Hace poco desperté con la noticia de que en Panamá más de 700 adolescentes fueron embarazadas en el primer mes del año en curso, según cifras del Ministerio de Salud. En ese instante pensé: “¿De quién es la culpa?”. Luego comprendí que así somos los seres humanos, buscamos al culpable de nuestros problemas.

¿La sociedad nos ha hecho esclavos de los errores morales, sin darnos cuenta? Creo que la respuesta es fácil… tú tienes la culpa. Tú, que a diario no le brindas el paso al vehículo de al lado; tú, que prefieres girar el rostro, cuando alguien te dice buenos días en el autobús; tú, que no cedes un puesto o juzgas a los demás, porque hacen algo que tú no harías; tú, que temes enfrentar tus sueños, por miedo al rechazo.

Según el filósofo y sociólogo francés David Émile Durkheim, el orden social es el conjunto de normas compartidas. Es decir, aquellas reglas que rigen una sociedad, sean morales o jurídicas. Y es el Estado, o en este caso el gobierno, el que vela porque se cumplan al pie de la letra. De manera legal, este orden fue creado para tener una sociedad en paz, sin descontrol, y para evitar los conflictos e insubordinación. Las personas juzgan y se escudan bajo las reglas sociales, pero ¿quién dice que aquel orden establecido es correcto? ¿Qué sería de una sociedad sin un orden social establecido? Destrucción, enfrentamientos, muerte, desolación. Pero, a veces, las normas que impone la sociedad no representan la verdad absoluta; tenemos la opción, como seres racionales, de escrudiñar entre lo social y moralmente correcto.

No tengamos doble moral. Al contar con leyes o decretos, abusamos del poder y nos creemos con el derecho de señalar. Es fácil criticar, pues nos imponen estereotipos de lo correcto, según la sociedad, sin importar que pensemos que alguna situación es buena o mala.

Formamos parte de una generación que considera correcto grabar a alguien suicidándose, en vez de evitar ese hecho; no damos el “buenos días” por temor a que nadie responda o nos mire feo. La sociedad está en decadencia no por las reglas o por un orden social, sino por la humanidad misma, que necesita tocar fondo para entender que la pérdida de valores y de amor al prójimo llevan a esta situación. Somos ciudadanos del mundo, y debemos labrar un futuro próspero para las generaciones venideras. Si nos detuviéramos un segundo a pensar, de manera positiva, en quiénes tenemos al lado, este mundo sería otro. Hay que desligarse de los problemas y, en vez de buscar a un culpable, hallar una solución. Hay que separar las reglas sociales de tus convicciones. Si las 700 niñas están embarazadas, ¿por qué, en vez de juzgarlas, no buscamos la forma de bajar aquel número? Las personas deben hacer el bien, por convicción, no porque un papel lo dice. El ser humano pide a gritos una dosis de valores y buenas obras. Suena surrealista, pero nunca está de más tener algo de fe en la humanidad.