PAULO COELHO

La crisis y sus artimañas (1)

SEÑALES. Como todos sabemos, Aquiles era hijo de la unión de un mortal con una diosa. Como toda madre siempre quiere proteger a su hijo de los peligros, ella lo sumergió en un río cuyas aguas lo harían inmortal, pero lo agarró por el talón, razón por la cual él quedó vulnerable en aquel punto (hay versiones del mito en las que el héroe fue sumergido en sangre de dragón, mientras tenía una hoja pegada al talón). De ahí la expresión “talón de Aquiles”, que muestra que, independientemente de la fuerza que creamos tener, siempre existe el modo de alcanzarnos. Este héroe muere por una flecha que lo alcanza en su punto débil.

El año 2001 leí El síndrome de Aquiles, del periodista Mario Rosa, que trata de un asunto que nunca estuvo de más actualidad que ahora: la crisis. Rosa nos advierte: “la crisis envía señales”.

Desde que leí esa frase me he dado cuenta de que, antes de que ciertas tormentas lleguen a nuestro patio, nos envían pequeños mensajes de los que por pereza o por encontrar que no son dignos de nuestra atención, no hacemos caso. Por eso, en el momento en que el viento empieza a soplar con violencia nos sentimos desprevenidos para los truenos que estallan por todas partes, y solo nos queda, como dice Rosa, procurar administrar de la mejor manera posible la devastación que vendrá a continuación.

Origen: la crisis viene siempre del exterior, aunque a veces pensemos que solo se manifiesta en nuestras almas. Algo insignificante ocurrido en la infancia puede traer grandes consecuencias en la madurez.

La crisis llega para destruir: por más que intentemos asociar la palabra “crisis” a la “oportunidad”, esa romántica asociación solo es posible cuando estamos preparados para lo imprevisto. Como muy raras veces es ese el caso, la crisis se instala y comienza a arrasarlo todo a nuestro alrededor.

La verdad no ayuda: durante la publicación de mi libro El Zahir, una escritora rusa dijo en el periódico de mayor circulación de Moscú que la historia estaba basada en nuestra “relación amorosa” (la musa inspiradora era en realidad Christina Lamb, corresponsal de guerra del periódico británico The Sunday Times). Cometí el tonto error de enviar una carta de desmentido. Resultado: quienes no habían leído el artículo original se enteraron por la carta. Y enseguida empezaron las especulaciones respecto a cómo los hombres, cuando se encuentran acorralados, siempre se declaran inocentes.

El problema, por pequeño que sea, puede producir una crisis terrible: en Brasil un caso de soborno de un director de correos desencadenó una serie de denuncias que afectaron a varios niveles gubernamentales. En un matrimonio, un simple retraso a la vuelta del trabajo puede ser la gota de agua que colma el vaso de todo un proceso reprimido, el cual a partir de entonces se vuelve difícil de contener.

Los hechos no cuentan, lo que cuenta es cómo percibe los hechos la opinión pública: tengo una amiga cuyo padre odia a la madre. La familia vive pasando penurias, con todos en casa llevándose como el perro y el gato, pero en voz baja. Mientras la muchacha obtenga notas excelentes en la escuela, mientras los vecinos no se enteren, mientras la “opinión pública” no sepa nada, la impresión será la de que todo está bajo control.

Todo se transforma en munición devastadora: como la crisis siempre lleva a un diálogo de sordos, donde el uno no oye lo que dice el otro, los argumentos se vuelven inútiles. Si uno dice “me encantan las naranjas”, la otra persona entenderá que odias las patatas, y estás insinuando que te sientes desgraciado porque justamente esa noche te ha servido un plato de patatas fritas para cenar. La crisis siempre gira alrededor de un símbolo: puede ser una institución como el matrimonio, la carrera profesional, la empresa, la religión, el amor, el código de conducta.

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