DIABLOS ROJOS. La situación se vuelve cada vez más caótica.

El suplicio de todos los días

Un viaje insólito a la tortura diaria que sufren muchos panameños al utilizar el transporte público.

Los problemas de los gorditos, los espejos ocultos de los choferes y el ‘reggaeton’ a todo volumen.

ANARQUIA. Mientras los propietarios de los buses se quejan del alto precio del combustible, los usuarios deben vivir diariamente la miseria de un servicio deficiente y en ocasiones riesgoso para su propia vida, como se evidencia en esta fotografía. ANARQUIA. Mientras los propietarios de los buses se quejan del alto precio del combustible, los usuarios deben vivir diariamente la miseria de un servicio deficiente y en ocasiones riesgoso para su propia vida, como se evidencia en esta fotografía.
ANARQUIA. Mientras los propietarios de los buses se quejan del alto precio del combustible, los usuarios deben vivir diariamente la miseria de un servicio deficiente y en ocasiones riesgoso para su propia vida, como se evidencia en esta fotografía.

Guido Bilbaogbilbao@prensa.comNo hay nadie que, pudiendo no viajar en los buses de Panamá, decida utilizarlos. Solo los turistas, que los ven tan pintorescos, se atreven a la aventura, aunque luego lo lamenten por el mareo, la incomodidad y la locura de los conductores que convierten su trabajo en una competencia. Es una carrera alrededor de la ciudad y los suburbios en la que participan cada día más de mil 700 buses.

Sin embargo, la vida dentro de los buses se vuelve insoportable. Es una condena a la que más del 60% de los panameños se ha tenido que acostumbrar con pesar. Para empezar, muchos de los buses eran escolares, cuyos usuarios eran niños. Cuando los vehículos son dados de baja en Estados Unidos, empresarios del transporte local los compran como chatarra, los modifican, los pintan y los ponen a rodar.

Subir a uno de ellos es tarea complicada. La altura del bus, que no se acerca a la acera, hace del abordaje un desafío. Habría que hablar de trepar. Muchos minusválidos –incluso ancianos– no tienen ninguna oportunidad de abordarlos.

A ello se suma el apuro de los "palancas" –como se conoce a los conductores– que hacen rugir el motor y ponen los nervios de punta. Una vez dentro del bus, comienza la odisea. El arranque del "diablo rojo" deja una irritante estela de humo negra que revela su mal estado mecánico. Ello no es de extrañar: la flota tiene, en promedio, más de 15 años de vida.

De poco sirvieron los 30 millones de dólares del Banco Nacional para financiar la compra de 500 buses –la mayoría reposeídos– para renovar la flota metropolitana.

Pero ahora, los especialistas se inclinan por los buses articulados, con capacidad de 160 pasajeros cada uno. Los trabajos de infraestructura –a un costo de unos 70 millones de dólares– comenzarían en el primer semestre de 2006 y la primera ruta sería San Isidro-Plaza 5 de Mayo.

Esta alternativa no parece preocupar, por ahora, al busero que en su tablero de instrumentos tiene un espejo al que mira cada vez que sube una mujer de andar generoso. La leyenda dice que más de una colisión se dio por este instrumento poco sofisticado.

La música está a todo volumen. El reggae suena. Los intentos de entrevistar a los pasajeros fracasan sin remedio. La gente parece ignorar que su nivel de tolerancia al ruido es bajo y su exceso puede generar la pérdida de la audición, que es irreversible, pues las células del oído no se regeneran.

¿Sentarse?

Los gorditos tienen problemas. Uno nota cómo hacen un sinfín de maniobras para tratar de entrar enteros en un asiento. Los más altos tampoco la pasan bien. Sus piernas no entran en el pequeño espacio que separa un asiento del otro. Así que viajan parados y encorvados.

Si al bajar alguien paga con un dólar, el busero hallará la forma de hacerle saber que ese es un pecado imperdonable. Mientras saca las monedas y las entrega, sigue manejando. Cuando frena, un pasajero deja caer el sencillo que recibió del conductor. El "pavo" lo mira como si estuviera viendo a un extraterrestre. Otro bus pasa a toda marcha y toma la delantera. La carrera continúa.

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