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16 sep Lo que no me gusta de ir al cine

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Veamos algunos ejemplos.

Los precios en la cafetería de los cines son exorbitantes. Una barra de chocolate o un vaso de soda te cuesta dos y tres veces lo que conseguirías en un supermercado. Sé que este sector es donde los dueños de sala pueden obtener más ganancias y comprendo que todo negocio aspira a ser rentable, pero es injusto que existan productos que pueden costar lo mismo o más que el tiquete que me permite ingresar a la sala.

O que los empleados (los dueños nunca están para dar la cara) te obliguen a botar el helado o el batido que compraste en otro establecimiento porque está prohibido ingresar con productos que no sean comprados en el cine, no importa si esa clase de productos no se venden en el cine (o sea, que no son competencia directa).

Por eso, en ocasiones me siento tan estafado que estoy tentado a usar la técnica que aplicaba una prima mía que ocasionalmente nos llevaba al cine cuando yo era chiquillo: se abastecía de golosinas en la tienda, las escondía en esas carteras de dama que son infinitas, ponía su mejor cara de santa paloma y luego de ingresar a la sala solo era cuestión de esperar a que bajara la intensidad de la luz de la sala para comenzar a degustar los pocos sanos alimentos llamados burundangas.

Otro punto. Las entradas también se están poniendo cada vez más onerosas. No sé cómo hace una familia con papá, mamá y dos niños para poder ir al cine con regularidad. A lo mejor no van tanto como quisieran. Haz cuenta. Solo en tiquetes se les puede ir más de 14 dólares, sin contar el presupuesto que se requiere para las palomitas de maíz, las sodas y demás productos que uno está convencido (o el sistema te convenció) debes comer, porque si no estás cumpliendo con todos los requisitos de ir al cine.

También da agrura cuando es temporada de los estrenos del verano estadounidense y descubres que estos títulos comerciales están en dos y tres salas en el mismo complejo, por lo que no tienes salida: la vuelves a ver (aunque la película no lo amerite), te vas molesto porque no piensan en las minorías fílmicas como tú (¿la mayoría tiene siempre la razón?) o te quedas en el mall comiendo.

Otro caso relacionado. Hay una película que has querido disfrutar desde hace rato. Por fin ocurre el milagro y pasa por el país, pero lo hace ocho meses después de que obtuvo el premio Oscar como mejor película del año, ya para entonces hasta venden una copia pirata en los semáforos de la ciudad o la puedes alquilar en los establecimientos que ofrecen ese servicio de manera legal.

Digamos que igual quieres ver en una pantalla grande esa cinta extraordinaria y te decepcionas cuando la copia en cuestión está tan deteriorada que te preguntas si la arrastraron por la carretera desde la Aduana hasta la sala de proyección.

Luego toca que como es una producción interesante e independiente, aunque esas palabras hagan pensar a la audiencia promedio que supuestamente es una película difícil de entender o que es aburrida, ingresas a la sala y la ves desolada, hay cuatro personas más tú. Entonces, por más que la recomiendas a tus amigos, enemigos y similares en persona y por las redes sociales, descubres, con tristeza, que la cinta se estrenó un viernes y salió el siguiente jueves para nunca más volver porque no tuvo el suficiente apoyo de la audiencia.

Lo que aún es peor: nunca llega la dichosa cinta al país y te quedas con las ganas de disfrutarla, debes entonces pedirla por Amazon (anuncio publicitario no pagado) o estás a punto de caer en la tentación de ponerte el parche en el ojo izquierdo y poner un loro hablantín en tu hombro derecho.

Hablemos del tema de la limpieza. Hay un complejo de cine en la ciudad capital, cuyas salas y baños no conocen la palabra aseo a profundidad desde hace varios milenios, y si lo llevan a cabo no lo hacen con el esmero requerido.

En otros sitios, que son un poco más pulcros, se respira una atmósfera cargada de humedad o el piso del lugar está pegajoso de tanta soda derramada, lo que causa una sensación para nada agradable pisar ese suelo que uno siente que lo va a detener para siempre.

Un motivo más de molestia. Leer las tandas en la cartelera de los periódicos o en sitios de internet, y cuando vas a la taquilla descubres que no concuerdan las informaciones y has llegado demasiado temprano o demasiado tarde para ver la película.

O te dicen que la proyección será a las 7:20 p.m. y son las 7:45 p.m. y nada que comienza la función. ¿La razón? Guarda relación con el siguiente párrafo.

Ingresar a la sala de cine y tener que aguantarte anuncios comerciales uno tras otro, y cuál menos ingenioso que el anterior en términos de calidad e ingenio, hasta llegar a ver cuatro o cinco avances que te roban tiempo, pero por lo menos tienen vínculo con el consumo de cine.

Hay salas donde los dueños piensan que un volumen alto es proporcional a la calidad del sonido. Evidentemente, no. O que tener más de una puerta de salida es arriesgado por si alguien se cola, como si eso fuera más importante que tener más de una forma de salir del lugar en caso de una emergencia.

No es menos molestoso cuando has comprado tu tiquete en estos cines donde los asientos están enumerados y te tomaste el trabajo y el tiempo de escoger dónde quieres estar, y te encuentras con el clásico juega vivo que está ubicado donde no debe y se molesta cuando le indicas su error.

Qué decir de los espectadores que una amiga llama “invisibles”. Después de que uno ha hecho una fila casi interminable para comprar el boleto, ingresa a la sala esperando que no haya cabida ni para un alfiler y descubre asombrado, y feliz, que hay muchos puestos vacíos.

Uno se siente dichoso porque podrá sentarse en una fila lo más lejana posible de la pantalla, aunque la sorpresa es que más de un puesto, por más que esté vacío, está “reservado” con abrigos, carteras o cualquier artículo que ocupe espacio. Cuando en tu mayor ingenuidad preguntas si puedes sentarte, siempre hay alguien que te informa: “no, ese puesto está ocupado”. Tú te quedas con un signo de interrogación en la frente tipo la que tiene Harry Potter.

Están los impuntuales. Que saben perfectamente que la película comienza a tal hora, pero les da exactamente igual eso de ser considerado con el otro, por lo que llegan tarde con la mayor frescura, se la pasan llamando a viva voz o por celular al amigo que les apadrinó su ingreso con demora a la sala y les “guardó” el puesto.

O esos que asocian que ir al cine es comportarse como si estuvieran en la sala de su casa (esos que su familia los educó negativamente o por más que sus padres lo trataron de enderezar crecieron torcidos). Estos salvajes urbanos se quitan los calzados y ponen los pies en los asientos de adelante como si nada, además comen como si fueran cerdos incontrolables.

Los hay, en especial entre la gente más joven, que en vez de disfrutar de la película como debe ser se la pasan tirándose palomitas de maíz o se las lanzan como si fueran torpedos a personas desconocidas, o bien se patean las sillas entre sí o se burlan los unos de los otros con los peores insultos, un comportamiento como si estuvieran en el primer día de clases en un prekínder.

Ni hablar de los inmaduros, de todas las edades, que ante cualquier escena sensible entre dos hombres enseguida les brota el homofóbico que llevan dentro y no tarda en llegar el: “Aaaaaaayyyyy”.

La tecnología tampoco ayuda en ocasiones, pues hay unos desconsiderados que se la pasan recibiendo y mandando chats por el "blackburro", lo que distrae porque ese aparatito emite luz y hasta sonido y uno pierde parte de la magia de la película por esta clase de distracciones. Entiendo que la persona si es médico, policía o bombero deba estar atenta a los mensajes recibidos, pero el resto de los mortales generalmente no pierde mucho si demora en contestar un mensaje de texto o correo electrónico.

Una amiga pierde la cordura cuando todavía hay individuos que no ponen en silencio o en vibrar su celular. Dejan sus teléfonos en sonido alto, y encima, con la música más estridente que un músico ha podido componer en la historia del pentagrama.

A otros les da por hablar al inicio, durante los créditos, en mitad del argumento y hasta en los créditos finales de la película. Unos más tienen la certeza de que su acompañante tiene problemas de visión o es un tonto sin remedio porque le dicen frases como: “mira, allí está el asesino” o “ese hombre de seguro es el culpable”. O ese otro que ya vio la película o leyó la novela en la que se basa la producción y se anticipa a la trama y grita a los cuatro vientos datos clave, lo que elimina la posibilidad de la sorpresa en nombre de su supuesta sapiencia.

Entiendo que las máquinas se dañan. Lo incomprensible es que ocurra la avería del proyector y tarden 10 y 15 minutos para encontrar a la persona encargada de volver a la vida a ese indispensable instrumento para que la magia del cine se dé. Una amiga todavía está con traumas cuando fue a ver Inception, y no por la trama de esta magistral producción, sino que a los cinco minutos de proyección desaparece la imagen de la pantalla y a desarrollar paciencia tibetana hasta que llegue el especialista, que después de mucho intentar dijo que ya esto no daba para más y el gerente le dio una nueva entrada a los tristes cinéfilos.

¿Qué piensas de las salas de cine del país? ¿Qué deben cambiar estos complejos para que ofrezcan un mejor servicio? ¿Qué situaciones desagradables te han pasado en los cines?

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