FORTALECER LA DEMOCRACIA

Constituyente, reglas claras

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Constituyente, reglas claras

Para intentar comprender nuestro momento político, cultural y social (difícil tarea que, con tantas variables e intereses, ni siquiera Einstein con toda su capacidad sería capaz de hilvanar) es necesario remontarse a algunos años y observar, sin prejuicios ni fanatismos, lo que hemos vivido; sus causas, efectos y consecuencias.

Empecemos por decir lo obvio: es un hecho indiscutido que la democracia panameña ha sido maltratada y se ha ido deteriorando sistemáticamente desde el mismo nacimiento de la República, y en todas y cada una de las distintas etapas de nuestra historia republicana sin excepción; vale decir, desde 1903 hasta el presente. Incluso, por cierto, en los años que algunos llaman de “oscuridad”, responsabilidad del régimen militar octubrino (1968-1989). Nuestro país ha contado con cuatro constituciones, las de 1904, 1941, 1946 y 1972, cuyo texto original pasó por el acto reformatorio de 1978, acto constitucional de 1983, actos legislativos No. 1 de 1993 y No. 2 de 1994, y el acto legislativo No. 1 de 2004.

Independientemente de la singularidad y contexto de cada etapa, la característica, inconfundible e inherente que se repite, como condición hereditaria y sintomática, se refleja en promesas incumplidas y, consecuentemente, en el “juega vivo” de unos pocos en perjuicio de la mayoría.

En cada etapa, los dirigentes prometieron y obtuvieron el beneplácito (por la razón, el engaño o la fuerza) de la ciudadanía para el cambio, ofertando bienestar social y calidad de la vida, omitiendo el verdadero fin: “apropiarse de la hacienda pública”.

Hoy, como parte de la solución a la crisis que vive el país, un distinguido grupo de ciudadanos propone convocar a una asamblea constituyente que redacte una nueva Constitución. Si bien pondero el gesto, mantengo una dicotomía con respecto a si el método es o no el adecuado.

Para mí, las parábolas resultan ser el método de enseñanza idóneo por excelencia, pues los hombres de buen entendimiento inferirán el significado de lo que se enseña mediante la narración de un suceso imaginario, pero con alto mensaje moral. “En una época remota, en cierto país, vivía una rara especie de monos. Su sangre, de un intenso y translúcido rojo, era altamente valorada como tinte porque no desteñía. Los monos perseguidos por mercaderes de telas eran hábiles y listos; expertos en escapar de todas las trampas, pero tenían dos debilidades: adoraban el vino y disfrutaban exhibiéndose con zapatos elegantes. Cierto día, los cazadores mostraron barriles de vino y elegantes zapatos. Como era de esperar, atraídos por el aroma del vino y la elegancia de los zapatos, los monos se acercaron con el propósito de probar solo un par de gotas. Lamentablemente, no fueron capaces de resistir y bebieron y bebieron, bailaron y bailaron y, finalmente, los cazadores los degollaron”.

Los humanos no somos tan diferentes a los monos. Aun conociendo los peligros de nuestros deseos, y aunque podamos resistirnos durante un tiempo, pocos pueden hacerlo siempre. Moraleja: antes de someternos a nuestros deseos, comprobemos que no nos vayan a degollar.

La pregunta que subyace en función de la experiencia acumulada por años de engaños es: ¿Cómo y qué nos garantiza que un puñado de bellacos, empoderados por una asamblea constituyente, no implementen políticas gatopardistas (si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie) y un largo etcétera de estrategias para que su futuro esté garantizado?

Si bien la desconfianza surge del miedo ciudadano de no poder defenderse al verse indefenso ante una amenaza real, Aristóteles indicaba: “La virtud está en el término medio”. En este sentido, ser demasiado desconfiado te librará de ciertos golpes, pero no te dejará ser plenamente feliz; y ser demasiado confiado en el mundo en que vivimos sería totalmente desadaptativo”.

¿Cómo llegar al término medio? Simple: antes de definir el método, debemos determinar las reglas del juego.

“En una época infinita, en el pasado, Buda observó el sufrimiento de todos los seres humanos y, movido por la compasión, prometió crear una tierra pura y perfecta”. Que lo anterior sea parte de las enseñanzas del budismo, lo acepto, pero que me lo diga un político, no es otra cosa que charlatanería.

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