Según las últimas cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), más de 13 millones de niños en Medio Oriente no asisten a la escuela, en la mayoría de los casos por la creciente guerra, y en otros más tristes por la cultura. En los últimos 25 años las luchas por erradicar estas cifras han sido incesantes, pero pareciese que no vemos los frutos.

Los constantes bombardeos en países como Irak, Yemén, Libia, les han arrebatado a los infantes la oportunidad de tener una esperanza para superarse académicamente. Sumando a esto, la cultura tan dura que obliga a niñas a no asistir a la escuela, por sus deberes para con el hogar, y la crianza de hijos concebidos prematuramente, da vergüenza en una “era avanzada”.

Es muy difícil dialogar con grupos con esas ideologías religiosas, porque el pensamiento occidental no los hará cambiar de opinión. Pero estamos muy alejados de este mundo paralelo y sangriento, y tenemos la oportunidad de labrar una educación digna de un país en desarrollo.

Sin embargo, deja mucho que desear nuestro sistema educativo en constante recesión y premiando a los estudiantes por sus fracasos escolares. Una beca universal no es la solución a los problemas educativos del país.

En más de cinco años ha demostrado el cinismo de padres de familia, que no cooperan con la educación de sus acudidos y esperan el reembolso a fin de año.

Recuerdo aquella época en la que tener una beca era sinónimo de ser un estudiante muy aplicado; y debías esforzarte cada bimestre para mantener el promedio exigido, si no te la retiraban. Y sin mencionar que para poder adquirir aquella beca en el Ifarhu, debías tener un promedio mínimo de 4.5 y participar de un concurso con más estudiantes de la región, para luego saber quiénes serían los privilegiados.

Mientras hay niños en el otro extremo del mundo lamentándose a diario por la toma de sus escuelas, como cuarteles de operaciones terroristas, los nuestros “el futuro del país”, sin esfuerzo alguno, reciben educación y dinero a cambio.

Hay que recalcar que no son todos los estudiantes de mi Panamá, pero sí falta mano dura, por parte del Ministerio de Educación y de los acudientes, para que el antiguo sistema de una nota promedio más alta sea la meta de cada estudiante y se le reconozca por su esfuerzo.

Esta comparación es difícil de procesar, ya que ambas regiones enfrentan situaciones distintas, pero insisto, debemos crecer como país, no solo en infraestructura, sino también en intelecto para ser el verdadero corazón del mundo.

¡Sueño con ver a mi Panamá libre de ignorancia!