Colapso de galaxia

Aunque seguían riéndose a mis espaldas cuando me veían con ella, todas parecían aceptar a Iris “Galaxy” y hasta preocuparse por su suerte. La profesora Josefa no le daba respiro. La tarde del detonante la hizo subir al estrado con una orden maquiavélica.

–Recite Patria completa.

–¡Ay, Misia! Eso es más largo que un día de clases. Mire, vamos a hacer un arreglo de pago: yo me aprendí la primera y la última estrofa. Total, según el mismo poeta, la Patria es tan pequeña...

Como quien dice “agua va”, mi intrépida compañera soltó los ocho versos. Animada por haber llegado a buen puerto, nos resarció con un epigrama de Miró que el abuelo había descubierto, de puño y letra del vate, “en la puerta del excusao de una cantina en Santa Ana”.

Antes de que finalizara la hora de Español, el papá de Galaxy había sido citado para el día siguiente. Viernes. Cuando salíamos de vacaciones de medio año.

Don Adolfo de la Barrera tenía en común con Hitler algo más que el nombre. Las dos semanas siguientes le dio cuarto por cárcel a la hija que además de enlodar su apellido en las aulas le birlaba su whisky y su tabaco de primera.

De regreso al “plantel”, todos nos percatamos de tres cosas: el color pizarra de Galaxy, la reducción de su peso y el aumento de su encono hacia la Misia.

–Pronto la verán caer.

Yo me estremecí, sin llegar a sospechar que la promesa era literal.

La tarde del “maratón literario” la pasaríamos con la Josefa en unas encarnizadas pruebas de lectura comprensiva y composición. Un minuto antes de que sonara la campana, Galaxy me cuchicheó: “Es ahora o nunca: nadie más se puede trepar allí”.

Lo vi todo. Había aflojado la ya flácida madera aprovechando que todas estaríamos abajo, atormentadas con letras.

Para el horror de ambas vimos llegar a la adorable Sister Apple. La monja rubicunda entrada en años y quilos que nos enseñaba inglés venía, por imprevisto del diablo, a sustituir a la Misia. Decidió enseñarnos tres meses antes “su” canción de Navidad.

Santa está por visitar, con su maravilloso saco, un hogar: “...Down the chimney he will come when the children are a sleep”

HURRAH...!

El muy festivo salto de Sor Apple, pareció ser a la Eternidad.

Cuando el doctor voló a recogerla, Galaxy estaba en estado semicomatoso. Intenté darle aliento:

–Sor Apple va a estar bien. Es suiza. Como los relojes y las vacas...

–Vamos a la capilla, fue su marchita respuesta.

De rodillas junto a mí, con ojos empañados y voz quebrada, la oí suplicar: “¡Divino Niño, arregla a sor Manzana! Te prometo que voy a cambiar... Nunca más le voy a esconder la chapa a mi abuela. No voy a volverle a rayar los anteojos al Fuhrer. Voy a dejar de pegarle el papel a Virginia...”.

Ambas retiramos la vista del altar.

–¡¿Qué papel?!

–“Soy moga”... Virginia, no seas moga: ¿de que crees que se ríen apenas te volteas?

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