Las cajas vacías de Sevilla

‘Falta la sangre de los indios’, se puede leer en una de las páginas del libro de visitas.

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El salón principal del museo del Archivo de Indias, en el corazón de Sevilla, en España, promete ser un centro de información e historias. Las docenas de cajas rotuladas con “contrataciones”, que insinúan albergar la historia del “nuevo” continente, están vacías. Cientos y cientos de falsos recipientes que llenan los libreros robustos de la sala están vacíos. Las exhibiciones tampoco dicen mucho. Unos cuantos mapas con dibujos del Caribe y de América del Sur, y otros tantos de rutas por la -verdadera- India y África. En los vidrieros, muestran la colección personal de uno de los frailes que vino a evangelizar a las nuevas tierras, en la que aparecen varios autores españoles y anglosajones, como un libro desgastado escrito por Isaac Newton.

En uno de los extremos de la sala, en un salón con amplios ventanales, brilla un busto de bronce de Hernán Cortés, el expedicionario implacable que terminó con el imperio azteca a punta de espadas y artimañas. Al fondo, aparece de nuevo Cortés, esta vez en una pintura, en la que el español les avisa a los enviados de Moctezuma que el asunto de los ídolos llegaba hasta ahí, y que ahora eran territorio español, con creencias religiosas incluidas.

En el otro extremo de la sala, un video relata la importancia de ese edificio, que antes era de Contratación de Indias, durante la construcción del imperio español al otro lado del Atlántico, a finales del siglo XVIII.

“Falta la sangre de los indios”, se puede leer en una de las páginas del libro de visitas. Sevilla es así. Una ciudad cuyo centro histórico está construido sobre la grandeza que un día fue esta ciudad y su río Guadalquivir para el colonialismo, pero adentro de las majestuosas paredes, el contenido apenas si llega a sobresaliente.

En el caso del Archivo de Indias, por ejemplo, al no tener de muestra ningún documento sobre América, es necesario hacer una solicitud formal para entrar al archivo y, para ello, se requiere presentar una carta que certifique los motivos académicos de la búsqueda.

En la Torre del Oro, a orillas del río y ubicada en aquel entonces en un punto estratégico para el intercambio comercial, ocurre algo similar. El edificio fue construido a comienzos del siglo XIII, pero en su museo hay poca, por no decir ninguna, información ajena a los tiempos del colonialismo. Cuenta la leyenda que su nombre es por su supuesta función durante esta época en que se depositaba casi todo el oro que venía de las nuevas tierras.

Otra versión, la más realista, da cuenta de que casi desde sus inicios se le llamó así por el reflejo que producía la cal bajo el sol. La exhibición, sin embargo, es muy pobre. Apenas unos modelos a escala de las carabelas de Colón, y algunas ilustraciones para dibujar mentalmente aquellos tiempos. Desde la cima, eso sí, se aprecia el río en todo su esplendor y deja en libertad la mente del espectador para imaginarse el intercambio comercial durante la colonia.

LA OTRA CARA

En la catedral de Santa María de la Sede de Sevilla, el escenario da un giro. Construida en 1507 y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987 -a la vez que el Real Alcázar y el Archivo de Indias-, su arquitectura gótica y majestuosa anticipa su interior: una estructura gigante, con esculturas señoriales y altísimas, órganos, oro, cobre, bronce, lujo.

Uno de sus principales atractivos, no obstante, es la tumba de Cristóbal Colón, sostenida por cuatro heraldos que representan los reinos de España -Navarra, Aragón, Castilla y León-. Los restos del almirante llegaron a Sevilla tras un peregrinaje de varios siglos, hasta que a finales del siglo XIX por fin lo recibieron en la ciudad que le sirvió como el puerto de donde saldría la expedición que cambiaría el destino de dos continentes.

A unos cuantos pasos de la Catedral y el Archivo de Indias está la entrada del Real Alcázar, un conjunto de palacios de diferentes épocas en que los lujos de la Catedral son un detalle. Su construcción la empezaron los árabes a mediados del siglo VIII y, con el pasar de los años, se le construyeron más anexos, que variaban según fueran los católicos o los musulmanes quienes gobernaran la zona. Los diferentes estilos arquitectónicos se pueden apreciar a lo largo de los inmensos pasillos, gigantescas habitaciones, extensos jardines y exquisitas habitaciones.

Sevilla también brinda otros agasajos, como la plaza España, y su barrio gitano Triana, considerado como la cuna del flamenco. Con el traslado del puerto de Indias a Cádiz en 1717, Sevilla perdió parte de su galantería histórica.

Sus monumentos siguen allí, pero a falta de información contundente para sus visitantes, en especial los latinoamericanos, los verdaderos protagonistas en toda la historia son la corona española y sus severos sistemas de colonización.

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