PAULO COELHO

De la importancia del diploma

PERSPECTIVAS. Mi antiguo molino, en la aldea de los Pirineos, tiene una hilera de árboles que lo separa de la hacienda de al lado. Un día apareció el vecino. Debía de tener unos 70 años. A cada instante lo veía trabajando con su mujer en la labranza. Me decía que ya era hora de descansar.

El vecino dijo que las hojas secas de mis árboles caían en su tejado, y que yo tenía que talarlos. Me quedé muy sorprendido: ¿cómo es posible que una persona que se ha pasado la vida en contacto con la naturaleza quiere que destruya algo que tardó tanto en crecer porque, dentro de 10 años, puede causarle un problema a sus tejas?

Lo invito a un café. Le digo que me hago responsable, que si algún día esas hojas secas le causan cualquier daño, me encargaré de mandar construir un tejado nuevo. El vecino responde que él quiere que tale los árboles. Me enfado un poco; digo que prefiero comprarle la hacienda.

-Mi tierra no está en venta –responde.

-Con ese dinero podría comprarse una casa en la ciudad, vivir allí el resto de sus días sin enfrentarse a inviernos y cosechas perdidas.

-La hacienda no está en venta. Nací y crecí aquí, estoy muy viejo para mudarme.

Sugiere que venga un perito de la ciudad a evaluar el caso. Cuando se va, mi primera reacción es acusarlo de insensibilidad. Después, me pica la curiosidad: ¿por qué no aceptó vender la tierra? He entendido que su vida solo tiene una historia y que no quiere cambiarla. Irse a la ciudad significa sumergirse en un mundo desconocido, con otros valores, que tal vez mi vecino se considera muy viejo para aprender.

¿Le sucede eso sólo a mi vecino? No. Creo que le sucede a todos: a veces estamos tan apegados a nuestro modo de vida, que rechazamos una gran oportunidad porque no sabemos cómo utilizarla. En su caso, su hacienda y su aldea son los únicos lugares que conoce. En el caso de la gente que vive en la ciudad, piensan que hay que obtener un título universitario, casarse, tener hijos, conseguir que los hijos obtengan también su título universitario, y así en adelante. Nadie se pregunta: “¿puedo hacer algo diferente?”

Recuerdo que mi barbero trabajaba día y noche para que su hija pudiese acabar el curso de sociología. Ella terminó sus estudios, y luego de tocar muchas puertas, consiguió un puesto de secretaria en una empresa de cemento. Aun así, mi barbero decía, orgulloso: “mi hija tiene un título”.

La mayoría de mis amigos, y dos de los hijos de mis amigos, tienen un diploma. Eso no quiere decir que consiguieran trabajar en lo que querían, sino al contrario. Entraron y salieron de una universidad porque alguien decía que para ascender en la vida hacía falta tener una carrera. Y así fue cómo el mundo dejó de tener excelentes jardineros, panaderos, anticuarios, escultores, escritores. Tal vez va siendo hora de revisar eso: son los médicos, ingenieros, científicos, abogados, quienes tienen que realizar un curso superior.

Pero, ¿acaso todo el mundo tiene que hacerlo?

P.D.: Para terminar la historia del vecino: vino el perito y, para mi sorpresa, mostró una ley francesa que obliga a que todo árbol esté plantado a un mínimo de tres metros de la propiedad ajena. Mis árboles estaban a dos metros, así que tuve que talarlos.

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