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22 jul Cuando fui por primera vez al cine

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Dido Oderay, mi mamá, me comentó cómo era el cine y no se equivocó. Dijo que era un lugar donde contaban historias con imágenes y palabras, que era como una cueva donde uno se perdía y al final de la película uno regresaba al presente, a la realidad.

Era un domingo a inicios de la década de 1970. Tenía yo cuatro años cuando ingresé por primera vez a una sala de cine. Por alguna razón, que no he preguntado, no fui a una sala en San Felipe, mi barrio capitalino, donde había cuatro salas disponibles, sino al Roosevelt, ubicado en Carrasquilla. Tengo claro en mi memoria ir agarrado de la mano de mi mamá, rumbo a ese encuentro inicial, con un ritual que desde entonces he repetido miles de veces. Íbamos caminando de a poco, sin prisas, porque no había dinero para el taxi y no había que llegar sudado a nuestro destino audiovisual.

Nos acompañaban dos primos hermanos míos. Tampoco sé si para ellos era el comienzo de una nueva aventura o ya habían vivido aquella experiencia cinematográfica. Ingresamos al establecimiento y me pareció enorme, como enormes son los sitios de los adultos cuando uno es pequeño.

Se apagaron las luces, y no me asusté demasiado porque mamá hizo la advertencia de que eso iba a pasar. Recuerdo, maravillado, cuando un delgado rayo de luz atravesó ese espacio en penumbras y fue directo al contacto con una gigante manta blanca; allí se proyectó un par de documentales (ni idea de qué era eso), unos cuantos avances de producciones por venir (tampoco sabía que había tantas películas por ver) y por fin llegó ese primer largometraje en una pantalla grande: era un reestreno de la cinta animada Bambi (1942), de los estudios Walt Disney, y lo que no sabía era su condición de drama infantil; es decir, jamás imaginé que la mamá del ciervo moría y yo ese día lloré con ese animalito porque entendía ese dolor de perder a un ser amado, más cuando uno es chiquito. Quizás, sin saberlo, mamá me educó para que me gustaran más los dramas que las comedias, que me llamaran más la atención las tramas contundentes 'versus' las livianas.

Regresamos al edificio de tres plantas sin ascensor, donde residían mis familiares en Carrasquilla y cada uno contó los fragmentos de Bambi que recordaba, mientras cenábamos unos hot dogs con soda.

Luego, cuando la noche apareció sin avisar, llegó el momento de ir a la parada de autobuses a esperar un transporte público ruta Calle 12, para regresar al apartamento donde vivía con mamá, un edificio de cuatro pisos muy cerca del mar, en Calle Primera, Catedral. Cuando llegué a mi habitación, me puse la pijama de algún superhéroe de la televisión, me lavé los dientes y en cama comencé a revivir momentos de Bambi.

No se me pasó por la cabeza, que muchos años más tarde, comenzaría a escribir de cine en este periódico y, desde entonces, lo hago con ese mismo entusiasmo de cuando tenía cuatro años y fui al Roosevelt.

Ahora, 21 años después de iniciar labores en este diario, inicio un nuevo contacto con la audiencia a través de este blog que hablará del séptimo arte, de televisión, de literatura, y qué sé yo de qué más del mundo del entretenimiento. 

Ya que hablamos de los bautizos fílmicos, ¿recuerdas cuál fue la primera película que viste en una sala? Sí, aunque suene a lugar común, recordar es otra forma más de vivir, porque nos permite convocar a los recuerdos y estos fielmente despiertan de ese sueño llamado ayer.

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