PAULO COELHO

Cara a cara con la muerte

REFLEXIÓN. La muerte siempre está a mi lado. Ella me besará un día, lo sé. Esta compañera me recuerda que no debo posponer nada.

–“Hazlo ahora, hazlo ahora”. Su voz no resulta amenazadora. Esa voz me dice que lo que importa no es cuánto voy a vivir, sino cómo. En cierta ocasión me vi atrapado en el desierto de Mojave, casi sin agua y sin haber leído ninguno de los manuales que explican cómo sobrevivir en regiones desérticas. Y otro día me perdí escalando los Pirineos. En ambas ocasiones llegué a pensar que estaba a punto de dejar este mundo, pero eso no ocurrió.

Hace cinco meses fui al médico para hacerme un chequeo. Mi mejor amiga me obligó. Yo le dije: “Yo no soy hipocondriaco”. Ella me mandó que fuera de todas formas. Fui al médico e hice la prueba de esfuerzo, en la que había que pedalear en una bicicleta ergométrica.

–Sr. Coelho –me dijo el doctor–, le quedan treinta días de vida: tiene dos arterias obstruidas.

–¿Cómo? –dije– ¿Está seguro? Yo no siento nada...

–Se trata de un infarto “silencioso” –dijo el médico–. Estas dos arterias están obstruidas en un 90%.

Yo le dije que iba a enviar un e-mail a otros médicos para tener una segunda, tercera o, incluso, cuarta opinión. Pero todas las respuestas coincidieron: moriría al cabo de un mes. Se programó una cirugía para dos días después. Todo dependía de lo que encontraran al abrir mi corazón, un proceso conocido como cateterización. El cirujano determinaría si sería necesitaría una angioplastia o un marcapasos, o si, de hecho, nada podía hacerse ya.

Aquel día, el 29 de noviembre, yo me senté al lado de la muerte. Creo que la pregunta que el Cordero de Dios me hará no es “¿cuánto has pecado?”, sino “¿cuánto has amado?” Yo me sentí agradecido por haber podido compartir mis últimos 33 años con Christina, mi mujer. No son muchos los que encuentran el amor de su vida. Siento que he amado plenamente.

¿He vivido? Pertenezco a la generación del baby boom, he hecho de todo –sexo, drogas y rock and roll–. Fui hippie, abandoné los estudios, fui un dolor de cabeza para mis padres. En 1974 fui encarcelado por el gobierno militar brasileño por actividades subversivas. Decidí hacer lo que quería: escribir. Las personas me decían: “La escritura no da para sobrevivir”. Pero yo pensaba que no se trataba de sobrevivir, sino de vivir.

Existen dos tipos de escritores: los que tienen una vida interior y los que necesitan vivenciar las cosas para escribir sobre ellas. Yo necesito vivenciar lo que escribo. Escribí mi primer libro a los 40 años: cuando muchos están pensando ya en retirarse, yo empezaba una nueva vida. El libro se tituló El peregrino de Compostela. Escribir es mi vocación.

La cateterización reveló que tenía tres arterias totalmente bloqueadas. El médico las abrió con una angioplastia. Colocó tres tubos metálicos que mantendrían mis arterias abiertas.

Desde entonces, he retomado mi vida habitual.

A veces me sorprendo pensando: ¿Y si mi amiga no me hubiese forzado a ir al médico, dónde estaría yo ahora?

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