Viejos miedos latentes: Entrevista con el autor panameño Guillermo Sánchez Borbón

Un viaje a Europa le provocó a Guillermo Sánchez Borbón más de una desilusión, un sinsabor que lo llevó a escribir el clásico nacional El ahogado, una obra que se tituló de forma inicial El llanto a la orilla del río.

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La Tulivieja lleva un bastón que usa para separar la neblina de un camino de condena que la oprime. Los mortales, a no decir palabra, porque la señora que silva y llora los confundirá con su hijo ahogado y se los llevará a su mundo de penas infinitas.

Esa imagen persiguió a Guillermo Sánchez Borbón cuando era un niño, y volvió con fuerza cuando ya era un adulto y había decidido llamarse Tristán Solarte.

Se trata de un poeta que pasó a ser novelista y publicó un clásico istmeño: El ahogado, que desde hoy es llevado a escena en el teatro En Círculo por el director Winnie T. Sittón.

Esta es su historia. Cuando el autor asistió a un Congreso de la Paz en Viena en 1952, no sabía que aquel viaje le provocaría más de una desilusión, pero como no hay mal que no traiga algún bien, también le ofreció una recompensa literaria: El ahogado.

Su estancia en Europa duró casi un año y recorrió Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Hungría y Checoslovaquia. “Las reuniones en Viena eran aburridas”, dijo. Le salvó del tedio en el congreso vienés conocer al muralista mexicano Diego Rivera, “una persona maravillosamente amena”.

Aquel trayecto le causó una enorme depresión, porque descubrió que “el comunismo, al que yo le tenía tantas esperanzas, había fracasado. No me sorprendió que luego se hiciera pedazos”, recordó en la sala de un apartamento ubicado en calle 50 que comparte con su hermana Olga desde 1990.

Cuando retornó a la patria le esperaba otra clase de malestares. Llegó por barco. Eran los tiempos en que se debía ingresar por la antigua Zona del Canal, donde lo esperaba un miembro del FBI, quien lo despojó de todo lo que traía consigo.

“Me hicieron varios interrogatorios. Era la época de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética. Fue horrible”.

Tras su periplo europeo le cerraron las puertas, nadie quiso darle trabajo. Para curarse el desánimo, escribió una novela de corte policíaco, que a medida que avanzaba su trama ganó protagonismo una compañera de su infancia: la Tulivieja.

Cuando tenía cuatro años la cocinera de su casa, que también tenía la misión de que el futuro artista fuera recibido por Morfeo, echaba mano de los relatos. “Ella tenía todo un arte para narrar cuentos, pero la mayoría era sobre la Tulivieja”, se lamentó.

Tanto le impresionaron esas narraciones orales, que luego no podía cerrar los ojos ante el temor de que la Tulivieja tocara su puerta. “La cocinera hizo que me obsesionara con un personaje trágico: una mujer que pierde a su hijo y que sufre una condena a causa de un error que cometió”, señaló.

Desde entonces, la Tulivieja se vinculó con su fascinación por la muerte. “Desde niño la tenía. Me la ha curado la edad. Ahora tengo 90 años. Es que la muerte es una obsesión de todos los poetas”.

En 1950 trabajó en el censo y recorrió el país. En cada lugar, en especial en los campos, además de preguntar sobre la estructura de la población por el sexo, indagó sobre la Tulivieja. “Recogí un montón de versiones. A veces le decían la Tepesa a esa mujer que andaba por las noches buscando a su hijo perdido”.

“En toda Centroamérica y México existe. Le dicen la Llorona. En Europa oriental hay una leyenda con elementos comunes”, indicó.

Por entonces, pensó en redactar un ensayo sobre el asunto. Después olvidó el tema hasta cuando comenzó a trazar las bases del asesinato de Rafael, un joven poeta, suceso ocurrido en la provincia de Bocas del Toro.

“¿Qué hace la Tulivieja en todo esto?´, me pregunté, y descarrilé por completo el argumento. Me olvidé del aspecto criminal”, precisó.

En una comunidad de Chiriquí oyó la versión que usó en El ahogado: “una campesina recién casada es seducida por un amante malvado y pasajero, con quien hace el amor a la orilla de un río, mientras a su niño se lo lleva la corriente. Entonces, cae sobre ella un enorme sentimiento de culpa y fue condenada a vagar por toda la eternidad”.

Una vez terminada la novela, se curó de la depresión y no pensó más en la Tulivieja. Aunque antes de conocer el reposo de aquella dama quejumbrosa, le dio cara a más de una situación.

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