ENTREVISTA

Enrique Santos analiza los desafíos del posconflicto colombiano

En Colombia, a Enrique Santos se le conoce tanto como a su hermano Juan Manuel. El hermano mayor del presidente colombiano fue director de ‘El Tiempo’ –diario en ese entonces propiedad de su familia– por una década y columnista semanal por más de 40 años. Fundó junto a Gabriel García Márquez y otros la revista ‘Alternativa’ en 1974.

Suma varios premios de periodismo, entre ellos el prestigioso Rey de España. Se retiró del ejercicio periodístico en 2009, luego de la venta de la mayoría accionaria del diario a Editorial Planeta. Ha sido una ficha clave dentro del proceso de paz firmado con la guerrilla de las FARC. Su rol no solo fue participar en los diálogos exploratorios, sino intervenir en los momentos de crisis.

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Enrique Santos pensó que el proceso fracasaría al segundo año de los diálogos, tras el ataque en Buenos Aires, Cauca, donde mataron a 14 militares. Enrique Santos pensó que el proceso fracasaría al segundo año de los diálogos, tras el ataque en Buenos Aires, Cauca, donde mataron a 14 militares.
Enrique Santos pensó que el proceso fracasaría al segundo año de los diálogos, tras el ataque en Buenos Aires, Cauca, donde mataron a 14 militares. LA PRENSA

Tras haber estado involucrado en las negociaciones del proceso de paz, Enrique Santos, hermano mayor del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, habló con el diario La Prensa.

¿Cuál era el mayor miedo de las FARC?

En la que me tocó a mí, que fue la de los diálogos exploratorios –la parte confidencial donde se negoció el acuerdo general–, dos eran sus miedos: el pánico escénico de lanzarse a la escena política y que sea un salto al vacío y les vaya pésimo, y el otro, más real y comprensivo, de que los vayan a matar. Y en este país, con los antecedentes que tenemos, atravesados de toda clase de narcos, bacrim [bandas criminales], paracos [paramilitares], mafiosos, hostiles a este proceso y victimizados por las FARC en estos 52 años de guerra, con ellos que han causado tanto dolor, no se pueden subestimar los retos y desafíos que hay. Ese es el mayor reto que hay: que no haya actos que desestabilicen el posconflicto.

¿Ve posible que las FARC se conviertan en partido y lleguen al poder?

No se puede descartar, pero no lo veo factible ni en el corto ni en el mediano plazo. Y es casi inconcebible que tengan apoyo ciudadano. 

En caso de convertirse en partido, ¿cuál sería su propuesta política?

Una izquierdista con alto contenido populista. Me imagino que se cuidarán de no caer en los esquemas desacreditados del chavismo y el método bolivariano, por simplemente ver lo que está pasando al otro lado de la frontera [en Venezuela]. Con los problemas sociales y económicos que hay aquí, van a tener materia prima para echar discurso… Sabrán cómo lo hacen.

Pero en Colombia el discurso de izquierda no pega...

No, no pega.

Usted es un intelectual de izquierda que viene de una familia aristocrática. Colombia es un país tradicionalmente de derecha. Izquierda, en Colombia, equivale a guerrilla, según muchos. ¿Cómo vislumbra que será la izquierda en esta nueva etapa democrática?

Aquí la izquierda democrática nunca se pudo desarrollar bien por la guerrilla. Las guerrillas castraron la posibilidad de que una izquierda democrática llegara al poder. Por eso mismo no tendrían la menor posibilidad, y menos si están asociados a una guerrilla.

Detractores de los acuerdos con las FARC avisan que este es el inicio de la venezolanización o la cubanización de Colombia. ¿Qué les contesta a ellos?

No concibo mentes que piensen que Juan Manuel tenga ese modelo en la cabeza. Son modelos fracasados y es una falacia para inculcar miedo, pero ha hecho carrera.

¿Cuál es la diferencia entre la izquierda de los años 1960, como la suya, y la castrochavista, que es de la que la gente lo señala a usted, a su hermano y al proceso?

La de los años 1960 y 70 no estaba contaminada con terrorismo ni con el concepto de dictaduras. Cuando empezó a asociarse con regímenes totalitarios, empezó a perder apoyo popular y credibilidad.

Volviendo a la mesa. ¿Cómo era la actitud de las FARC? ¿Un constante tira y jala y ‘si no nos dan lo que pedimos nos vamos’, o el Gobierno sabía que no se irían?

Ellos nunca amenazaron con levantarse de la mesa. Eran muy realistas y pacientes.

¿Realistas en qué sentido?

De que no era viable amenazar al Gobierno con levantarse de la mesa. Y en entender primero que si estaban hablando y el Gobierno se sentó después de 10 años de absoluto ostracismo, habían recuperado una especie de legitimidad política. Entendieron que era la oportunidad de su posibilidad política. Pero sin armas. Y para ellos las armas eran su razón de ser. Era más probable que el Gobierno se levantara de la mesa a que ellos lo hicieran.

Pero a su hermano se le vio muchas veces más desesperado que a Timochenko, por ejemplo.

Ellos eran más pacientes, más fríos… estaban menos presionados por coyunturas electorales y políticas. El Gobierno tenía la oposición de Uribe, una opinión pública escéptica, Estados Unidos escéptico al principio.

¿No teme el Gobierno que se abulte el ELN con la desaparición de las FARC?

Es un riesgo. En la medida que el ELN no entre al proceso y ejerza una capacidad de atracción sobre sectores de las FARC que no estén tan convencidos.

¿Qué porcentaje de las FARC cree usted que se quedará en la ilegalidad?

Mínimo 15% va a virar hacia otras cosas. Acabarán en narcotráfico o seguirán hacia el ELN. Sería utópico o ingenuo esperar que el 100% se vaya a portar como unos angelitos cuando hay tantas tentaciones, en un país donde existen todas las formas de ilegalidad posibles.

Usted ha dicho que el plebiscito no era necesario. ¿Cuál era la mejor manera de que la ciudadanía aprobara los acuerdos?

Creo que no era necesario legalmente, pero políticamente era una forma de consolidar los acuerdos, con el enorme riesgo de que se pierda. Parece que resultará. Eso dicen las encuestas.

¿Qué mensaje daría ganar por escaso margen?

Sería una victoria pírrica, con sabor a derrota. Hay que duplicar el no; si no, sería frágil y le faltaría credibilidad y solidez. Pero le calculo que se duplica el no.

Las FARC han dicho que si gana el no, ellos no regresan a la guerra, y según usted lo que sí pasaría es que la gobernabilidad se afectaría. ¿Cómo se traduce eso a la práctica?

Si gana el no pierden credibilidad tanto el Gobierno como las FARC. Ellos perderían mando sobre su gente y eso atomizaría a esa gente a otros grupos. Sería una gran pérdida de gobernabilidad.

¿Si gana el no, usted no cree que las FARC se sientan a renegociar?

Creo que no. ¿Qué van a renegociar? Sería negociar con el uribismo, con los enemigos del proceso.

¿Y si gana el sí, qué pasa con el uribismo?

Creo que se dividiría en tendencias, porque dieron un debate interno sobre si ir al plebiscito o no. Unos decían abstención y otros no. Sin ellos el umbral era más difícil de lograr. Por eso habría ajuste de cuenta entre ellos. Y comenzará a ejercer fiscalía y vigilancia sobre el proceso, y a señalar errores.

¿Cuál es la estrategia de Uribe?

Oponerse en todos los frentes y sobre todo en el tema bandera, que ha sido la paz. Pero se equivocó, porque uno no puede ser tan obcecadamente enemigo de una posibilidad de paz.

Los colombianos ya relacionan los acuerdos con los presidenciables del posconflicto. ¿A quiénes ve usted como figuras presidenciales del posconflicto?

Obviamente al vicepresidente Germán Vargas Lleras, un presidenciable con el que Uribe no tiene tantas contradicciones… Sergio Fajardo, que se la jugó por el sí, pero no tiene imagen de sectarismo y es joven y progresista. Y tampoco tiene con Uribe contradicciones de fondo. Y Humberto de la Calle, que va a salir prestigiado de todo este proceso. Y en el uribismo, a Iván Duque.

La posición de Germán Vargas Lleras es interesante. Por cuatro años no dijo ni una sola palabra del proceso, porque es víctima de las FARC no una, sino varias veces. Y ahora es del sí, pero no tan convencido…

Nunca fue entusiasta del proceso ni tiene afinidad con la izquierda. Pero aun a regañadientes, empujado por Juan Manuel, entra a apoyar el sí. Es el vicepresidente, imposible que no esté involucrado con el proyecto bandera.

¿Pero cree o no cree?

Dicen los que lo conocen que no, pero tampoco se va a oponer.

Tiene bien presente a Uribe, veo.

Porque Uribe es el jefe de la oposición, el que más tiene credibilidad entre sus seguidores. Su movimiento es bastante cohesionado.

¿Cuál es la importancia de que no tengan grandes contradicciones con Uribe?

¿Quién quiere entrar otra vez con la oposición de Uribe?

¿Ha extrañado hacer periodismo en esta época?

Uy, muchísimo. Ya me acostumbré, pero ha sido muy frustrante. No renuncio a volver a las trincheras periodísticas.

¿Cómo titularía el 3 de octubre [el día después del plebiscito]? Pero no me dé el titular de cliché.

El de cliché sería “Colombia le dijo sí a la paz”. Uno de mala leche sería “Uribe, aplastado por el sí”.

¿Cómo empezaron los acercamientos con las FARC?

Con mensajes que mandó Juan Manuel al entonces comandante Alfonso Cano a través de un emisario que se llama Henry Acosta, un empresario del Valle del Cauca, diciéndole que el Gobierno estaba interesado en hablar. Que había que buscarle una salida negociada a la violencia y que la llave de la paz no estaba en el fondo del mar, sino en el bolsillo de Juan Manuel. E inmediatamente respondieron.

52 años de guerra. ¿Por qué no se había llegado a la paz antes?

Porque la guerrilla pensaba que podía llegar al poder por las armas. Por el clima internacional de guerra fría. Porque el Ejército colombiano estaba empeñado en una victoria militar total. Y porque el narcotráfico era el mayor combustible.

Ese último factor no se ha acabado…

Sí, ese sigue siendo un peligro. Y por eso las FARC van a tener que ayudar al Gobierno a desmantelar el narcotráfico que tanto los contaminó y corrompió a ellos.

Usted hizo periodismo con Gabriel García Márquez en los años 1970 con la revista Alternativa. ¿Cuál era su visión sobre el proceso con las FARC?

Él estuvo involucrado en todos los procesos de paz de este país que se han hecho desde 1983 con la condición de no figurar. Él estaba sobre el bien y el mal: en él también creía la guerrilla. Era un convencido absoluto de la paz y aborrecía la violencia. En el único que no estuvo fue en el actual proceso, por temas de salud.

Su papel en este proceso era crucial: usted era quien intervenía cuando parecía que estaban por romperse las negociaciones. ¿Cuál fue el momento más álgido de las negociaciones? Cuando usted pensó: “esto se viene abajo”.

Cuando hubo, en el segundo año de las negociaciones, el ataque en Buenos Aires, Cauca, donde mataron a 14 militares. El Gobierno reanudó los bombardeos [ya había cese] y Juan Manuel mandó a llamar a la delegación de La Habana. Y el secuestro del general Alzate, que después se supo que no fue un secuestro.

¿Cómo será Colombia distinto con la paz?

Las FARC han sido un factor determinante, aunque no el único, de la violencia que hemos sufrido en el último medio siglo. Basta imaginar cuánto cambiaría ese panorama si desaparece el elemento central del conflicto armado interno.

¿Cuál es el costo de la guerra?

Infinitamente mayor que el de la paz, aunque no se pueden subestimar los enormes costos que significará el posconflicto y los múltiples compromisos que ha adquirido el Estado en materia de desarrollo rural, reparación de víctimas, restitución de tierras, reformas sociales, etcétera. Esto, en una situación de dramática disminución de los ingresos estatales...

¿Qué tan importante fue el apoyo internacional recibido para el proceso?

Ha sido absolutamente crucial y le ha dado gran credibilidad al proceso.

¿Cuál es la diferencia entre Timochenko y los demás jefes guerrilleros que negociaron en La Habana?

No los conozco lo suficiente como para hacer esas comparaciones. Basta con saber que es el jefe de las FARC y que está muy jugado con el proceso. Es además una persona afable, cuya ductilidad política y capacidad de liderazgo pueden resultar determinantes en la consolidación de este largo proceso de paz, al que aún le faltan etapas decisivas.

La duda más válida de los que dudan si votar sí.

Todo lo del tribunal de la paz y la comisión de la verdad. Eso cómo va a ser, cómo va a ser elegido, las funciones, cuánto va a durar eso. El propio Germán Vargas tiene esa duda.

¿Y la duda más válida de los que quieren votar no? Una duda válida de Uribe, por ejemplo.

Que las mayorías de las FARC no cumplan. Que no jueguen limpio.

¿Cree que la gente votará a consciencia, tras haberse leído el acuerdo, o el voto no será así?

No creo que mucha gente vaya a leer esas 297 páginas. Sí creo que la gente está consciente de que se trata de una alternativa entre paz y guerra, entre seguir en lo mismo o jugársela por un futuro menos violento. Y por eso creo que el sí ganará por un amplio margen.

¿Cuál será su rol en el posconflicto?

Ninguno en específico. Seguiré atento a colaborar donde se requiera.

Usted tiene cuatro libros ya, uno incluso sobre cómo empezó este proceso. ¿Publicará uno sobre el desenlace o sobre algo relacionado?

Habrá muchos libros sobre el tema. Yo estoy trabajando en algo en la línea de memorias, donde obviamente abordaré los procesos de paz que ha vivido Colombia y en particular este, que promete ser el más exitoso.

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