´Amarcord´

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El nombre de la película de Federico Fellini que más me ha impactado significa, en el dialecto de la Emilia Romagna. “Me acuerdo”. Es una evocación de su mágica patria chica italiana, que entreteje a maravillas humor y poesía.

En la serie de personajes inolvidables que desfilan por la cinta se cuela uno invisible, icónico de añoranzas: la música de Nino Rota, cómplice del maestro Federico en buena parte de su filmografía.

El soneto que citaba el otro día, “Trabaja”, fue mucho más que un extra en el escenario de mi infancia. Me lo aprendí para siempre de oírselo recitar, con furia de erinia –deidad castigadora griega–, a Ruth, la matriarca. Cada endecasílabo era un dardo que pretendía clavar en la conciencia del único hijo varón, el Ungido:

Trabaja, joven, sin cesar trabaja: / la frente honrada que en sudor se moja / jamás ante otra frente se sonroja / ni se rinde servil a quien la ultraja.

Tarde la nieve de los años cuaja / sobre quien lejos la indolencia arroja: / su cuerpo al roble por lo fuerte enoja; / su alma del mundo al lodazal no baja.

El pan que da el trabajo es más sabroso / que la escondida miel que con empeño/ liba la abeja en el rosal frondoso.

Si comes de ese pan serás tu dueño; / mas si del ocio ruedas al abismo, /todo lo podrás ser, menos tú mismo.

Las tres dóciles hijas de la matriarca éramos Cuadro de Honor. El Ungido, en cambio, guardaba un asombroso parecido con Tom Sawyer. Un importante número de sus aventuras –ninguna de ellas académica– tuvo como epílogo una clínica o cuarto de urgencias.

De alguna manera el poema le caló. Hoy es un hombre de bien(es). Mientras yo tengo escritos, él tiene escrituras.

Por esos años yo gozaba de todos los privilegios de ser la menor. Antes de cumplir los seis me había ganado la permanente asignación de pasarle a la matriarca las hojas de las partituras cada vez que se sentaba a un piano. Creo que ni Toscanini dirigía las orquestas con la seriedad con la que yo oficiaba mi precoz ad honórem.

Cada vez que salíamos a nuestras correrías musicales Pedro – el Viejo– se acercaba al fiel Hillman-

–Ruth, por favor, ¡pónle gasolina! Una noche se van a quedar a pie, a oscuras, en una calle perdida...

A medio trayecto yo hacía la segunda voz cantante:

– Mami, por favor, para en la Esso. Mi papá dice que el carro no anda con música de Radio Hogar.

Ella seguía su rumbo, impertérrita.

–Ay, Ginny! Tu papá es muy necio.

La noche en que nos quedamos a pie, a oscuras en una calle perdida del Casco Viejo, se puso furiosa.

–Esto es culpa de tu papá.

A mis diez años y tres meses le entregué, jubilosa, mi corona de benjamina a Mariana. Pedro y Ruth no tenían debilidad por ella: estaban en éxtasis. Ella todavía no usaba uniforme de kínder cuando me comentó:

–Mis papás parecen mis abuelitos.

De ahí en adelante se dedicó a sacar ventaja de su descubrimiento.

Ahora los periplos eran en Isuzu y con Reina Niña. De ellos guardo dos vívidos recuerdos: el primero retrata de cuerpo entero a la madre; el segundo, a La Ñapa.

Mariana tenía un hipo feroz. La matriarca le tapó, con la pequeña mano que abarcaba once teclas, nariz y boca. Creo que hasta los ojos.

–No respires hasta que yo te diga.

Dicho esto, se abstrajo en quejarse del tranque vehicular, algo rarísimo entonces. Después se puso a tararear Flor de Té. Mariana comenzó a aletear como pollo en estertores.

–¡Suéltala ya! ¡Se está asfixiando!

Unos meses más tarde, desde su usual asiento de copiloto, La Ñapa haría su primera maroma verbal, digna de Cabrera Infante.

–Mami, vamos a comer helados.

–No, Mariana. Tengo muchas diligencias pendientes.

–¿Ah, sí? Espérate a que venga el Día de la Madre: ni un regalo vas a recibir. ¡Horrorosa!

La mano pianista se alzó ipso facto en promesa de sopapo.

–¿Cómo dijiste?

–Olorosa, má. ¿Tú que entendiste?...

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