Los rostros de La Gioconda

Muchos artistas, sin poder ignorar el encanto de La Gioconda, decidieron hacer sus propias interpretaciones de esta obra maestra.

Algo tiene La Mona Lisa más allá de su famosa sonrisa, que hizo que su propio creador, Leonardo Da Vinci, no pudiera separarse de ella más que en el momento de su muerte.

El retrato de Lisa Gherardini es una obra inacabada, ya que Leonardo no dejó de trabajar en ella y se negó rotundamente a entregarla a su cliente, pero más que todo podría considerarse una obra abierta por excelencia, en el sentido en que lo plantea Umberto Eco, al ser ese tipo de objeto estético que se presta a múltiples interpretaciones y que genera a su vez una creación constante por parte del espectador, muchos de los cuales fueron otros grandes maestros de la pintura.

las otras ´giocondas´

La reproducción más famosa en la actualidad es, sin duda, la Gioconda del Prado, una obra que perteneció a la colección real española, donde se registra ya en 1666 en la Galería del Mediodía del Alcázar como una “mujer de mano de Leonardo Abince”, según detalla el catálogo en línea del museo madrileño.

La pintura, de poco interés hasta entonces para los especialistas, luego de haber sido sometida a un profundo proceso de restauración, se ha considerado como realizada en el propio taller de Da Vinci, ya que “desde el dibujo preparatorio hasta casi los últimos estadios se repite el proceso creativo del original”, explica el Prado en su página web.

Se cree que pudo haber sido obra de uno de los dos aprendices predilectos del maestro: Francesco Melzi o Salai. A este último se le atribuye la realización de una réplica de la Gioconda desnuda, que se conoce como “Gioconda nuda” o “Monna Vanna”, fechada hacia 1515 y que llegó a pertenecerle al cardenal Joseph Fesch, tío de Napoleón.

Entre las muchas réplicas anónimas que se conservan de la Mona Lisa, consiguió algo de celebridad la litografía del siglo XVII titulada “La hermosa Gioconda” propiedad asimismo del museo madrileño.

lisa en la modernidad

La Mona Lisa de Da Vinci también tiene su espacio en las vanguardias.

A pesar de que los artistas del período propugnaban la muerte del arte y la destrucción de la tradición, es obvio que las ridiculizaciones y burlas de que fue blanco la pintura de Leonardo no estaban exentas de admiración por parte de estos iconoclastas del arte.

Una de las más reconocidas parodias a la obra maestra del genio italiano fue realizada en 1919 por el dadaísta francés Marcel Duchamp, quien en uno de sus ready-mades titulado “L.H.O.O.Q.” le pintó bigotes a la Mona Lisa.

En 1930, el pintor cubista francés Fernand Léger, reprodujo una vista frontal de la dama florentina a la que incluyó en su obra “Mona Lisa con llaves”. Por otro lado, el surrealista Salvador Dalí, pintó un “Autorretrato como Mona Lisa” en 1952.

Latinoamérica no ha esquivado el influjo misterioso de la Gioconda y el artista Fernando Botero en 1958 pintó, en su conocido estilo, una interpretación de Lisa Gherardini. La obra “Mona Lisa a los 12 años” del colombiano fue adquirida por el MoMa de Nueva York en 1961.

Elevada al cenit de la popularidad moderna, la Gioconda fue uno de los íconos pop del artista estadounidense Andy Warhol, quien trabajó su imagen en variadas serigrafías tanto en colores como en blanco y negro. Las más famosas son “Double Mona Lisa” (1963) y “Thirty are better tan one” (1963). También pop, Roy Lichtenstein, utilizó su imagen para una de sus obras.

marca en la historia

Lo cierto es que la Gioconda cambió para siempre la forma de concebir el retrato en Occidente.

A inicios del Renacimiento, la nueva concepción de un mundo antropocéntrico y las ansias de fama e inmortalidad privilegiaron el género del retrato, ya que como observa el tratadista Leon Battista Alberti en 1435, “la pintura posee un poder verdaderamente divino que no solo hace presente al ausente sino que representa a los muertos frente a los vivos muchos siglos más tarde”.

Imbuidos en la imitación de los clásicos los artistas del Quattrocento (siglo XV) italiano como Ghirlandaio o Piero di Cósimo privilegiaron la tipología del retrato de perfil, a la usanza de las monedas de la antigüedad grecorromana. No fue sino con Leonardo en el Cinquecento (siglo XVI) con su Gioconda cuando se establece el retrato clasicista o de tres cuartos con el modelo que mira al espectador en una ligera torsión de cuerpo, forma que se utiliza hasta hoy en el retrato tradicional.

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