenía que abandonar el trabajo, porque se estaba enfermando. De la nada se ponía a llorar, pero era por su impotencia por no poder hacer nada para salvar de la muerte a esos pacientes. Su esposo le dijo "estás brakingdown (derrumbada)... tienes que dejar eso"... y tuvo que dejarlo.

Ahora Vilma está en Panamá, porque su mamá está enferma y quiere atenderla; a parte de que está instalando un café en el área del Casco Viejo. Afirma que tiene cierta inclinación hacia la actividad política y que vino a Panamá dos días antes de las últimas elecciones, cuando Martín Torrijos fue candidato, porque creía en él por ser una persona joven. "Solo estuve en Panamá tres días, vine especialmente a votar, pero hoy día estoy un poco decepcionada, porque persiste la percepción de corrupción y, además, porque el desempleo no disminuye y no hay oportunidades para los más jóvenes... eso es lo que he percibido en mi estadía aquí en estos últimos dos meses, mas espero que las cosas mejoren".

-Volviendo al tema del nueve de enero, Vilma, ¿estabas consciente de que esas protestas constituían un peligro para tu seguridad, incluso para tu vida?

-Claro que lo estaba. El asunto es que siempre he estado del lado de la justicia. Odio las arbitrariedades y las injusticias... yo nací así y moriré así. Panamá no era un país americano, sino independiente, así es que estaba convencida de que en ese territorio donde se veía ondeando una bandera de Estados Unidos, tenía que verse una panameña.

- ¿Crees que valió la pena esa lucha?

-¿Qué si valió la pena? ¡Claro que valió la pena! Pienso que esa lucha significó el principio del fin de la presencia norteamericana en Panamá. Esa acción abrió las puertas para la firma de un nuevo tratado canalero que eliminara la perpetuidad impuesta en 1903. Pese a todas las críticas que existen y, muchas con razón, pienso que ese fue un gran logro del general Omar Torrijos.

-¿Qué recomiendas, Vilma, para contrarrestar el sida, que está acabando con mucha gente?

-La única manera de contrarrestarlo, por ahora, es la prevención. La gente tiene que cuidarse. Ya no se puede andar por ahí, conocer a alguien e irse a la cama, sin conocer a la persona. Hay mujeres y hombres que lucen muy bien, pero nadie sabe cómo están por dentro... es una situación realmente triste y si no nos cuidamos, esta enfermedad va a acabar con el mundo, porque aún no hay una cura.

-¿Cómo te consideras?

-Muy apasionada por las cosas en las que creo, no me gustan las injusticias, soy terca y me llena darle la mano a los más necesitados, fue por eso que atendí por varios años a los enfermos con sida... lo hice con mucho amor.

-¿Te has sentido alguna vez discriminada?

-Sí. Y tengo que decirte que desgraciadamente ha sido aquí, en mi país. Una vez me presenté a una clínica a que me hicieran unos exámenes. Necesitaba un baño, y la secretaria que me atendió me indicó que usara uno que estaba fuera de la clínica, sin embargo, a otros pacientes les ofreció otro que estaba dentro de las instalaciones. El baño de afuera estaba asqueroso, y estoy segura que me mandó a ese porque me vio mi color negro. Luego le puse la queja al doctor y delante de mí le llamó fuertemente la atención a la secretaria. Ella de pronto pensó que yo era una indigente, qué sé yo. Ese fue un acto de discriminación que nunca he vivido en Estados Unidos. Me sentí realmente triste. PERFIL

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