Mañana: Café con La Prensa sobre la reestructuración de la ciudad de Panamá

Diversidad étnica

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LA PRENSA/ Eric Batista LA PRENSA/ Eric Batista
LA PRENSA/ Eric Batista

Wao! no puedo imaginar un panameño sin ritmo, con el trasero plano, que prefiera el vino a la cerveza, blanco como la leche, que deteste el Carnaval o que hable francés.

Los hay, pero cuando pienso en “el” panameño lo que veo es una mezcla tan compacta que no se puede distinguir donde empieza una herencia, donde termina la otra y en donde se empiezan a confundir.

Al definirnos, es impensable dejar de lado que por aquí la gente no solo ha pasado sino que ha echado raíces y aportado su colorcito, comidas, ritmos, regionalismos y talentos desde tiempos inmemoriales.

Qué sería de nuestras fiestas sin el arroz con pollo que lleva desde canela (aporte de Oriente) hasta aceitunas y alcaparras del abuelo español, y algunas versiones hasta llevan pasitas.

Y, qué decir del saus, regalo afroantillano, el ceviche y el “culei” (Kool aid) rojo, que vino del Norte, así como el pavo rostizado en Navidad.

Este es el país que, teniendo casi todas sus ciudades importantes en el Pacífico, se define como caribeño, baila como caribeño y come como tal, porque la vecindad de Centroamérica no ha logrado hacer que apreciemos sus tortillas. ¿Cómo hacerlo si las nuestras son gordas, amarillas y las comemos fritas, crujientes y grasosas, luchando por no quemarnos manos y boca porque si se las deja enfriar se transforman en un caucho?

Aunque, claro, tenemos el tamal, el bollo de maíz nuevo (con su toque dulce), el bollo de maíz viejo y las torrejitas, que rescatan al grano amarillo y lo panameñizan. Recuerdo un bollo de maíz que lleva coco, que mi mamá aprendió a hacer en su Darién.

Y la ensalada de toldo, la morada, teñida por la remolacha, y la blanca con zanahoria, aceitunas y huevito sancochado. Hay quienes le ponen un toque sofisticado y añaden manzana y pollito deshilachado.

Y el sancocho (preferiblemente de gallina de patio, pero pasable con pollo del supermercado), con ñame, pimienta en grano y culantro. Culantro de verdad, fragante, de hoja larga y bordes aserrados. Ya nadie recuerda quién aportó qué, pero todos lo apreciamos, y estando lejos de casa ayuda a pasar la cabanga.

Y en cuestión de expresiones folclóricas, todo el arco iris viste pollera o montuno, baila congo, cumbia, pindín, salsa, reggae o -sin poder evitarlo- se menea sentado mientras otros más afortunados o con más coordinación se lucen en la pista.

Y nuestros buses. Son una joya, sea que las veamos como escenarios, como medio de transporte masivo o como lienzo.

Cuando el viaje es largo (ahora que no hay música y no se puede llevar el ritmo con un real) es un ejercicio sociológico riquísimo ver cómo interactuamos en ellos.

La eterna pelea de la gente que se apretuja adelante, cuando al fondo el bus está vacío; el “juegavivo” de quien se sube sabiendo que no tiene con qué pagar el pasaje; el pavo guindado de la puerta sin poder decidir si usa las manos para sostenerse los pantalones “cagados” o para agarrarse de la barra que impide que acabe de cabeza en la calzada.

En India vi buses llenos de gente hasta el techo y con hermosas decoraciones multicolor, pero el ambiente era completamente diferente. Nosotros, aunque nos quitaron la música, llevamos la nuestra o aprovechamos la que se escapa del audífono del vecino, o bien nos cimbreamos recordando esa canción tan sabrosa que se nos quedó pegada todo el día.

Por eso, ahora que parece que el diablo rojo está a punto de desaparecer, no me imagino qué pasará con ese pedazo de cultura popular en la que el panameño se manifiesta con desparpajo, suda, pelea, viaja, vive (unas veces con dolor y otras con alivio), y con el que se identifica suficiente para saber su nombre, para reconocerlo cuando ve su puerta trasera con la cara de los hijos del dueño del bus o con una aproximación del rostro de los artistas que él admira, o el propietario o el artista que lo pintó.

No me puedo imaginar la ciudad sin esos murales rodantes que corren, rugen y matan, pero que también viven y sirven a tantos y tantos de nosotros.

Y, como corolario, los carnavales. Es difícil imaginar al panameño que no suspire y desespere por su llegada, o si ya el cuerpo no le da, que piense no en el que viene sino en los que pasaron y fueron los suyos. Aquellos en los que rompió con su pareja para no llevar leña al monte; en que bailó hasta perder las fuerzas, pero siguió bailando –a pesar de que sus piernas no lo sostenían– gracias a los otros miles que como él desafiaban las leyes de la física, y hacían que más de un cuerpo ocupara el mismo espacio. Aquellos en que se enamoró perdidamente de más de una (o uno); o en que lo quemaron como a una correa de bombitas y que, aunque él también tenía su barbacoa, le dolió.

¿Quién no recuerda haber empezado a parrandear en Penonomé el viernes de coronación y haber despertado en una casa ajena en Santiago, Chitré o Las Tablas? Y no falta el que aunque no tenga plata se va a carnavalear, y culequear, bebe y va al baile, gorreando a amigos y desconocidos a quienes le une el amor por la parranda.

Somos de todos los colores, tamaños y formas, pero… eso sí: somos únicos. Tal vez no sepamos nunca cuál abuelo nos marcó más o cómo, pero, ¿acaso eso importa? No, somos y somos especiales.

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