Terraza Azul, hotel Trump

La comida en este establecimiento es deliciosa y los precios de los platos son neoyorquinos.

LUGAR. El hotel Trump. LA PRENSA/Archivo LUGAR. El hotel Trump. LA PRENSA/Archivo
LUGAR. El hotel Trump. LA PRENSA/Archivo

Para la nota de esta semana tuve una experiencia agradabilísima, cenando al aire libre en el espacio de la piscina del Trump. Soplaba un viento delicioso que hizo que todo supiera mejor. Lástima que, a pesar de que La Prensa llamó repetidamente al hotel, nadie se pudo poner de acuerdo en cómo dar la autorización para que tomásemos la foto del sitio, así que se tendrán que conformar con el exterior del hotel.

Francamente, si yo fuera “The Donald”, espetaría un par de los famosos “You´re fired!” de The Apprentice.

A pesar de que el menú es reducido y que por tanto no probamos una gama tan amplia de platillos como es habitual, todo estaba delicioso. Podría atribuirlo a la compañía o al clima, pero la verdad es que estuvo rico. Para comenzar la RDT pidió un mojito que declaró espectacular. Mi limonada estuvo sabrosísima, con bastante jugo, suficiente Splenda.

Luego entramos en materia, y lo primero que probamos fue un delicioso seviche de mariscos con pargo, calamares, camarones y un toque de coco y cilantro. El menú dice que tenía maracuyá, pero en realidad no lo sentimos tanto. No obstante, todo tenía buena textura, estaba fresco y los sabores brillaban. A continuación compartimos una ensalada de salmón, que traía un filete de salmón a la plancha, al punto justo para que no quedara ni crudo ni seco. La carta dice que el salmón trae hinojo, pero no lo sentimos (resultó ser una bendición porque RDT reveló que odia todo lo que sepa a anís) arúgula, romana en chiffonade, naranja (en vez de la toronja que reza el menú), tomates, pepitas de marañón y aderezo de citroneta. Nuevamente, los sabores claros, crespos, y ligeros. A continuación entramos en materia seria: una hamburguesa que estaba perversamente deliciosa (digo perversa, porque es de esas que te deja suspirando) con queso azul y cebollas caramelizadas, a la que no le añadí absolutamente más nada. La carne estaba de primera, el término tal como lo pedí, en fin: una maravilla (también traía una montaña de papas fritas a las que a duras penas les dije “quiubo”, tan concentrada estaba en mi súper hamburguesa. RdT pidió unas costillas de cerdo en salsa de barbacoa a la guayaba, y aunque por el tamaño de la osamenta se veía que no era un cochinito chiquirrín, estaban suavecitas, y también excelentes. Las puedes pedir con tu elección de contorno si no quieres pecar de carbohidrato además del colesterol.

Finalmente, de postre (son pocos) nos comimos una mamallena (bread pudding) en deconstrucción que trajo lo que, más que un helado, era una nieve de banano, porque era casi un sorbete, con muy poca crema. Venía sobre crotones de ponqué, dulces y crocantes.

De esa manera, el chef pastelero, y nos enteramos por el simpático mâitre quien nos informó que era “escobita nueva”, tornó lo que por lo general es una masacota hecha de sobras de pan en un postre muy veraniego, innovador y lúdico. Si tan solo hubiesen puesto al pastelero o al mâitre a decidir sobre la bendita foto. Pero, ni modo. Dixit.

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