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El cocinero Diego Arechinolaza explica de qué se trata su iniciativa ´food painting´ o pintar con comida o bebida, una mezcla de arte y gastronomía.
ARTE COMESTIBLE. El público degusta una réplica de ‘La Gioconda’, de Leonardo Da Vinci. EFE ARTE COMESTIBLE. El público degusta una réplica de ‘La Gioconda’, de Leonardo Da Vinci. EFE
ARTE COMESTIBLE. El público degusta una réplica de ‘La Gioconda’, de Leonardo Da Vinci. EFE

Es un arte que se oxida, huele y su permanencia en el tiempo es finita. Pese a estas connotaciones nada atractivas, utilizar ciertos alimentos y bebidas, como si de óleos o acuarelas se tratara, se ha convertido en una actividad que cada día atrae a más cocineros y artistas que buscan en esta simbiosis el ir más allá de lo que a priori se puede.

La iniciativa food painting, pintar con comida o bebida, es un concepto en el que el cocinero Diego Arechinolaza se ha convertido en uno de sus mayores exponentes, creando, a base de frutas, verduras o cualquier tipo de alimento, los colores que se ajusten a las exigencias de los artistas.

INVESTIGACIÓN

“Cuando empezamos hace un año, cogíamos un tomate y se convertía en una salsa roja, pero al tiempo nos dimos cuenta de que no podía ser así, porque un tomate no ofrece el mismo color en enero que en junio. A partir de ahí empezamos a investigar”, afirma Arechinolaza.

De este modo, la paleta de colores que utilizan los artistas del food painting se va creando según estaciones y épocas de recolección, hecho que ha provocado que Arechinolaza se haya convertido en un gran previsor y, ante el descubrimiento de colores que no se vuelven a repetir en otra época del año, echa mano de la técnica de la congelación. “Si conseguimos un color con un producto de agosto, lo congelamos para que se pueda utilizar en enero”, afirma.

Este cocinero, junto a artistas como Carlos Corres o Carlos López Garrido, han traspasado fronteras con esta “simbiosis perfecta”, como así la define el chef, y ya cuentan en su agenda con demostraciones en Londres, Brescia (Italia) y Taiwan, donde viajarán próximamente.

Si difícil es saber qué fue antes, si la gallina o el huevo, cuando hablamos de quién está al servicio de quién, si la gastronomía al servicio del arte o al revés, la respuesta está, precisamente, en esta “simbiosis perfecta”.

Así lo considera Arechinolaza: “Me siento que formo parte del arte a través de la gastronomía. Somos la simbiosis perfecta. Si los artistas no me dicen la textura, no saldrá bien, porque nosotros no tenemos ni idea del arte. A ellos les ocurre lo mismo, porque no entienden cómo puedo conseguir todos los colores”.

“Nuestra iniciativa es pionera, precisamente, por nuestra forma de ver las cosas. Antes de llevarla a cabo la estudiamos para ver los tipos de productos que se dan en cada lugar y personalizar el acto”, expresa.

LOS COLORES

Durante las demostraciones, el cocinero hace los colores que le va requiriendo el artista, y así, si necesitan un color rosa, tiran de una mezcla de fresas con nata y, dependiendo del país o ciudad en el que se encuentren, utilizarán sus productos.

Por supuesto, durante el proceso de elaboración de los colores, el público puede probarlos y, tras finalizar la obra, si el lienzo es comestible, los asistentes sabrán lo que es hincarle el diente a una obra de arte.

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